La Marca del Diablo (Nota Diaboli I)

Agazapado en las sombras, silente –salvo cuando toca el violín–, puede permanecer horas, días y a veces siglos a la espera de una nueva presa, un incauto con ínfulas de grandeza, con sed de enriquecerse en un abrir y cerrar de ojos o de alcanzar la tan ansiada inmortalidad prometida –en vano– por los alquimistas. Le gusta estampar su rúbrica en rojo sangre sobre un grimorio medieval, o su impronta –ya sea la mano o el pie, o más bien la pezuña– sobre el suelo y la piedra de una catedral; cómo cruzó las puertas de lugar sagrado es asunto aparte… Se habla de numerosos monjes que vendieron su alma al diablo. Quién sabe.

Por Óscar Herradón ©

El caso es que, sea cual sea el verdadero origen de su nombre, o si las primeras religiones monoteístas, como el judaísmo, lo adaptaron –y desvirtuaron– de cosmogonías anteriores, lo cierto es que el diablo, Satanás, la Bestia, Lucifer o Jaldabaoth  tiene tantos nombres como adeptos, tradiciones, objetos y cultos de un rincón a otro del planeta. Es, por utilizar terminología contemporánea, una suerte de rock-star, más célebre aún que aquellos músicos a los que el folclore atribuye un pacto con el mismo para alcanzar «fortuna y gloria», desde Sus Majestades Satánicas –los Rolling Stone– hasta el violinista Paganini o el padre del blues-rock, Robert Johnson.

En este post no voy a realizar un sesudo recorrido antropológico por el origen del mal, el demonio, el infierno o los ángeles caídos, en cuya historia ya se ha gastado mucha tinta, sino a seguir la pista del «maligno», su aliento fétido y su dañina mirada y la de sus prosélitos –ese «aojamiento» o mal de follo tan presente en todos los pueblos bajo diferentes formas– y a conocer sucintamente los múltiples objetos, enclaves y obras que se atribuyen a su pérfida acción. Allí donde ha quedado grabada a fuego, desde tiempos antiguos, la Marca del Diablo…

Los múltiples rostros del maligno

Aunque el miedo al diablo pueda parecer cosa del pasado, pergaminos amarilleados de un grimorio medieval escrito con una mezcla de fanatismo y temeridad ante Dios, lo cierto es que sigue estando muy presente en diversas formas en todo el mundo, tanto, que ahora se le rinde culto en iglesias edificadas ex profeso por grupos luciferinos y el Vaticano lleva años viendo cómo aumenta el número de demandas de exorcismos entre la población, incluso a través de su propia línea telefónica habilitada por la Santa Sede en 2012.

En la era de la tercera revolución industrial o científico-tecnológica, todavía se descuartiza a personas en África para fabricar amuletos y hacer pociones «mágicas» –principalmente a los albinos, una de las mayores aberraciones de estos tiempos–, en la India se considera que algunas enfermedades mentales o deformaciones son causa de la acción de los «demonios» y, en los países de este mal llamado primer mundo, donde no suelen ser la miseria y el analfabetismo los desencadenantes de la superstición (hoy podríamos atribuirle el mérito al coronavirus y a una realidad de pandemia casi endémica), se realizan exorcismos en grupo que, en ocasiones, acaban en verdaderas desgracias …

Göbekli Tepe

Por su parte, la arqueología no deja de sorprendernos con nuevos hallazgos que nos descubren que el miedo al diablo, al demonio, a sus acólitos o a seres malévolos en general, está presente en todos los pueblos desde tiempos inmemoriales, por citar un ejemplo, el descubrimiento en un ya lejano 1994 de representaciones de seres demoníacos y animales protectores en el que los antropólogos consideran el primer santuario de la historia, Göbekli Tepe, en Turquía.

Más reciente fue un sorprendente hallazgo de 2014, cuando un grupo de arqueólogos ingleses, al levantar los tablones de una mansión abandonada y semiderruida en el condado de Kent, de nombre Knole, encontraron el lugar donde se grabaron líneas entrecruzadas talladas y símbolos indicativos de una «trampa para demonios».

