Norma Editorial publica una novela gráfica que narra la epopeya de un hombre en el interior del tétrico campo de la muerte del Tercer Reich. Un nuevo canto a la luz frente a la sinrazón y barbarie del Tercer Reich desde una vertiente completamente original y esperanzadora.
No por mil veces contada la historia de los campos de concentración nazi deja de estremecernos. Y si se hace a través de una buena novela gráfica, como ya hiciera en su día Maus, de Art Spiegelman (ganadora nada menos que del Premio Pulitzer) o Auschwitz, de Pascal Croci, el mensaje cala todavía más. Es el caso de Los Ángeles de Auschwitz, de Stephen Desberg y Emilio Van Der Zuiden que, a diferencia de Spiegelman, no usan el blanco y negro ni tampoco el recurso a la zoomorfosis, aunque optan por una tonalidad de color apagada y oscura (aunque bella), azules lóbregos, grises y marrones que evocan con gran realismo cómo debió sentirse un reo del más grande campo de concentración de la política primero represiva y más tarde genocida del Tercer Reich.
Sachsenhausen
Su creador, Stephen Desberg, cuenta en el prólogo cómo tras una visita al Lager polaco, a su regreso al hotel en Cracovia, sintió un peso terrible en su conciencia. No he estado en Auschwitz, es una cuenta pendiente para alguien que lleva años sumergiéndose en las múltiples fuentes (algunas, claro, todas sería tarea harto imposible) de la Segunda Guerra Mundial, pero en 2017 realicé una visita de casi todo un día al campo de concentración de Sachsenhausen, el más cercano a Berlín y uno de los primeros erigidos para confinar a enemigos del régimen nazi. También recalaron allí «inadaptados» (según el lenguaje del régimen) y delincuentes varios en un terreno que con el estallido de la contienda se convirtió también en un campo de exterminio en el que los principales ocupantes eran judíos, y en menor medida gitanos y homosexuales y, tras la invasión de la Unión Soviética por las tropas alemanas, prisioneros soviéticos. No se puede describir con palabras, hay que ir, y sentirlo. Es como si el tiempo se parase allí, y un peso tremendo –que parece ir mucho más allá del mero efecto de la sugestión– te aplastase el pecho.
Desberg cuenta así el embrión del proceso creativo: «Me cuesta mucho mostrar mis emociones, y tuve que enfrentarme al significado de todos esos dolores mudos, de todos esos gritos contenidos, de esa danza macabra, de ese canto magníficamente inmundo que es Auschwitz. Como fi fuera necesario y no ingenuo buscar otra salida, darle esperanza». Fue así como imaginó la historia de un hombre judío ficticio, pero tomado de todos y cada uno de los hombres que perdieron primero la identidad y después la vida en aquel campo de la ignominia, un hombre que logra dar vuelco a su sufrimiento.
Zohar
Y para darle esperanza a aquella masacre cobran importancia elementos que podríamos tildar de místicos e incluso de sobrenaturales (aunque solo se encuentren en la fe de los creyentes), entre otros, esos ángeles que dan título a la novela gráfica y que describen los textos sagrados y mágicos, cabalísticos, de la tradición hebrea (como El Zohar, «el Libro del Esplendor»), textos milenarios que uno de los personajes del relato logrará salvar de las principales sinagogas de Polonia que serían presa de las llamas prendidas por la furia nacionalsocialista antes de su conducción hacia Auschwitz-Birkenau con billete solo de ida, con la condena a muerte grabada con unos números en el antebrazo.
Un pequeño resquicio de luz en la oscuridad…
El resultado es un cómic con pasajes escalofriantes, más aterradores de saberse reales, donde nos encontramos al Sonderkommando (unidades especiales de los campos integradas por prisioneros que debían ocuparse de las tareas en las cámaras de gas y los crematorios), los kapos –más terribles aún que los propios guardianes nazis del Lager–, la horca, la valla electrificada sobre la que aquellos que no pueden más se lanzan para mitigar el dolor y alcanzar la otra vida, los golpes y la tortura… y los hornos, quizá el elemento más característico –y estremecedor– de aquella historia que sucedió hace solo 80 años… no hace tanto tiempo.
