Libros Cúpula publica en castellano la autobiografía de Lucas Fox, primer batería del grupo londinense, con el subtítulo de «Historias de una vida alucinante», traducción de la edición francesa que Hors Collection publicó en 2025 con motivo del cincuentenario de la banda.
Este volumen no se trata, por tanto, la biografía de Motorhëad escrita por un periodista o crítico musical, sino el testimonio del hombre que, seis meses antes de que existiera el trío que todo el mundo recuerda, fue a buscar a Lemmy Kilmister al aeropuerto de Londres tras su despido de Hawkwind y montó con él, junto al guitarrista Larry Wallis, el germen de lo que primero se llamó Bastards y que el mánager Doug Smith rebautizaría como Motörhead.
El libro arranca precisamente ahí, en el Londres psicodélico de los setenta, y el editor francés insiste en que su verdadero tema no es Motörhead sino ese Swinging London de la contracultura, la moda y las drogas del que la banda fue solo una consecuencia. Fox y Lemmy, siete años mayor, se conocieron una noche de borrachera en un club de Margaret Street y descubrieron que compartían la pasión por la Segunda Guerra Mundial y el humor de Tommy Cooper, una combinación tan extraña como reveladora del personaje que luego construiría Lemmy.
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La curiosidad central del relato, la que da título al libro, es precisamente el «in and out»: Fox tocó la batería en el debut de la banda ante Greenslade en el Roundhouse el 20 de julio de 1975 y siguió al frente seis meses, hasta que durante las sesiones del primer álbum en los estudios Rockfield, en Gales, fue sustituido por Phil «Philthy Animal» Taylor. Queda un rastro concreto de su paso: en el disco On Parole su batería sobrevivió en el tema «Lost Johnny», el único tema no regrabado posteriormente por Taylor. Diez años después volvería a subirse al escenario con sus antiguos compañeros para el vídeo del décimo aniversario de la banda, The Birthday Party, tocando el tema homónimo en el Hammersmith Odeon.
Un particular verso suelto
Mötorhead en Port Talbot en 1982.
Lo que el libro promete y que pocos lectores de Motörhead conocen es la vida posterior de Fox, tan disparatada como su breve paso por la banda. Tras el batacazo, fundó en 1977 el grupo punk Warsaw Pakt en Ladbroke Grove, cuyo nombre obligó, por pura coincidencia de siglas, a que un grupo de Manchester llamado entonces Warsaw cambiara su nombre por el que haría historia: Joy Division. Después tocó con The Sisterhood, el proyecto paralelo de Andrew Eldritch (Sisters of Mercy), y a finales de los ochenta se mudó a Francia para convertirse en director técnico del festival Midem de Cannes, programando a nombres como James Brown, Al Jarreau o Kim Wilde, y liderando después, por encargo del Ministerio de Cultura francés de Jack Lang, campañas de promoción internacional de la música francesa en Nueva York y Los Ángeles que ayudaron a lanzar a los Gipsy Kings o Mano Negra fuera de Francia. En 2018, ya con setenta años cumplidos, todavía se subió a tocar de nuevo con los Pink Fairies junto al histórico Paul Rudolph.
Todo eso es lo que promete este volumen de más de quinientas páginas en su edición española: no el enésimo libro sobre Lemmy, sino la crónica de un superviviente lateral de la historia del rock británico, que vivió el nacimiento del grupo más ruidoso del mundo desde dentro y luego construyó, lejos de los focos, una carrera entera en la industria musical europea.
En conmemoración del medio siglo de existencia de una de las bandas de rock y heavy metal más legendarias de la historia, Libros Cúpula publica en castellano el mejor homenaje en forma de libro que podía hacerse a la «Dama de Hierro»: Iron Maiden.Infinite Dreams.
Vi a los Iron Maiden por primera vez un lejano junio de 1999 en un sitio que recibiría numerosas críticas por su acústica pero que estaba a apenas 10 minutos andando de la casa de mis padres, mi hogar entonces: La Cubierta de Leganés, en el marco de la gira The Ed Hunter Tour. Fueron teloneados por otros grandes, en este caso del trash, Megadeth, que no estaban en su mejor momento. Y aunque a los que ahora son veinteañeros aquello pueda parecerles el Pleistoceno –y lo era, ni siquiera habían nacido, y un servidor apenas tenía 19 añitos– la banda británica ya tenía una larga solera. Los vi cuando ya habían pasado sus años dorados, de Killers a Fear of the Dark, pero seguían teniendo una garra, una energía, una determinación y una complicidad con el público que envidiarían Bad Bunnies y Quevedos (y no hablo del insigne autor de nuestro Siglo de Oro). Y con 19 años uno vive las cosas con mayor intensidad. Es lógico.