Según Rossell Hope Robbins, los primeros cristianos no siempre concebían al diablo bajo forma humana. En la Vida de San Antonio, obra atribuida a Atanasio alrededor del año 360 d.C., los diablos aparecen bajo múltiples formas, entre ellas las de un muchacho negro y un hombre de gran envergadura. Hacían su aparición ante los aterrados testigos como «¡una bestia parecida a un hombre con patas como las de un asno!», y también como leopardos, osos, caballos, lobos y escorpiones. Curiosamente, para éstos estaban prohibidas –según el texto– las formas de la paloma y el cordero, símbolos de santidad. Era habitual que los diablos se transformaran con frecuencia, «adoptando la forma de mujer, bestia salvaje, seres reptantes, cuerpos gigantescos y legiones de soldados… otras veces asumían el aspecto de monjes y hablaban como hombres santos». Con los siglos, adoptaría formas más sutiles y actuaría de forma menos pendenciera, pero igual de letal…

Las tentaciones de San Antonio
San Hilario

Siguiendo la Vida de San Antonio, la aparición de los diablos solía ir precedida por un gran estruendo, «con ruidos y gritos como los que hacen los jóvenes toscos o los ladrones», o con «gemidos de niños, aletear de bandadas de pájaros, mugir de bueyes… el rugido de leones, el clamor de un ejército». El propio Atanasio dejaba constancia escrita de que estos seres entraban y salían a voluntad por puertas cerradas, a veces despedían un hedor repugnante, y por su parte san Hilario, con un agudo olfato, aseguraba ni corto ni perezoso que podía «distinguir por el olor de los cuerpos y las ropas (…) qué demonio importunaba al hombre». Esta imagen penetraría con fuerza en el imaginario colectivo de Occidente.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la propia Iglesia católica–.

Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan, éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Si queremos adentrarnos en el turbio mundo del «Innombrable» nada mejor que sumergirnos en las páginas de una de las últimas novedades de Blackie Books: el monumental El Gran Libro de Satán, un compendio escalofriante –y seleccionado con mimo– de los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura maligna universal, en una cuidada edición a cargo de Jorge de Cascante e ilustrada con irónico ingenio por Alexandre Reverdin, los mismos que nos brindaron otros dos exitosos «tochos» lanzados por Blackie: El Gran Libro de los Perros y El Gran Libro de los Gatos. Ahora en una vertiente algo más oscura…

Como bien reza la sinopsis, estamos ante «la antología de literatura diabólica más completa que existe en el mundo». Y es que, ¿qué hacen juntos autores como el estadounidense Clive Barker –responsable de títulos emblemáticos como Libros de Sangre o la saga cinematográfica Hellraiser– y nuestra Ana María Matute? Pues eso… hablar sobre, en función o acerca del maligno y sus prosélitos. Nada menos que 56 piezas largas y más de cuatrocientos pasajes breves de índole nada complaciente –más bien perniciosa– con Satán, Lucifer, Behemoth, El Innombrable… como figura central o secundario imprescindible de la trama, la composición o el verso libre.

Así, el lector que se atreva a penetrar en el oscuro reino del «pandemónium» se topará con poemas, cuentos, ensayos e incluso extractos de novelas de autores tan variopintos como Nathaniel Hawthorne, Sharon Olds, Dante Alighieri, Charles Baudelaire o Ambrose Bierce; de Iris Murdoch a Sara Mesa, pasando por Michael Chabon, Belén Gopegui, Mark Twain, Shirley Jackson o Mijaíl Bulgákov. Y muchos más.