Pero también la esperanza transmitida por un hombre que no tiene nada que perder (toda su familia, incluida su esposa, ha sido eliminada en el marco de la eufemística «Solución Final del Problema Judío» impuesta por el régimen nazi) pero que en lugar de entregarse con los brazos abiertos a la muerte, optando por la vía suicida que eligen quienes no aguantan más, prefiere desafiar los terrores del averno nazi e inculcar esperanza a sus compañeros presos a través de la mención a esos «ángeles» que lloran por todos nosotros, aunque no se manifestaron precisamente con todo su esplendor en aquel tiempo de sangre y fuego.
El resultado es una novela gráfica enmarcada en la Bande dessinée que sigue la estela de otras como la citada de Pascal Croci, pero cuyo acierto es precisamente introducir ese elemento sobrenatural y trascendental que arroja luz a la sinrazón humana y que brinda, una vez más, esperanza frente a la barbarie. Incluso aquellos que no creen en dichos ángeles, como el comandante del Lager, los temen…
Sin duda, es portentoso el epílogo, casi otra novela gráfica donde el color, como la vida misma, cobra vida y luminosidad, y que, ya en la posguerra, muestra la pasividad de las autoridades de la Alemania occidental para con los antiguos oficiales nazis que ocuparon cargos en la administración (no tan) democrática y devuelve a los descendientes de los judíos primero de los guetos y más tarde de los campos de exterminio la capacidad de ser libres (libres de verdad, no a través del trabajo, como rezaba la eufemística y terrible frase en alemán que daba la bienvenida a los «sin nombre» en la verja de Auschwitz, «Arbeit macht frei») mirando para ello cara a cara al enemigo, enfrentándose con el pasado y haciendo justicia en el presente, honrando así como merece la memoria de los que se marcharon para no volver jamás; pues no hay más injusticia que mirar para otro lado. Quizá los ángeles guían a esos descendientes… Quién sabe.
Fermín Bocos realiza un erudito, conciso e irónico recorrido por algunos de los mitos y rituales más notorios del mundo clásico en su último libro, Zeus y familia. Dioses, templos y héroes, que ha publicado la editorial Ariel. Uno de los temas que trata es el de los oráculos, concretamente el de Éfira, que la tradición vincula con el Hades, el inframundo griego. Viajamos hasta allí para desvelar sus secretos.
Conocer el designio de los dioses y de las estrellas. Ese ha sido uno de los principales anhelos del hombre desde tiempos inmemoriales. Adivinar el futuro, conocer qué nos deparará esa rara avis llamada destino, más ahora que todo es tan incierto, los efectos del coronavirus siguen azotando nuestras vidas y la crisis económica y social se dilata a causa de la maldita guerra de Ucrania, que ya lleva seis meses y que Putin se empeña en seguir llamando «operación militar especial». Eso por no hablar de los fenómenos climáticos extremos o la incertidumbre… en prácticamente todos los ámbitos del día a día. En un tiempo de pitonisas, adivinos bronceados y programas televisivos de tarot –por suerte a horas intempestivas–, son pocos los que se preguntan sobre el origen y el verdadero significado de la adivinación y cómo el hombre recurrió a esta práctica –en la que se daban la mano el ingenio del adivino y supuestas fuerzas ocultas– para sacar provecho de ella.
En la antigüedad fueron casi todos los pueblos que hicieron uso de la adivinación –griegos, romanos, caldeos, babilonios, hebreos, fenicios…– a través de unos lugares, o personajes, destinados exclusivamente al vaticinio de lo que estaba por venir: los oráculos. Dispersos por numerosos rincones del mundo antiguo, estos enclaves mágicos fueron centro de peregrinaje de miles de personas de toda condición y eran consultados también por grandes mandatarios como el emperador Romano Adriano o Alejandro Magno. A través de los mismos pretendían cerciorarse de que los hados estaban de su parte, o, por el contrario, que no lo estaban, una información que, aunque ambigua, podría ser muy útil a la hora de orquestar una operación política o emprender una batalla contra los enemigos.
Oráculos como el de Delfos, el de Olimpia o el del oasis de Siwa, en Egipto, forman parte del imaginario colectivo, centros de saber de tiempos pretéritos en los que se adivinaba el porvenir mediante oscuras artes de difícil comprensión para el hombre moderno, lugares muy alejados de la intencionalidad con la que hoy cualquiera armado de una bola de cristal, incienso de colores, un sombrero hortera y una línea telefónica puede «leer» el futuro, desvirtuando artes milenarias como la quiromancia o el Tarot y aconsejar al más incauto el rumbo que debe tomar su desdichada vida. Pero, ¿en qué consistían esos oráculos? ¿Qué había de cierto en las artes que desempeñaban los sacerdotes y pitonisas que estaban a su cuidado? ¿Existió fraude? ¿Se adivinaba realmente el futuro? Cuestiones de difícil respuesta.
