Historia de las partes bajas

La Esfera publica Historia de las partes bajas, del Dr. Roberto Pelta Fernández, un repaso muy ameno, entre lo escatológico y lo anecdótico, de cómo la genitalidad y sus achaques han condicionado momentos de la historia europea.

Óscar Herradón ©

El autor no es historiador, sino médico: doctor en Medicina por la Universidad Complutense, especialista en Alergología en el Gregorio Marañón y que cuenta también con una nutrida trayectoria como divulgador sanitario y cierto recorrido en la historia de la Medicina, pues es autor también de El veneno en la historia (publicado en 1997, hace casi treinta años, por Espasa), un conocimiento del tema que se nota a la hora de profundizar en las divertidas páginas del libro.

Félix Faure.

El recorrido va desgranando casos concretos convertidos en episodios notables del pasado: la afición de doña Germana de Foix (segunda esposa de Fernando de Aragón, llamado el Católico, viudo de Isabel de Castilla) por la cantaridina, entonces considerado -erróneamente- potente afrodisíaco; el violento final del papa Juan XII, «el Fornicario»; la circuncisión de Alfonso de Borbón y Battenberg; las dolencias rectales de Lutero, la muerte de un presidente francés en pleno acto sexual (Félix Faure, quien al parecer expiró su último aliento mientras su amante le practicaba una felación en el Elíseo, en 1899) o los devaneos amorosos de Paulina Bonaparte. El hilo conductor es que la parte más íntima del cuerpo y sus enfermedades, terminó moviendo tronos, escándalos y decisiones políticas.

Fernando VII, «el Biendotado»

Fernando VII.

Deteniéndonos, por ejemplo, en Fernando VII, tras su llegada al trono el pueblo de Madrid, cansado de la incompetencia de su padre, Carlos IV, le bautizó como «el Deseado», adjetivo poco apropiado, por muchas razones (de hecho, pasaría a la historia como el Felón). El más ajustado, no obstante, para definirle, al menos en el sentido del libro que tenemos entre manos, sería el sobrenombre de «el Biendotado», y es que parece ser que la naturaleza regaló al monarca de la España revolucionaria un miembro de grandes dimensiones. 

Mérimée.

Según las crónicas y avisos de la época, Fernando se hizo fabricar una almohadilla especial con un agujero en el centro para poder penetrar a María Cristina, su cuarta y última esposa, sin provocarle ningún desgarro. El escritor galo Prosper Mérimée, que viajaba con asiduidad a España por aquellos años, contaba que el miembro viril del monarca era «fino como una barra de lacre en su base y tan gordo como el puño en su extremidad»; casi una aberración, vamos. No obstante, no es difícil imaginar que con tales dimensiones «el Deseado» fuera un semental, que parece ser que lo fue, pero de forma muy tardía y con bastantes dificultades.

Busto de Carlos II de Austria. Guapo, lo que se dice guapo, no era…

Por el contrario, la supuesta impotencia de Carlos II el Hechizado alimentó buena parte de las teorías sobre la extinción de los Austrias españoles (las malas lenguas decían que, además, sus muchas «taras» eran a causa de que él fue el fruto de la última cópula de su promiscuo padre, Felipe IV, el mismo que interpreta Gabino Diego en la adaptación cinematográfica de la excelente novela de Gonzalo Torrente Ballester Crónica del Rey Pasmado). Su muerte, y su controvertido testamento (fruto de numerosos complots palaciegos) desembocarían en la Guerra de Sucesión española y la llegada al trono del primer Borbón de la Monarquía Hispánica, Felipe V, al que su segunda esposa, Isabel de Farnesio, parece que también doblegó precisamente a través de la alcoba, y el sexo. El caso de Juan de Austria, el hijo bastardo de Carlos V y héroe de Lepanto, se presenta como una muerte casi anecdótica frente a su leyenda militar: una hemorroide infectada, no una herida de guerra ni una epidemia, habría acabado con su insigne vida.

Luis XIV.

En cuanto a Luis XIV, el Rey Sol, el libro convierte su dolencia rectal, una fístula anal, en un episodio de repercusión política: la intervención quirúrgica del monarca que mandó edificar el Palacio de Versalles se transformó en un asunto vigilado por toda la corte, hasta el punto de que la operación. No era extraño teniendo en cuenta el culto que se rendía al soberano, casi una divinidad hecha carne: tratar con él mientras hacía sus necesidades en una bacinilla era un privilegio al alcance de muy pocos cortesanos. Y así una ristra de curiosidades, unas más desagradables que otras, que nos acercan a la historia de la monarquía de forma más que singular, y muy divertida. El propio título deja claro que el eje del libro no es la política ni la guerra, sino la anatomía y la enfermedad como motor oculto de la gran historia, y ahí está precisamente su mayor originalidad: Historia de las partes bajas. Anécdotas, curiosidades y misterios médicos de genitales.