Entonces faltaban unos meses para que lanzaran su disco más progresivo hasta el momento, Brave New World, tras un largo impasse en el que la banda había vivido la salida de Bruce Dickinson, su cantante más emblemático y frontman actual, tras dos discos en los que se encargó del micro Blaze Bailey: The X Factor (1995) y Virtual XI (1998), y su esperado –y acertado– regreso. Una etapa rara –no mala, ojo–, pero rara, casi insólita. Curiosamente, para profanos, los Maiden no comenzaron con Dickinson al micro, sino con el controvertido y también genial Paul Di’Anno, que estuvo en los dos primeros discos de estudio de la banda, el homónimo Iron Maiden, de 1980, y Killers, de 1981, y que falleció en 2024 tras una vida llena de excesos.
Y tras aquel impasse de mediados de los 90 volvieron los Maiden clásicos, y aquel chaval de entonces 19 años, loco de un amor no correspondido que le traería de cabeza durante demasiado tiempo (cosas de la inexperiencia y de la idealización juvenil), quedó eclipsado ante su magnanimidad. Han pasado 27 años de aquello, ¡27!, y los Iron Maiden siguen, como unos Rolling del metal, girando alrededor del mundo y publicando discos de estudio (el último, Senjutsu, de 2021), algo que muy pocas bandas del rock han conseguido, salvo los Rolling –que llevan más de 60, ahí es nada, y han publicado su último disco de estudio, Foreign Tongues, el 10 de julio de este mismo 2026–, AC/DC y algún otro, seguidos de cerca por otros monstruos del heavy metal británico, Judas Priest y su líder, Rob Halford, 50 años en el podio de los acordes eléctricos.
Sueños infinitos
Ahora, en conmemoración de los 50 años de fundación de la banda que lo cambiaría todo en el llamado NWOBHM (New Wave of British Heavy Metal, un movimiento surgido precisamente en Inglaterra a finales de los 70 y en los que brillaron junto a otros grupos como Judas Priest o Saxon), y mucho más allá, Libros Cúpula publica en castellano el libro de los libros de la Doncella: Iron Maiden. Infinite Dreams, que cuenta ahora también con una edición limitada no apta para todos los bolsillos.
El volumen, publicado originalmente por Thames & Hudson para conmemorar el cincuentenario de la banda, es un libro de gran formato –25 x 33 centímetros, 352 páginas de papel satinado cosidas en lugar de encoladas y en tapa dura, con una profusa parte gráfica, y un peso considerable– concebido desde el principio tanto como artefacto para fans como documento memorístico. El resultado es uno de los libro de rock más completos y mejor ejecutados de los últimos años que ningún fan que se precie de la «Doncella» puede perderse.
La elección del título no es arbitraria, Infinite Dreams, pues alude a la permanencia de un proyecto creativo que, a diferencia de la mayor parte de sus contemporáneos del heavy metal de los ochenta (salvo Judas Priest, insisto), no se ha limitado a sobrevivir sino que ha seguido produciendo obra relevante. Es asimismo el título de una de las canciones de uno de sus discos de estudio más laureados (y uno de los favoritos de quien esto suscribe), lleno de referencias mágico-diabólicas y contenido esotérico: Seventh son of a Seventh Son, lanzado en 1988, ¡hace casi 40 años!
Como señala el periodista musical Nick Ruskell en la revista referente británica Kerrang!, el hecho de que la etapa post-retorno de Bruce Dickinson –iniciada, como digo, en 1999– represente ya más de la mitad de la historia total de la banda habla por sí solo de la singularidad del fenómeno Iron Maiden dentro del rock de estadios (de una banda que comenzó en pequeñas salas y con pocos seguidores allá por finales de los 70 en una Inglaterra contestataria y en pleno cambio que curiosamente no tardaría en ser gobernada por la conservadora Margaret Thatcher, apodada «la Dama de Hierro», ¿casualidad?).