Nekromanteion de Aqueronte
Dakaris
Uno de los oráculos más célebres –y tétricos– de la antigüedad se hallaba en Éfira, y era conocido popularmente como «el oráculo de los muertos». En 1958 el arqueólogo experto en la Grecia clásica Sotiris Dakaris situó el lugar histórico donde supuestamente se levantaba el oráculo, basándose en textos clásicos de Homero y Heródoto. Según el autor de la Ilíada, «la oscura morada del Hades» se situaría en «los bosques consagrados a Perséfone», donde crecen «elevados álamos y estériles sauces«, y donde «el Piriflegetonte y el Cocito, que es un arroyo tributario de la laguna Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte». El mito y la realidad se confundían; una descripción topográfica que parecía corresponderse con un lugar real. Al parecer, donde aun hoy el Piriflegetonte (o Flegetón) desemboca en el Cocito y este se vierte en el Aqueronte corresponde con los restos de Éfira. Allí, si hacemos caso de los textos clásicos, se hallaría la entrada al Hades, al infierno de los griegos.
Sea como fuere, Dakaris se personó en el lugar, donde se hallaban los restos de una pequeña iglesia bizantina situada al lado de un cementerio y comenzó a excavar con el permiso de la Sociedad Arqueológica de Grecia, que aceptó correr con los gastos. Entre 1958 y 1964, Dakaris exhumó todo un cementerio, colocó una losa de hormigón armado debajo de la pequeña iglesia bizantina y la socavó sin dañar la capilla. En 1970 continuó con las excavaciones y dejó al descubierto un rectángulo de 62 por 46 metros que se correspondía –al menos para el arqueólogo sin duda alguna– al oráculo de Éfira.
Siguiendo relatos como el de la Odisea, el milenario oráculo presentaba un aspecto confuso: largos pasillos en cuyas paredes se abrían puertas estrechas que conducían a habitaciones minúsculas, corredores que en cualquier momento cambiaban de dirección, como para confundir al visitante, pasadizos laberínticos que conducían a las habitaciones de un santuario central sobre el que en la actualidad se levantaba la iglesia… Dakaris descubrió un foso de dos metros de profundidad en el que los arqueólogos hallaron los restos de cuatro ventrudas vasijas de barro de al menos un diámetro cada una que estaban destinadas, en tiempos pretéritos, a contener los sacrificios con los que el consultante del oráculo debía pagar para que se realizase su deseo. Algo similar a lo que le ocurría a Odiseo en el relato clásico y que da un indicio de que Homero debió conocer el oráculo de Éfira y los siniestros cultos que allí oficiaban sus sacerdotes.
Un lugar que todavía hoy, a pesar de la ruindad, sigue manteniendo un aura siniestra. En la entrada, aquel que quería consultar el oráculo dejaba los sacrificios que ofrecía y allí también debía pronunciar la pregunta que quería plantear al difunto, pues en este enclave eran los difuntos los que «hablaban», de ahí que sea conocido como el oráculo de los muertos.
Delante de la entrada se hallaban las viviendas de los sacerdotes y de las personas que acudían al lugar. Una vez que el consultante –en ocasiones pasado cierto tiempo– conseguía entrar, permanecería sin ver la luz del sol nada menos que veintinueve días, sin excepción, confiándose ciegamente a la guía de un sacerdote, sin saber qué era lo que le esperaba en el interior del lúgubre recinto.
Conduciendo y casi empujando al visitante, el sacerdote recorría con éste un oscuro pasillo mientras murmuraba sin interrupción extrañas oraciones y letanías. A la izquierda del pasillo, en una estancia de apenas veinte metros cuadrados, el consultante pasaba los primeros días como si fueran una única e interminable noche. Al parecer, los consultantes del oráculo recibían todo lo necesario para entrar en un estado que favoreciera el trance, una especie de sueño oratorio, pues Dakaris y su equipo hallaron montones de negruzcos pedazos de hachís en el interior de las estancias. El sueño oratorio era conocido por los babilonios, los egipcios y por supuesto los griegos, y Heródoto cuenta que los zasamones tenían también el don de la profecía: se instalaban junto a la tumba de sus antepasados para dormir allí y recibir en sueños la revelación del futuro. Asimismo, también el sueño formaba parte del culto a Isis y Serapis y, según Diodoro, tenía efectos de tipo curativo.