El resultado que brinda tal antología son horas y horas de inquietud y malos pensamientos… DANGER! Avisados quedáis. Si aún así decidís sumergiros en sus páginas, he aquí el enlace para adquirirlo:

CIENCIAS OCULTAS, HECHICERÍA Y MAGIA (BLUME):

La editorial Blume, que siempre nos brinda maravillosas ediciones profusamente ilustradas de las más variadas temáticas, también de los misterios históricos (como resalté en su momento numerosas veces en las páginas de las revistas Enigmas y Año/Cero), publicó hace unos meses un volumen excepcional para aquellos que quieren saber un poco más sobre satanismo, brujería y hechos insólitos: Ciencias ocultas, hechicería y magia: Una historia ilustrada, del escritor británico Christopher Dell, licenciado en Historia del Arte por el Courtauld Institute of Art de Londres, un autor del que en su momento Lunwerg Editores publicó Monstruos. Un bestiario del mundo extraño, otro portento visual que se encuentra entre los volúmenes más preciados de mi escogida (más por rara que otra cosa) biblioteca.

El presente libro de Blume es una cautivadora e inquietante antología del pensamiento esotérico que por supuesto no se olvida del maligno y su perniciosa presencia, como tampoco de la nigromancia, la demonología, los grimorios o la Caza de Brujas. Un compendio mágico que aúna astrología, adivinación, amuletos, tradición hermética, vudú, quiromancia, Tarot, espiritismo, Wicca, teosofía, Magia del Caos, fantasmagoría, lugares mágicos o procedimientos alquímicos.

He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://blume.net/historia/1857-ciencias-ocultas-heciceria-y-magia-9788417757304.html

La Naranja Mecánica: 50 años de un clásico instantáneo

En julio de este año la controvertida y genial película dirigida por Stanley Kubrick, adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess, cumplió 50 años, momento en que se editaron varios libros conmemorativos. En «Dentro del Pandemónium» recordamos algunas de las anécdotas de su rodaje y la intrahistoria del original literario.

Óscar Herradón ©

Stanley Kubrick entró en contacto por primera vez con la novela La Naranja Mecánica a través de Terry Southern, co-guionista de Teléfono Rojo, ¿volamos hacia Moscú? (incomprensible título en castellano para Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Southern le envió una copia de A Clockwork Orange tiempo después del rodaje de la magistral parodia de la Guerra Fría. El texto distópico de Anthony Burgess, publicado en 1962, su irreverencia y su humor mordaz, sin embargo, no llamarán la atención del cineasta neoyorquino en un primer momento, precisamente porque su lenguaje plagado de jerga adolescente y suburbial rusa no le convenció.  Sin embargo, cuando fracasó su mastodóntico proyecto de adaptar la vida de Napoleón a la gran pantalla, volvió a fijarse en el contenido de la novela y, según  confesó, cambió de opinión al considerar al protagonista, Alex DeLarge (interpretado por un Malcolm McDowell en estado de gracia que admitiría sufrir mucho durante el rodaje) «un personaje tipo Ricardo III».

Los problemas de tan vanguardista e insurgente cinta, preñada de violaciones, sexo, pornografía, violencia, todo ello sin un ápice de conmiseración con el espectador y una frialdad ajena a las emociones que hace las escenas si cabe más insoportables, comenzarían desde el momento de su estreno en cines. Sobre este punto, Pauline Kael puntualiza en El Cine de Stanley Kubrick, recientemente editado por Cult Books: «El truco de hacer que los atacados tengan rasgos menos humanos que los atacantes, para que el espectador no sienta empatía por ellos, es, creo, sintomático de una nueva actitud en el cine. Esta actitud niega la distinción moral».

Kubrick tuvo que retirarla de las salas de Inglaterra al sufrir amenazas de muerte y tras leer en la prensa acerca del apaleamiento de un mendigo en un suceso muy similar al realizado por los drugos en una de las secuencias más recordadas de la cinta. No permitiría su pase en salas de Reino Unido hasta su muerte, que tuvo lugar el 7 de marzo de 1999, a las puertas del nuevo milenio, violento y desbocado, que parecía vaticinar décadas atrás su legendaria película.

Túnel usado en el rodaje de La Naranja Mecánica.

Pero en su estreno, también se prohibió su pase en Estados Unidos: en el país de las barras y estrellas recibió la calificación X; luego Kubrick cortó 30 segundos y en 1973 fue reestrenada con una calificación R, que alude a «Restricted», en películas que no son aptas para menores de 17 años. También sufrió la censura en otros países, como Francia, Australia y la España del tardofranquismo que, aunque más aperturista que en décadas pasadas, no iba a transigir con una película tan «desafiante» al orden establecido.