El número total de ilustraciones de este colosal volumen al nivel de la producción de la banda que lleva cinco décadas girando por todo el mundo es de nada menos que 1.024, realmente una «Historia Visual Oficial» en su máxima expresión. Además, a diferencia de la mayoría de bibliografía sobre los Maiden, que carece de la cooperación y aprobación del grupo británico, esta obra accede a la colección personal de fotografías y artefactos de los propios miembros, mucho de ello material inédito, y en lugar de recurrir únicamente a citas publicadas con anterioridad, recoge nuevos testimonios e interpretaciones de su ambicioso proyecto eléctrico.
Por ejemplo, el prólogo es de Steve Harris, su emblemático bajista y miembro fundador, el único integrante de la banda que ha estado presente en todos y cada uno de sus discos. El epílogo es del cantante, Bruce Dickinson (un tipo multifacético de una inteligencia proverbial y habilidad especial en distintas áreas: es piloto, esgrimista, empresario, literato, historiador, y mucho más, y por supuesto uno de los grandes frontmans del heavy metal de todos los tiempos), quien lo llama burlonamente un «prólogo al revés».
Infinite Dreams se organiza en cuatro grandes secciones cronológicas que coinciden con las etapas definidas por los cambios de formación, un criterio narrativo sin duda eficaz que permite navegar el libro («I see the ghost of navigator», los fans me entenderán) desde su propia relación con la banda. La primera sección, Burning Ambition 1975-1982, cubre los años fundacionales y la era Paul Di’Anno. Entre los objetos más impactantes figura la cazadora de cuero del vocalista con la primera camiseta oficial del grupo dentro, así como una carta manuscrita del cantante a Steve Harris en la que le sugiere buscar un nuevo vocalista, todo un incunable. El propio bajista recuerda: «Paul era un tipo difícil, pero tenía talento. Con él fue una montaña rusa».
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La segunda sección, Where Eagles Dare, 1982-1988 (que toma su título de la canción que abre otro de sus grandes discos de estudio, Piece of Mind), es la más extensa y abarca el período de mayor esplendor comercial y artístico de la banda. Especialmente fascinantes son las páginas dedicadas a la portada Somewhere in Time: hay un primer plano del Eddie cyborg de la cubierta delantera, y en la página siguiente aparece un dibujo preliminar en blanco y negro junto a una versión terminada temprana en color. Y es que las portadas de Iron Maiden son tan legendarias como sus propias composiciones. El artista Derek Riggs (creador de la inmortal mascota del grupo, Eddie) recuerda sobre el proceso de creación de Somewhere in Time que «la pintura tardó dos meses y medio, pero tuve que parar una semana en medio… Me quedaba sentado mirando el cuadro, soñando adónde iban sus personajes y qué hacían. Puedes volverte loco».
La tercera sección, The Edge of Darkness, 1988-1999, aborda la salida de Dickinson y el período con Blaze Bayley al micro. La marcha de Bruce se reconoce y se cubre brevemente, pero no se explora ni se explica en profundidad; el propio cantante reconoce: «Mi decisión de irme: podrías señalar muchas pequeñas cosas, ninguna de las cuales fue realmente decisiva». El caso es que volvió, que es lo importante, y no porque su sustituto fuera un mal cantante. El batería, el emblemático Nicko McBrain analiza sin contemplaciones aquella etapa: «La era Blaze de Maiden tuvo grandes momentos, pero también muchos que no lo fueron… Blaze tuvo dificultades», y las ventas durante aquella era fueron bajas. No siempre se puede estar en el Olimpo del rock, pero regresarían…
La sección final, A Brave New World 2000-, sin cierre definitivo (esperemos que por mucho tiempo), documenta el retorno de Dickinson y el guitarrista Adrian Smith y los cuatro discos de estudio más recientes, hasta culminar con la retirada de Nicko McBrain y la gira del cincuentenario. Toma el nombre del disco que lanzaron a comienzos del nuevo milenio (hace ya 26 años) que iniciaba una nueva era y tomaba a su vez el título de la novela distópica de Aldous Huxley, traducida al castellano sin mucho acierto como Un Mundo Feliz.
La legendaria publicación británica Kerrang! sitúa el libro en la misma lógica de la grandiosidad calculada que las propias giras de la banda: al igual que sus históricos directos, el monumental volumen es la mejor versión posible de lo que semejante objeto puede ser, «repleto de suficiente material para entusiasmar incluso a los más curtidos». Larga vida a la Doncella.