Diez «guarradas» históricas que probablemente no conocías…

El ser humano ha sido distinguido y elegante, ha gastado mucho dinero en lujos y joyas, en potingues varios para vencer el paso del tiempo o para combatir la calvicie… pero a lo largo de la historia también ha sido un auténtico guarro, con prácticas que al hombre actual (salvo excepciones) le revolverían el estómago. HarperCollins Ibérica publica Esta historia apesta. Anécdotas de mierda que han marcado a la humanidad, de la profesora y divulgadora Alejandra Hernández (@tecuentounahistoria), un recorrido preñado de curiosidades increíbles (y cochinas) por nuestro pasado. He aquí algunas pinceladas de lo que encontraremos en sus páginas…

Por Óscar Herradón ©

–El emperador Heliogábalo (203-222) murió asesinado con apenas 18 años en una de las letrinas de Roma de una forma nada agradable: asfixiado por una de las esponjas que se utilizaban para limpiar las partes pudendas de los que allí cagaban, la llamada tersorium o xylospongium (literalmente «esponja con palo»), que se iban pasando quienes sentaban sus posaderas y de vez en cuando remojaban en una fuente de agua central para limpiarla de restos de excrementos. No sabemos si la de Heliogábalo había sido previamente desinfectada…

–El caso de Juana de Castilla, mal llamada «la Loca», ha traído de cabeza a los historiadores, que no se ponen de acuerdo sobre hasta qué punto la hija de los Reyes Católicos fue encerrada por su enajenación –fruto de la prematura muerte de Felipe el Hermoso– o por los intereses políticos de su padre, Fernando de Aragón, o los de su hijo, Carlos I de España y V de Alemania. Sea cual fuera la verdadera razón de su cautiverio, lo cierto es que su estado llegó a ser lamentable para una reina, como lo cuentan distintos cronistas testigos de los hechos, como el obispo de Málaga o Francisco de Borja poco antes del fallecimiento de la soberana: no se aseaba ni peinaba (curiosamente, antes de enfermar sus allegados la tenían por inestable ante su afición a darse baños), comía y dormía tirada en el suelo y ocultaba los platos de barro en los que le servían el alimento bajo la cama, por lo que el olor de la estancia tuvo que ser espantoso. Como recoge Alejandra Hernández, «Hasta se atrevieron a afirmar que podía estar poseída por el diablo».

–«La alopecia preocupó, y mucho, a los hombres y mujeres de la Edad Media y aunque les hubiera ido genial tener cerca una clínica turca de injerto de pelo, parece que les bastó con aplicarse toda una serie de ungüentos con ingredientes tan variados como el ajonjolí, leche de perra, cenizas de ramas de olivo, zumo de murta, aceite de mata, polvo de moscas o emulsiones realizadas a base de heces humanas destiladas…», cuenta Alejandra Hernández en el libro. La última opción puede que diera buenos resultados, no lo discuto, pero había que estar muy desesperado…

–Durante el reinado de Carlos IV, la relación de este con su esposa María Luisa de Parma y a la vez con Godoy fue tal que llegaron a llamarlos de forma nada positiva «La Trinidad en la Tierra». Pues bien, parece que María Luisa, que dicen las malas lenguas pasó por la alcoba del ministro, no era lo que se dice una belleza palaciega. Alejandra Hernández cuenta: «Parece ser que los veinticuatro embarazos que tuvo y la vidorra que se pegó como consorte María Luisa de Parma, esposa del pachón Carlos IV, mermaron su salud hasta el punto de dejarla prácticamente sin dientes, por lo que recurrió a unos artesanos de Medina de Rioseco para que le fabricaran una preciosa dentadura postiza de porcelana. Y tan chula que fue la tía a partir de ese momento, sonriendo por la vida, hasta que llegaba la hora de comer, momento en el que se la quitaba sin ningún tipo de reparo delante de todos los comensales».

–El palacio de Versalles es símbolo de ostentación y de lujo. Basta darse un paseo en la actualidad por la Galería de los Espejos o visitar las impresionantes alcobas de Luis XIV y de su reina para imaginarnos el boato del Antiguo Régimen, pero la verdad es que en aquellos tiempos los nobles eran bastante guarros. El duque de Saint Simon, muy habitual en el palacio, contó en sus memorias que algunos miembros de la corte «orinaban sin decoro alguno entre cortinajes y pasillos» y que «las mujeres solían portar una pequeña palangana escondida en sus faldas que utilizaban para orinar cuando sobrevenía el apretón y cuyo contenido vertían automáticamente después en la sala en la que se encontrasen».