Esto post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».
BIBLIOGRAFÍA:
DAKARIS, Sotirios:Dodona (en inglés) 1993.
VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.
PARA SABER MÁS:
En Zeus y familia. Dioses, héroes y templos, el veterano escritor y periodista Fermín Bocos (que en Viaje a las puertas del infierno, también publicado por Ariel, se sumergió en los insondables secretos del Hades y los oráculos de la antigüedad) nos presenta esta historia y muchas otras en una obra que rezuma amor por la historia, la filosofía y el arte, y que lanza puentes con el presente «para dejar constancia de la influyente vigencia que la producción intelectual de griegos y romanos tiene hoy en día». Un sucinto muestrario de divinidades olímpicas y de otras entidades de la Antigüedad; un recorrido subjetivo, divertido y culto que a la vez que contribuye a desvelar parte de los misterios de nuestro pasado fundacional.
La invasión de la URSS fue anunciada a bombo y platillo por la propaganda del Tercer Reich como la gran conquista del Este en pro del gran imperio que duraría mil años. Sin embargo, múltiples errores militares y el frío invierno ruso dieron al traste con los planes de conquista de Hitler. Cuando Stalingrado, el gran símbolo del poderío soviético, estaba prácticamente reducido a cenizas y su población aniquilada, el alto mando del Ejército Rojo orquestó una operación que cercaría al 6º Ejército alemán y supondría el principio del fin del poderío nazi en el frente oriental.
La Operación Barbarroja fue el más ambicioso despliegue militar de Adolf Hitler que, al no conseguir conquistar las islas británicas, lanzó sus ejércitos sobre el extenso y gélido territorio soviético en esa lucha atávica contra el enemigo bolchevique por la que clamaba en su Mein Kampf y neutralizar así a su antagonista Iósif Stalin, el mismo con el que apenas tres años antes había pactado el vergonzante reparto de Polonia en el marco del acuerdo Ribbentropp-Molotov, que fue considerado una traición imperdonable de Moscú por el comunismo internacional.
Y aunque la invasión nazi pilló desprevenido a Stalin, que en un primer momento, según sus allegados, se quedó paralizado y estupefacto (a pesar de los informes que distintos espías como el genial Richard Sorge enviaron al Kremlin sobre lo que se gestaba en Berlín), nada salió como se esperaba en la Cancillería alemana, y eso que antes de desplegar sus ejércitos ya hubo voces discordantes con tan ambicioso plan de la Wehrmacht y su más que posible fracaso, que serían silenciadas –y tildadas de derrotistas– por el todopoderoso aparato propagandístico nacionalsocialista.
Fiedrich Paulus
Y lo que en un comienzo se concibió en el marco de la Guerra Relámpago –Blitzkrieg– que hizo caer a una velocidad de vértigo Polonia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Francia, se convirtió en una salvaje lucha de desgaste y emboscada. El grueso del 6º Ejército alemán, comandado por el general Friedrich Paulus (que acabaría cayendo en desgracia ante el Führer), se vio cercado por el plan soviético de contraofensiva que se configuró a mediados de septiembre de 1942, durante la fase crítica de la defensa de Stalingrado (hoy Volgogrado), una operación basada precisamente en el método de la Blitzkrieg germana y que combinaba de forma brillante fuerza, velocidad y sorpresa para rodear al invasor alemán.
Cerco al 6º Ejército
A la vez que algunos comandantes germanos en posiciones inferiores pensaron que era necesario evacuar Stalingrado, mientras aún fuese posible retroceder hacia el oeste, el alto mando alemán –OKW–, siguiendo las indicaciones de un Hitler reconvertido en jefe militar que no escuchaba los consejos de sus expertos, insistió en permanecer allí y seguir la lucha, así que Paulus insistió en la necesidad de defender la retaguardia de su ejército, un requisito imprescindible para emprender cualquier futura acción contra el Ejército soviético.