David Bowie moría el 10 de enero de 2016 en Nueva York, hace ahora siete años, muy lejos de su Brixton natal, apenas unos días después de lanzar al mercado su último disco de estudio, Blackstar, cuyo segundo single, «Lazarus», era presentado al mundo en un videoclip premonitorio con versos de aparente despedida: «mira aquí arriba, estoy en el cielo»; «no tengo nada más que perder» o «seré libre». Trabajando e innovando hasta el último aliento, dejó conmocionados a millones de fans, y al mundo de la Cultura con mayúscula (no solo musical). Ahora, numerosos libros en castellano recuerdan su inconmensurable legado.
Pocos personajes de la segunda parte del siglo XX tuvieron su innata capacidad de innovación y reinvención. Icono de la moda, andrógino, provocador nato y músico genial e inclasificable, fue pionero (y podríamos decir que creador) de no pocos géneros, como el glam-rock, y a lo largo de sus casi 50 años de carrera –que se dice pronto– se metamorfoseó convirtiéndose en leyenda del pop y del rock a través de sus alter ego Ziggy Stardust, Aladdin Zane, Major Tom, Halloween Jack o el Delgado Duque Blanco; o simplemente siendo él mismo (o todos ellos juntos) como Bowie, David Bowie.
El comienzo nunca es sencillo
Llegar hasta allí no le fue ni mucho menos fácil. El talento es fundamental, pero también rodearse de los mejores (en producción, marketing –del que él mismo sería un genio durante décadas–, músicos de sesión, discográficas…) y una pizca de buena suerte. Cargado de inquietud creativa, David (Robert) Jones, que era su verdadero nombre, pasó por multitud de grupos en los años 60: The Konrads, The King Bees, The Manish Boys, The Lower Third o The Bluze, fue aprendiz de mimo con Lindsay Kemp y realizó incursiones en el teatro de vanguardia y en la Commedia dell Arte… Lo hizo en una década de grandes bandas tanto en Reino Unido como en Estados Unidos que Bowie escuchaba sin cesar, la misma década en la que sacaría su primer álbum ¡el mismo año que se lanzaba nada menos que el Sgt. Peppers and the Lonely Hearts Club Band de los Beatles!: 1967.
Tuvo un problema con su nombre artístico. Y es que cuando comenzó su andadura musical, aparecieron en la escena The Monkees, cuyo cantante se llamaba precisamente Davy Jones, y estaban gozando de notable éxito. Para no confundirlos, nuestro protagonista cambió su nombre a Tom Jones, que mantuvo durante un par de semanas hasta que el Tom Jones que todos conocemos publicó «It’s not unusual» alcanzando gran fama en Gran Bretaña y nuestro protagonista hubo de cambiarlo de nuevo. ¡menos mal! Pasó por David Cassidy (que coincidía con un actor de Hollywood, ídolo juvenil en los 70 muerto en 2017, apenas un año después que Bowie) y otro más hasta que dio con su verdadero nombre y así se lo comunicó a su entonces manager, Leslie Conn (al parecer, adoptó el mismo en honor a Jim Bowie, creador del cuchillo homónimo y héroe de El Álamo). ¿Os imagináis que Rolling Stone anuncia: «Acaba de lanzarse al mercado el álbum The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de Tom Jones»… Uff!
Del escenario a la gran pantalla
Una de sus apoteosis musicales (pues tuvo varias en su dilatada carrera) fue como su álter ego Ziggy Stardust en el cierre de gira del concierto del Hammersmith Odeon londinense el 3 de julio de 1973. Era el día en que el camaleón musical ponía fin bruscamente –y sin previo aviso, como gustaba– a su guitarrista venido del espacio. Bowie nunca tuvo miedo al cambio, a la transformación, a la pura metamorfosis; fue un multifacético artista que hizo de mimo, fue cantante, compositor, instrumentista, pintor, escultor y actor con notables apariciones en la gran pantalla: de El hombre que cayó a la Tierra a Dentro del Laberinto, pasando por El Ansia, Feliz Navidad Mr. Lawrence,La última tentación de Cristo o Twin Peaks: Fuego camina conmigo. Un visionario que «predijo» hasta su propia muerte y de ello hizo una suerte de fatal performance en su último videoclip, como señalé al comienzo del post.