Precisamente, en unos días está programado el estreno de un documental en el Festival de Cine de Valladolid (del 23 al 30 de octubre) que recuerda el tardío estreno en nuestro país de la visionaria cinta. Su título es La Naranja Prohibida y evoca su simple título original. Bueno, tan simple y tan inquietante: Burguess comentó en una ocasión que provenía de una expresión cockney (slang del sur de Londres): «as queer as a clockwork orange», cuyo significado es «tan raro como una naranja mecánica». El documental ha sido producido por TCM y dirigido por Pedro González Bermúdez, que lo presentará junto a un invitado de excepción, el propio Malcolm McDowell. Precisamente la película se estrenó en 1975 en la misma Seminci (concretamente en su 20ª gala), durante los días previos al fallecimiento de Franco.

Una novela rara… y visionaria

La historia de la novela es tanto o más impactante que el de la película. No fue precisamente un éxito de ventas: se lanzaron 6.000 copias en 1962 y a mediados de aquella década no había llegado ni a los 4.000 ejemplares vendidos. Aquel vocabulario creado ex profeso por el escritor, el «nadsat», no le hizo especial gracia a la crítica, como tampoco en un primer momento a Kubrick. Y lo más alucinante de todo: aquella novela distópica que muchos calificarían de «profética» nació de una tragedia personal. A Burgess le diagnosticaron un tumor cerebral tras derrumbarse mientras daba clase en un aula de Brunéi, en la isla de Borneo, en el Sudeste Asiático. El diagnóstico: a lo sumo, uno de dos años de vida.

Burgess

Ello provocó en él la necesidad de escribir de forma compulsiva antes de que la enfermedad le impidiera continuar; fruto de lo cual, junto a una ingente cantidad de producción literaria por la que casi nadie le recuerda, nació una extraña novela breve en la que plasmaba esa vivencia personal junto a otras no menos traumáticas como la violación de su mujer, Lynne, en Londres, por soldados desertores norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial que le provocó un aborto y que sería el germen de la violación grupal de los drugos a la mujer del escritor en una de las secuencias más impactantes de la historia del cine. A todo ello, el autor le sumó la impresión que le dio, tras su exilio como docente en las colonias británicas, una Inglaterra profundamente cambiada, invadida por los ritmos pop (que impregnarían la estética de su adaptación cinematográfica), las drogas de diseño y las bandas juveniles violentas, captando así, como pocas obras, el espíritu de su tiempo.

En relación con Kubrick, el hombre cuya decisión de adaptar su cuasi desconocida novela le cambió la vida (y esto no siempre sucede para bien), Burgess sentenció que el cineasta neoyorquino llevó a cabo una «reelaboración radical de mi propia novela, no una mera interpretación». No obstante, para el novelista Kubrick había llevado a cabo «una película tecnológicamente brillante, reflexiva, poética, reveladora». Un clásico de culto instantáneo que se rodó hace medio siglo y no ha perdido un ápice de actualidad.  

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Cult Books publicó hace unos meses un fantástico libro que recorre con magníficos textos de diversos especialistas la filmografía del director neoyorquino, y, claro, dedica un sorprendente capítulo a La Naranja Mecánica. Desde su primer largometraje, Fear and Desire, hasta el último, Eyes Wide Shut, estrenado póstumamente, Stanley Kubrick se esforzó en sondear los rincones oscuros de la conciencia humana. Al hacerlo, adaptó novelas tan populares como ‘Lolita’, ‘La naranja mecánica’ y ‘El resplandor’, y seleccionó una amplia variedad de géneros para sus películas: film noir (El beso del asesino; Atraco perfecto), cine bélico (Senderos de gloria; La chaqueta metálica), comedia negra (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú), ciencia ficción (2001: Una odisea del espacio)…