–Antes hablábamos de Juana de Castilla, pero el caso de otro rey español también afectado de eso que entonces llamaban «melancolía» (y que probablemente se trataba de una aguda depresión u otra enfermedad mental), Felipe V, el primer Borbón de nuestro país, fue aún más extremo: dormía de día y trabajaba de noche, casi no comía y estaba obsesionado con su propia muerte (…) Además, se dejó crecer las uñas de manos y pies sin control porque, si se las cortaban, le sobrevendrían –creía– todos los males de este mundo; tampoco es que se aseara mucho. Era tan escasa su afición a la limpieza que cuando murió, a los 60 años, al tratar de amortajarle quitándole la ropa que llevaba puesta –y que durante tanto tiempo se negó a quitarse– le arrancaban también jirones de piel.

–La cosa va ahora de esos entrañables bichitos llamados piojos. En la antigua Siberia había un curioso rito de cortejo: las zagalas del lugar lanzaban sus piojos a los mozos en los que habían puesto el ojo como muestra de su afecto e interés. Por su parte, los aztecas tenían por costumbre honrar al dios Moctezuma con una pequeña vasija de oro… repleta de estos pequeños insectos aficionados al pelo, al natural y al artificial, pues cuando los nobles se ataviaban con grandes pelucas no evitaban que están acabasen también infestadas de pediculus que conseguían traspasarlas y llegar hasta el cuero cabelludo.

–A todos nos han dicho desde pequeños lo importante que es la higiene bucal, pero no siempre hemos tenido flúor en forma de pasta dentífrica para cepillarlos (fuera Signal o Colgate, depende de gustos), y sobre prácticas del pasado en este sentido, la autora nos cuenta: «La higiene bucal también tuvo su importancia y para evitar la halitosis surgieron remedios tan interesantes como asquerosos. Uno muy común fue la combinación de ramas de romero quemadas y mezcladas con sus propias hojas, lo que daba lugar a una especie de pasta que se embadurnaba en un paño de lino y se restregaba por los dientes. La menos común y aparentemente saludable, pero no por ello poco conocida en la corte, fue la esencia de orina como sucedáneo del enjuague bucal».

–Y es que ya desde época prerromana la orina se convirtió en un must de la higiene bucal. No desperdiciaban ni una gota (pues era muy valiosa en el tratamiento del color de los tejidos), así que la que no iba a las lavanderías se utilizaba directamente como enjuague. Para hacerla más agradable al paladar, los romanos le añadían un poquito de piedra pómez. En la Antigüedad clásica, además, a la orina le atribuían grandes virtudes y casi facultades sobrenaturales: podría contribuir a curar enfermedades o dolencias tan variadas como la gota, la mordedura de un perro, e incluso, la obtenida de los eunucos servía –dicen– para realizar maleficios contra la fecundidad.

–Y terminamos con el rey inglés Enrique VIII, el que tuvo por afición mandar decapitar a sus esposas. Aunque pueda parecer lo contrario, no fueron aquellas infelices quienes le conocieron en su más grande intimidad, sino el conocido como Groom of the King’s Close Stool, el llamado «mozo del taburete», que era el nombre del mueble usado entonces como cagadero. Creado por Enrique VII en 1495, era la posición más alta en la Cámara Privada del rey, con funciones de atender las necesidades del soberano, pero bajo el octavo Enrique el cargo se amplió enormemente. Un puesto por el que, curiosamente, se daban de tortas los hijos de nobles e importantes señores de la corte. La razón no estaba relacionada con ningún tipo de coprofilia sino con el hecho de que, además de estar bien remunerado (faltaría más…) aquellos mozos acababan por lo general convirtiéndose en figuras poderosas, casi una suerte de secretarios reales que intervenían en importantes asuntos de Estado, incluidas las finanzas, y que cosechaban relevantes títulos nobiliarios y acumulaban propiedades.

El mozo del taburete se encargaba del suministro de agua, toallas y un lavabo para el rey al terminar de hacer sus necesidades (hay dudas sobre si realmente le limpiaba o no el culo…). El mozo de las heces era también el encargado de supervisar las excrecencias intestinales del monarca y de consultar con los galenos para asegurarse de que no estaba afectado de ninguna enfermedad.