Realizó colaboraciones antológicas: escribió Fame junto a su admirado John Lennon, su primer número 1 en Estados Unidos; el guitarrista de The Who, Pete Towshend, tocó en varios temas de Bowie; con Queen el británico compuso Under Pressure; hace casi 40 años grabó con Mick Jagger una versión de Dancing in the Street ¡y bailaron juntos en la calle con fines benéficos!; Produjo el disco Transformer, de su gran amigo Lou Reed; participó en los álbumes The Idiot y Lust for Life de su otro colega Iggy Pop, otrora líder de The Stooges… y mucho más.
Amistades… y enemistades
Sabía que era un genio, y tenía su ego, marcado en ocasiones y no exento de polémica, pero supo ayudar a otros músicos en su camino al estrellato. Sobre otros, en cambio, no ocultó su desafecto o directamente su animadversión: criticó a Elton John, al que llegó a llamar en un entrevista concedida a la revista Rolling Stone a mediados de 1976 «la reina simbólica del rock», y a Paul McCartney (¿quizá por su amistad con Lennon?) al que tildó de buena persona pero puntualizando que no le gustaba lo que hacía en solitario; con mi idolatrado Axl Rose, sex symbol incontestable del rock venido a menos (cosas de la edad y los excesos) casi llega a las manos, al parecer porque el frontman de los Guns pensaba que Bowie (toda una leyenda en lo que se refiere al cortejo) estaba «tonteando» con su entonces novia, Erin Everly, mientras rodaban el videoclip de Sweet Child O’Mine.
Según revela el legendario guitarrista de la banda, Slash, en su autobiografía, tiempo después, mientras los Guns estaban preparándose para telonear a los Rolling Stones en California, Bowie asistió al show junto a su madre y cuando Axl se dio cuenta de su presencia, comenzó a insultarlo por el micrófono y llegó a acercarse a él para golpearlo, teniendo que intervenir trabajadores del show. Tras el concierto, el incidente fue tan sonado que acudieron nada menos que Mick Jagger y Eric Clapton a hablar con Axl.
Un año después, en una entrevista concedida a la revista Kerrang!, el frontman pelirrojo contó que le hablaron de Bowie y le dijeron que cuando este se emborrachaba «se convertía en el demonio de Browley». Axl no es que fuera precisamente una perita en dulce en ese sentido, y sus encuentros con las autoridades en los 80 y 90 fueron más que sonados, llegando a ser detenido. Después, él y Bowie hablaron y se reconciliaron, hecho que atestiguan unas fotografías de ambos tomadas en 1989 donde hacen alarde de una gran complicidad. Cosas de las rock-stars.
Sex, drugs and rock and roll
Con Lou o Iggy, Bowie compartió el gusto por la vida al límite, y experimentó de forma permanente hasta que alcanzó el éxito masivo en la década de los ochenta, la misma en la que interpretó al inolvidable personaje de Jareth, el rey de los duendes, en la citada película Dentro del Laberinto (Labyrinth) de Jim Henson, curiosamente una cinta que no tuvo el éxito esperado y hoy reconvertida en película de culto e icono pop que cuenta con millones de fans en todo el mundo y es carne de inagotable merchandising (he de reconocer que yo cuento con bastante, desde figuras de NECA a pequeñas esculturas Mini Epics de Weta Collectibles).
Y sus excesos, claro, con el sexo y las drogas. Cuentan que «se volvió loco por las drogas» y que sus falsos amigos «se aprovecharon de su dinero». Lo dijo el que fuera uno de sus guitarristas legendarios en los 70, Earl Slick, quien señaló que Bowie le recordaba a Elvis cuando estaba bajo el efecto de los estupefacientes. En relación al proceso de grabación del disco Station to Station, confesó al diario The Guardian que «David había llegado a acercarse a la locura».
El artista, que ya había adoptado su alter ego más cruel y misterioso, el Delgado Duque Blanco, sumergido en las drogas y que al parecer coqueteaba con el ocultismo e incluso parecía fascinado con la cultura nazi (sin duda para provocar, pues su abierta bisexualidad y modo de vida no parecían muy acordes con el ideario del fascismo o el nacionalsocialismo), a finales de 1976 se trasladó a Berlín, todavía dividido por la Guerra Fría, supuestamente para tratarse de su adicción al polvo blanco y trabajar en su carrera musical de la mano de su gran amigo y compañero de piso, Iggy Pop, otro genial artista que llevó hasta el límite los excesos. Años después, el propio Bowie se refería al año en el que vivió como un falso duque ario y aristocrático, casi sin empatía, de esta forma: «En esa época estaba desquiciado, totalmente enloquecido. Funcionaba solo a base de mitología». Tras ello llegaría la maravillosa «trilogía de Berlín» y el otrora Davey se convertía en un mito.