A lo largo de medio siglo de carrera, Kubrick produjo algunas de las imágenes cinematográficas más evocadoras de la historia del cine. Formado como reportero fotográfico, su control personal de la técnica era apabullante, de un perfeccionismo compulsivo y neurótico. Atraco perfecto deslumbró por su sabia construcción unanimista y acronológica. 2001 fue el primer filme en el que las estrellas no eran los actores, sino los efectos especiales. Barry Lyndon se rodó enteramente con luz natural, o de velas, para reproducir con precisión el ambiente de la época dieciochesca descrita por Thackeray. Y El resplandor ha pasado a la historia por su utilización virtuosa del steadycam en los pasillos de un castillo y de un laberinto vegetal. Desde la primera secuencia de El beso del asesino hasta los últimos fotogramas de Eyes Wide Shut, impresiona el magistral estilo visual de sus películas, sus escenas de tomas fijas, hipnotizantes y fascinantes.

Analizados en conjunto, los textos de Michel Ciment, Roger Ebert, Pauline Kael, Stanley Kauffmann, Dave Kehr, Jonathan Rosenbaum, John Simon y Alexander Walker, entre otros autores, constituyen una lúcida mirada a la visión que tenía el gran director de un universo físico y moral en constante transformación, y aportan profundidad y complejidad a la interpretación de la notable obra de Stanley Kubrick.

He aquí el enlace para adquirir este documentado trabajo repleto de fotografías en La Casa del Libro:

https://www.casadellibro.com/libro-el-cine-de-stanley-kubrick/9788412253870/11932260?gclid=Cj0KCQjwnoqLBhD4ARIsAL5JedKjtT3rXKPmL6MHSQCpV8_g91nOTQy7PvrR3HK_e1nWBPgiMAQcWP4aAiIDEALw_wcB

Y Notorious Ediciones ha publicado recientemente nada menos que el libro del 50 aniversario de esta joya del celuloide. Un volumen editado con mimo (como todo su catálogo) que hace honor a tan insigne título. En un precioso tomo profusamente ilustrado a color y blanco y negro, tres prestigiosos autores (Jesús Antonio López, Jesús Palacios y Jaime Vicente Echagüe) abordan los diferentes aspectos del film. Imprescindible para fans y drogalépticos.

He aquí el enlace de su página web:

La Doncella de Orleans: un nuevo enfoque

La historia de Juana de Arco se ha contado infinidad de veces, muchas de ellas de forma incompleta, sectaria, dando pábulo a leyendas y rumores frente a las fuentes históricas o con una marcada falta de sentido crítico, principalmente entre aquellos que pretendían restituir su figura y reconvertirla en «santa», los mismos que no titubearon a la hora de quemarla en la hoguera por «hereje». Un nuevo trabajo de la medievalista británica Helen Castor, que publica Ático de los Libros, clarifica su figura a nivel historiográfico como nunca antes.

Óscar Herradón ©

Y aunque hay notables y exhaustivos trabajos sobre su esquiva figura, muchos ya han quedado algo anticuados y sobrepasados por el hallazgo de nuevas fuentes documentales. En ese sentido, el libro sobre la vida y época de la Doncella de Orleans que firma la medievalista británica Helen Castor y que acaba de publicar en castellano en una fabulosa edición Ático de los Libros, puede que sea la biografía definitiva, al menos de nuestro tiempo, sobre Juana, un análisis riguroso, crítico, sobre su auge, caída en desgracia y rehabilitación posterior. Acompañado además del estilo dinámico y de gran tensión narrativa que caracteriza a la autora, responsable de otro título emblemático que en 2020 publicó también Ático de los Libros: Lobas. Las vidas de cuatro grandes reinas medievales y origen de una serie documental.

Y lo más importante de la monografía: que Castor desvela la verdad tras el mito que viste desde hace siglos la figura de la Doncella de Orleans, un mito largamente labrado y reimpulsado durante el Romanticismo. La medievalista se ha sumergido durante años en el personaje histórico y en la sociedad que lo vio nacer para atravesar su leyenda y centrarse en su figura sin aditamentos. El resultado es una obra que aporta sorprendentes revelaciones sobre Juana de Arco, entre otras, que ni fue una combatiente letal ni tuvo una extensa carrera militar (su edad y su apresamiento fueron probablemente las culpables) más allá de los grandes logros del levantamiento del sitio de Orleans y la importante victoria en la batalla de Patay que harían posible la coronación de Carlos el Bien Servido.