Aquella operación de cerco que condujo al embolsamiento del 6º Ejército germano sería bautizada con el nombre en clave de Operación Urano, y ese es precisamente el título del tercer volumen de la monumental Tetralogía de Stalingrado compuesta por los prestigiosos historiadores militares estadounidenses David M. Glantz y Jonathan M. House que publica con su habitual buen hacer Desperta Ferro Ediciones. Glantz continúa con su ambiciosa obra sobre el épico choque que marcó el fracaso de Alemania en el frente oriental. Tras A las puertas de Stalingrado, que abrió la tetralogía y terminaba con el 6º Ejército de Von Paulus ya desviado de su objetivo original, que eran los campos petrolíferos del Cáucaso, y su continuación, Armagedón en Stalingrado, en el que el grueso militar nazi se vio arrastrado a una infinita guerra de desgaste dentro de una ciudad devastada (donde las gentes se morían de hambre y los invasores, desamparados, eran objetivo de los francotiradores(as) soviéticos.), en este Desenlace en Stalingrado (I) Glantz y House nos muestran cuáles fueron las consecuencias de tensar al límite sus fuerzas.
Tras tantear y errar sucesivas veces para encontrar las debilidades en las defensas del Eje, la Stavka, el alto mando del Ejército Rojo, contra toda previsión alemana, cada vez más sofisticado, pudo aprovechar sus intentes recursos humanos para lanzar la devastadora y audaz contraofensiva a mediados de noviembre de 1942. Así, los sitiadores de Stalingrado se convirtieron en sitiados y las tropas alemanas, rumanas y croatas sufrirían en carne propia la extraordinaria presión sufrida por el 62º Ejército soviético pero en un grado mucho mayor, pues el frío era más intenso (y los germanos lo soportaban peor que sus enemigos), circunstancia por la que no tardarían en sumarse el hambre y la desesperación.
Hacia el desenlace en el frente oriental
Glantz hace un detallado y vívido relato (con infinidad de fuentes de primera mano y también secundarias) sobre cómo los tres frentes del Ejército Rojo derrotaron y destruyeron a dos ejércitos rumanos y rodearon al 6º Ejército alemán y a la mitad del 4º Ejército Panzer en la bolsa de Stalingrado en una titánica operación que dinamitaría la estrategia de guerra alemana (sacando de sus casillas a Adolf Hitler, cuyo declive físico y psicológico se evidenció a partir de entonces) y supondría un punto de inflexión fundamental en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en el frente oriental.
Como en los dos completos volúmenes anteriores, en Desenlace en Stalingrado (I) Operación Urano, el autor (con la inestimable ayuda de House y tras una titánica labor de investigación y documentación) utiliza fuentes antes vetadas o que se presumían perdidas, por ejemplo informes del diario de combate del 6º Ejército germano y registros soviéticos recientemente publicados tras permanecer clasificados durante más de siete décadas. Reveladores materiales que ayudan a argumentar una interpretación sorprendentemente nueva de la planificación y ejecución de esta crucial campaña por ambos contendientes, en el que muy probablemente sea el relato definitivo de Stalingrado, al menos para esta generación.
A la espera del lanzamiento del cuarto y último volumen de esta vibrante tetralogía, podéis adquirir la tercera parte en el siguiente enlace:
Para un relato clásico pero capital en la comprensión de lo que sucedió tras las líneas en Stalingrado, Galaxia Gutenberg publicó en 2020 un majestuoso volumen que recuperaba las vivencias a pie de calle del periodista soviético Vasili Grossman en la ciudad cercada por el Tercer Reich. En la Segunda Guerra Mundial (que en la URSS se dio en llamar Gran Guerra Patriótica) Grossman perdió a su madre y a su hijastro y ejerció como corresponsal de guerra en algunos de los sitios más inhóspitos de la contienda, en el ámbito de esa Operación Barbarroja que para los mandamases de Berlín pretendía arrasar por completo los enormes y gélidos territorios del Este que finalmente serían la tumba del nazismo.
Grossman abordó así un ambicioso proyecto novelístico en dos partes, basado en sus vivencias y en numerosos hechos reales, algunos estremecedores. La primera la inició en 1943, todavía en plena contienda, y publicada en 1952 bajo el título de Una causa justa. La segunda, escrita a partir de 1949, con los mismos protagonistas, daría como fruto una de las grandes novelas (y casi ensayo historiográfico) del siglo XX, Vida y destino, que en castellano también se encargó de publicar Galaxia Gutenberg en una cuidadísima edición.