Y aunque el tema en cuestión está bastante trillado ya, acabo el post con una aclaración sobre la longeva leyenda acerca de sus ojos de distinto color: ¡no! Son del mismo. Lo que pasa es que uno de ellos tiene la pupila dilatada; así, según incidiera en él la luz podía dar la sensación de que era de diferente color al otro. ¿La razón? Bowie sufría de anisocoria, una asimetría en las pupilas fruto de un golpe que recibió en su adolescencia y que le propinó su colega Georges Underwood, con quien tocaba en la banda George and the Dragons. El grupo se rompió tras una efímera existencia, pero volverían a colaborar juntos en The King Bees, antes de que Underwood decidiera convertirse en un diseñador (muy exitoso) de portadas de discos. Ya se sabe, entre amigos todo se perdona.
Y ahora os dejo con los libros que os enseñarán de verdad quién fue este escurridizo tipo (o al menos os acercarán más a él que mis humildes trazos ortográficos):
PARA SABER (MUCHÍSIMO) MÁS:
Starman. Los años de David Bowie como Ziggy Stardust (ECC Cómics)
En abril del recién despedido 2022 la editorial ECC (que publica en España las licencias de DC y una amplia variedad de potentes títulos del mundo del cómic) lanzaba la novela gráfica Starman. Los años de David Bowiecomo Ziggy Stardust, un recorrido por aquel alter ego, una suerte de mesías del RnR que jugueteaba de forma provocativa con la identidad sexual y los roles de género. Corría el año 1972 y lo que hoy es algo de lo más común era un auténtico desafío a la «moralidad» británica.
El autor, el alemán Reinhard Kleist, entreteje de manera fascinante a través de potentes viñetas bañadas de psicodelia y delirios pop, el auge y declive de este extravagante personaje artístico que, como contamos en el post, Bowie borró de un plumazo algo más de un año después, en el concierto de cierre de la gira, con la intención, una vez más (lo haría innumerables veces) de no encorsetarse y reinventarse. A pesar de las quejas de los millones de fans, volvería a conseguirlo, alcanzando en la década siguiente el éxito global, incluido EEUU.
El colorista Thomas Gilke ofrece con su arte un complemento perfecto al guión y dibujo de Kleist, completando a la perfección las certeras y elegantes ilustraciones del segundo. He aquí el enlace para adquirir esta joya bibliófila:
La editorial Cult Books reeditó hace escasos meses una completa y concisa biografía sobre el Delgado Duque Blanco que hará las delicias de los fans (y servirá de excelente introducción a neófitos): Bowie: amando al extraterrestre, del también legendario y controvertido periodista y biógrafo inglés Christopher Stanford, que ha firmado el retrato de Kurt Cobain, los Rolling Stones, la controvertida relación entre el mago Harry Houdini y el escritor y apasionado espiritista Arthur Conan Doyle o Polanski (obra publicada por T&B Editores en 2009).
A diferencia de otras biografías al uso, Sandford muestra una evidente admiración hacia el músico británico, pero no oculta también cierta animadversión –y podría decirse que en algunos pasajes, hasta repugnancia– sobre el multifacético artista, algo así como una carta de amor y odio que deleita al lector con una prosa incisiva e irónica, digna de un profesional del cuarto poder, y mil y una anécdotas sobre el hombre que ideó (corrijo, más bien se transformó) a Ziggy Stardust o Aladdin Sane, entre muchos otros iconos pop. Una narración detallada y sentida desde los orígenes de aquel extraño y solitario niño-adolescente llamado David Jones a la reconversión en David Bowie, el artista inclasificable siempre a la vanguardia. Un ser esquivo al que incluso sus personas más cercanas definen como distante y hermético (no todos, por ejemplo, su fotógrafo oficial en tres giras oficiales entre 1983 y 1990 y amigo Denis O’Regan, señaló que fuera del escenario Bowie era un tipo muy normal, con ganas de ser uno más de los que lo acompañaban en las interminables giras. ¿Quién miente?).