Coronación de Carlos VII.

Carlos VII de Francia era un rey supersticioso, fruto de una época de fuertes contrastes, y en 1429 creyó a Juana sin dudar cuando ésta le recitó la oración que el monarca decía diariamente (¿pudo alguien del estrecho círculo del mandatario filtrar dicha información previamente a la joven?). No debemos olvidar que la política (vestida de fe y devoción) lo impregnaba todo, también su trágico final. Pero el otrora delfín francés también era un personaje crédulo y de temperamento endeble, así que cuando apresaron a su mayor valedora no dio ningún paso «oficial» por rescatarla –a pesar de los intentos de sus hombres por liberarla– y puso sus esperanzas en otro salvador de corte místico, igualmente de extracción humilde, un joven pastor al que los ingleses no tardaron en capturar, como a Juana, y al que ahogaron en el Sena.

Carlos VII

Puesto que estaba en juego la santidad de su causa y también la hegemonía de la Iglesia, en la que ningún soberano se podía inmiscuir (lo haría un siglo más tarde el monarca inglés Enrique VIII, provocando nada menos que el cisma de Inglaterra), Carlos VII no la apoyaría en su juicio, a pesar de los intentos de sus hombres de liberarla, entre ellos el mariscal de Francia, Gilles de Rais.

De la gloria militar al calabozo

Jean de Ligny

Jeannette Darc fue capturada el 23 de mayo de 1430, cuando intentaba levantar el sitio de Compiègne, una ciudad sometida por el bastardo de Vendôme, un caballero al servicio de Jean de Ligny (Juan II de Luxemburgo-Ligny). Tres días después de su captura, el fraile Martin Billorin, inquisidor general de Francia, pidió que se le aplicase a Juana la jurisdicción inquisitorial por ser «persona sospechosa de diversos errores que huelen a herejía». Su destino estaba echado: el 14 de julio, Pierre Cauchon, obispo de Beauvais y a la sazón un francés renegado que trabajaba para los ingleses, reclamó para la doncella la jurisdicción episcopal para juzgarla como «sospechosa de hechicería y de invocar demonios». Encerrada en Ruan, el ejército francés intentó liberarla en reiteradas ocasiones sin éxito.

Juana de Arco (1903) por Albert Lynch (Fuente: Wikipedia. Free License).
Pierre Cauchon

En un sombrío calabozo permaneció más de un año antes de ser sometida al juicio de un tribunal eclesiástico. Beauvais nombró finalmente a un tribunal formado enteramente por clérigos leales a la causa inglesa (poniendo en evidencia, una vez más, que no eran los mandatos divinos sino los intereses creados de los hombres los que decidían) que la juzgó sin apenas pruebas desde el 21 de febrero de 1431; y la acusó, entre otras lindezas, de «herejía, abandono del hogar y travestismo», este último (al que recurrieron por su uso continuado de ropa de soldado y el pelo corto durante las campañas) se castigaba entonces con la pena capital. Según las prescripciones del Deuteronomio, una mujer no debía vestir con ropa de hombre ya que se trataba de «una abominación de Dios».

Ella misma explicó durante el proceso que se vestía así debido a la posibilidad muy real de que fuese violada al dormir y convivir con la soldadesca, todos hombres sometidos en ocasiones, en campaña, a largos periodos de abstinencia carnal. Afirmaba que aquellos ropajes eran mucho más difíciles de arrancar que las vestimentas de mujer. Y no estaba desencaminada: con los años se supo también que precisamente en la prisión de Ruan la joven sufriría varios intentos de violación de varios guardias e incluso de un noble que acudió a visitarla. Espeluznante.

Juana de Arco (1879), por Jules Bastien-Lepage.

Lo más increíble, según evidencia Castor en su relato, es comprender cómo en una sociedad tan supersticiosa, temerosa de Dios y dominada sin contemplaciones por el patriarcado, donde las mujeres (y más de las capas sociales más bajas) apenas tenían voz, se escucharon las prerrogativas de Juana de Arco hasta el punto de convertirla en líder de las tropas que luchaban contra los ingleses en aquel tiempo de sangre y fuego. El juicio al que la sometieron ingleses y borgoñones tuvo un carácter claramente político destinado a desacreditar sus logros (y por ende los del propio delfín coronado como Carlos VII en Reims), incidiendo en que, si se trataba de una «bruja», el soberano debía su corona, por tanto, a la brujería.

Una joven completamente sola, sin una gran instrucción, que además no contó con defensa alguna en un juicio claramente ilegal (del que me ocuparé más detalladamente en un próximo post) que pretendía servir de escarmiento a los enemigos de los ingleses. Todo se arregló como una gigantesca farsa sin posibilidad de exculpación alguna y acabaría con su veredicto de culpabilidad y su quema en la hoguera el 30 de mayo de 1431 en Ruan, con tan solo 19 años.

Un enfoque novedoso

Castor no sigue al pie de la letra, ni mucho menos, los cánones biográficos, sino que intenta (y lo consigue) reconstruir minuciosamente la Francia en la que le tocó vivir a Juana y los pasos rigurosamente históricos que siguió esta sorprendente mujer del medievo (siempre que ha sido posible). Castor, especializada en la Inglaterra medieval, profesora y miembro del Sidney Sussex College de la Universidad de Cambridge, así como miembro de la Real Sociedad de Literatura, revive la corta pero intensa vida de esta mujer extraordinaria que contravino las normas sociales de su época a partir del relato de testigos contemporáneos, enemigos y compañeros de armas. También sobre la ingente documentación existente sobre su causa: cartas, crónicas, poemas, tratados, libros de cuentas y las actas de su juicio por herejía en 1431 y las del llamado «juicio de anulación» que los franceses celebraron un cuarto de siglo después para rehabilitar su memoria.

Actas del juicio de anulación.

No obstante, la británica no se circunscribe en exclusiva a la documentación escrita y escarba entre líneas, buscando contradicciones y distorsiones entre los testimonios para traernos a la Juana de Arco más cercana posible a la realidad histórica. Algo que evoca una quimera, como la propia autora señala al final de tan exuberante monografía: «Juana todavía espera a ser descubierta. Si leemos los documentos excepcionales que dejan constancia de una vida totalmente extraordinaria con el conocimiento de cómo llegaron a redactarse, nos sumergimos en su mundo, un universo refinado, brutal y de una incertidumbre terrorífica en el que nada es seguro salvo la fuerza suprema de la voluntad de Dios; y entonces, tal vez, podemos comenzar a comprender a Juana: lo que creía que estaba haciendo; por qué quienes la rodeaban reaccionaron como lo hicieron; cómo aprovechó ella la oportunidad, con un resultado milagroso, y qué ocurrió, al final, cuando los milagros dejaron de producirse».

Las voces del arcángel Miguel, santa Catalina y santa Margarita encomendaron a Juana la noble misión divina de ayudar al delfín, hijo de Carlos «el Loco», a hacerse con la corona francesa en el marco de la mal llamada Guerra de los Cien Años (que en realidad duró 116), devolver al enemigo inglés al mar y derrotar a los traidores borgoñones, pero no le advirtieron del trágico destino que le esperaba en el tribunal de los hombres, más implacable que el celestial, por partir de su Domrémy natal a empuñar las armas por una causa que finalmente no se demostraría tan noble (al margen de ella).

Portada del libro Lobas, de Helen Castor (Ático de los Libros 2020).

Juana de Arco fue un nombre tomado del primer apellido de su padre y que ella nunca utilizó: se refería a sí misma como «Jeanne la Pucelle» (Juana la Doncella), para enfatizar su carácter de sierva elegida por Dios y su proximidad a la Virgen. En palabras de Castor, que desmitifica muchos de los lugares comunes atribuidos al personaje, Juana «es una gran estrella en el firmamento de la historia».

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