La primera parte fue considerada como una novela de menor rango, pero en realidad se trataba de un documento de gran valor que ahora se recupera con el título original que para ella quiso su autor y que prohibió la rígida censura del régimen soviético, Stalingrado. Una novela que en principio parece casi antagónica a Vida y Destino que, en palabras de Efim Etkind y Simon Markish, dos de las personas que más hicieron por salvar el manuscrito de Vida y Destino (que vería la luz por primera vez en Occidente en 1980), «pudo haber ganado un merecido Premio Stalin, porque rebosaba amor por el régimen estalinista…». ¿Por qué Grossman hizo dos novelas tan desiguales, con un mensaje aparentemente tan contradictorio, cuando las concibió como un todo y las redactó seguidas una tras otra?
La presente dedición responde a esta pregunta y reconstruye por vez primera el texto original con los más de cien fragmentos que la censura soviética, implacable, obligó a suprimir. El resultado es una obra llena de matices que en conjunto es muy diferente a la que hasta el momento se había podido leer, y por tanto resuelve tantas dudas surgidas durante décadas. En palabras de The Economist, «igual que Vida y destino, la nueva Stalingrado es una obra maestra», y arroja a su vez información capital sobre lo sucedido durante el cerco que cambió el curso de la más sanguinaria guerra de la historia contemporánea.
Y para un acercamiento puramente historiográfico y periodístico, alejado de las posibilidades –y a veces elucubraciones– de la ficción narrativa, Galaxia Gutenberg también compiló las crónicas realizadas por Grossman durante el tiempo que permaneció en Stalingrado. Veterano corresponsal de guerra, ninguna pluma supo mejor que la suya captar lo que sucedió en aquellos 163 días en los que el infierno parecía haberse hecho carne en el corazón de la Unión Soviética. Los textos que componen Stalingrado. Crónicas desde el frente de batalla, están extraídos del libro Años de Guerra y narran lo que vivió el autor en primera persona desde la llegada del grueso de las tropas soviéticas a la ciudad en los primeros días de septiembre de 1942, hasta diciembre de ese año, cuando la batalla comenzó a decantarse claramente del lado soviético, que finalmente vencería, allanando el camino hacia la victoria contra el hasta entonces implacable Tercer Reich.
Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich
Tiempo antes, en 2018, la misma editorial publicaba otro ensayo que clarificaba muchas de las incógnitas sobre aquella batalla eterna: Stalingrado. La ciudad que derrotó al Tercer Reich, del prestigioso historiador alemán Jochen Hellbeck. La batalla de Stalingrado fue la más letal y feroz de la historia de la humanidad. Ahí es nada. Con una cifra de muertos estimada en más de un millón de personas en seis meses, algo inaudito, gracias a la labor realizada por historiadores moscovitas enviados por el Kremlin para registrar las voces de los defensores de Stalingrado, hoy tenemos testimonios que no solo conmueven sino que muestran la perseverancia de un pueblo que no estaba dispuesto a claudicar.
Debido a la férrea cerrazón del régimen soviético, cuya censura era inexpugnable, digna de la de su antagonista el Tercer Reich, ningún extranjero obtuvo permiso para viajar a Stalingrado (hoy Volgogrado). Aquello, junto a la imposibilidad de acceder hasta fechas muy recientes a los archivos rusos que hoy, a causa de la infame guerra de Ucrania (¡qué pronto se olvida el pasado y se cometen los mismos errores!) vuelven a estar cerrados a cal y canto para los occidentales, provocó que numerosos estudios sobre la batalla la presentaran a través únicamente de los ojos de los alemanes que se quedaron atrapados en la ciudad.
Cuando la apertura de archivos fue mayor, Hellbeck penetró en ellos realizando una increíble labor de investigación y documentación y dio forma a esta verdadera joya historiográfica de más de 600 páginas donde los testimonios de los soviéticos acercan al lector a la batalla desde un punto de vista muy diferente, con una información no comparable a la de ninguna otra fuente conocida y ayudan también a responder a no pocas cuestiones sobre cómo fueron capaces los soviéticos de dar la vuelta a la situación y acorralar a los hasta entonces imbatibles ejércitos de la Wehrmacht. Con la publicación por primera vez de las entrevistas recogidas en Stalingrado, que habían estado sepultadas hasta ahora, este revelador ensayo supone una gran aportación a la literatura sobre la Segunda Guerra Mundial.
Esta joya bibliográfica se complementa con fragmentos de cartas y declaraciones de los soldados alemanes hechos prisioneros por los soviéticos, inéditas hasta ahora.