El libro muestra su personalidad controvertida y cambiante: desde sus coqueteos con el nazismo a su vuelco para con las causas benéficas; a veces errática y otras genial, su multifacética carrera de la que la música es solo una de sus facetas (sin duda la más importante, al menos a nivel global, aunque para él era la pintura su verdadera pasión, nunca reconocida), y sus excesos, claro, que no fueron pocos. Sandford muestra a un artista incapaz de sentir empatía por nada ni por nadie, vacío de contenido moral (en esto no coincide con otros biógrafos) que, sin embargo, fue manejado –dice– a su antojo por compañías de management. En definitiva, un hombre que se confundía con sus personajes y que dejó una huella imborrable en la cultura popular de los últimos 50 años.
El club de lectura de David Bowie (Blackie Books)
Una de las editoriales más atrevidas y entregadas del panorama nacional, Blackie Books, publicaba a finales de 2019 un libro tan extraño como cautivador y de obligada lectura –y posesión– para fans: El club de lectura de David Bowie, del escritor estadounidense John O’Connell, «una invitación a la lectura a través de los 100 libros que cambiaron la vida del mito», ilustrado por Luis Paadín. Bowie desveló tres años antes de su muerte la centena de libros que habían forjado su carrera y cambiado su forma de ver el mundo; este libro es, por lo tanto, una inmersión en su legado y una invitación irresistible a sumergirte de verdad en esos objetos de papel y en su poder para transformarnos. Muchos libros de los 60, algunos de la generación beat (por ejemplo, su manifiesto, En el Camino, de Jack Kerouac), distopías como 1984 de George Orwell o La Naranja Mecánica, de Anthony Burgess, numerosas obras de cultura oriental, sobre Alemania y algunos cómics, que le encantaban, de los superhéroes a El Víbora.
Una obra que la autora y periodista británica Caitlin Moran ha definido como «Un libro absolutamente brillante». No es para menos.
Otra editorial habitual en el Pandemónium, Redbook Ediciones, a través de su sello Ma Non Troppo, lanzaba a finales de 2021 una preciosa edición a todo color que hará las delicias de sus seguidores: Bowie de la A a la Z. La vida de un icono de Aladdin Sane a Ziggy Stardust, un espléndido (a pesar de su pequeño tamaño) tomo ilustrado que como su título indica recorre de forma concisa la trayectoria y los hechos más destacables de su carrera a modo de ingenioso diccionario. Es obra del escritor y DJ Steve Wide, durante muchos años al frente de un célebre programa musical en la radio británica, autor también del libro The Beatles de la A a la Z igualmente publicado en castellano por Redbook Ediciones. Firma las ilustraciones la artista Libby Vanderploeg, autora de un gran número de proyectos de animación, diseño e ilustración.
En 2020, Libros Cúpula (sello del Grupo Planeta con un fabuloso catálogo musical y con el que tuve el placer de publicar un ya lejano 2014 Los Magos de la Guerra. Ocultismo y espionaje en el Tercer Reich), lanzó en castellano el libro Bowie por Bowie. Entrevistas y encuentros con David Bowie, editado por el periodista Sean Egan. Responsable de trabajos de contenido y estructura similar, sobre Keith Richards o Fleetwood Mac, entre otros, y autor de exitosas biografías como Jimi Hendrix and the Making of Are You Experienced o David Bowie: Ever Changing Hero, cuenta en estas más de 500 páginas que recogen 32 entrevistas y encuentros con el músico centenares de anécdotas sobre el camaleón del rock. Más de una treintena de reportajes en los que Bowie se explaya en profundidad, lo más cercano a una autobiografía relatada en tiempo real de una leyenda de la música.
Años antes, en 2013, Libros Cúpula lanzaba al mercado una joya para fans titulada Los tesoros de David Bowie –una vez más su historia, pero narrada a través de espectaculares fotografías, facsímiles únicos y textos reveladores y que no es precisamente fácil de encontrar–. He aquí el enlace para conseguir el de 2020:
Y otro sello habitual en el blog, Lumen (Gráfica), de Penguin Books, editaba también otra joyita para bowiemaníacos: Bowie. Una biografía. Homenajeando aquello que dijo su biógrafo David Buckley de que «cambió más vidas que ninguna otra figura pública», el profesor Fran Ruiz (a cargo de los textos) y la ilustradora y autora española María Hesse (autora del fenómeno Frida Kahlo: Una Biografía, publicado también por Lumen), acometen el desafío de adentrarse en los múltiples aspectos de la vida de Bowie, en sus enigmas y anécdotas a través de un libro ilustrado que la revista Esquire considera una de las 35 mejores novelas gráficas; ahí es nada. He aquí el enlace para adquirirlo: