Alejandro Magno (Edhasa)

Edhasa publica la monumental biografía Alejandro Magno, del divulgador británico Anthony Everitt, el vertiginoso relato del ascenso y caída del hombre que llegó a creerse un dios y conquistó el mayor imperio conocido de la Antigüedad.

Óscar Herradón ©

Alejandro III de Macedonia construyó un imperio que se extendía por todos los rincones del globo, desde el tranquilo y calmo reino de Macedonia hasta el mundo helénico, Persia y, en última instancia, hasta la India. Él confiaba en detenerse solo al llegar al océano Pacífico, pero todo se acabó antes, con su prematura muerte a los treinta y tres años. Y milenios después su figura sigue despertando a partes iguales pasión y rechazo, además de una larga controversia entre los especialistas.

El británico Anthony Everitt publicó en 2019, en inglés, Alexander the Great: His Life and His Mysterious Death, la cuarta entrega de su serie de biografías sobre la Antigüedad clásica tras Cicero (la dedicada a Cicerón, publicada en castellano también por Edhasa), Augustus (al emperador Augusto) y Hadrian and the Triumph of Rome (a Adriano) y que ahora nos trae Edhasa en una voluminosa y excepcional edición en castellano. Antes, Everitt había firmado también The Rise of Rome y The Rise of Athens, y fue secretario general del Arts Council de Gran Bretaña y profesor visitante en Nottingham Trent University, un perfil de divulgador cultural más que de historiador académico de la Antigüedad, algo que se nota en el tono ameno y casi de narración novelística del ensayo.

El volumen arranca con el asesinato de Filipo II de Macedonia en 336 a.C., que catapulta a Alejandro al trono con apenas veinte años, y dedica sus primeros capítulos a la relación –intensa, casi simbiótica– entre el joven rey y su madre Olimpia, figura de peso propio en la corte macedonia. Tras hacerse con el trono de su padre, Alejandro emprendió campañas en los Balcanes, Tracia, Iliria y Tebas, y encabezó la Liga de Corinto –los estados griegos, salvo Esparta– con la ambición de invadir Persia, gobernada por el Gran Rey Darío. El relato avanza después por las tres grandes batallas contra el imperio persa hasta la muerte del macedonio en Babilonia, en 323 a.C., a los treinta y tres años, un final que Everitt convierte en el auténtico motor narrativo del libro: para el autor, cada época ha construido su propio Alejandro –el perfecto caballero inglés para un historiador del siglo XX, el prototipo de dictador totalitario para otro– cuando en realidad fue, sencillamente, un hombre de su tiempo y su lugar. Con sus luces y sus sombras.

Filipo II.

Esa última frase resume el propósito confeso del libro: en vez de sumar una interpretación más a la pila, Everitt quiere devolver a Alejandro a su contexto y, de paso, ofrecer su propia hipótesis sobre las causas de su muerte, uno de los grandes enigmas sin resolver de la historia antigua –¿fiebre natural o conspiración de sus generales, hartos de un rey cada vez más autoritario y megalómano?–. El volumen no elude tampoco otras preguntas incómodas que persiguen a la figura desde hace siglos: si mató o no a su padre, si su orientación sexual fue heterosexual u homosexual, si fue un visionario genuino o simplemente alguien con suerte.

Entre las curiosidades que salpican el relato están la doma del caballo Bucéfalo siendo niño, la destrucción de Tebas y de su legendario Batallón Sagrado como escarmiento tras una revuelta, el cruce del Helesponto marcando simbólicamente el inicio de la invasión de Asia, y la pretensión del propio Alejandro de ser hijo de una divinidad, reclamo que alimentó tanto su leyenda como el resentimiento de su entorno más cercano. Everitt no esconde tampoco los defectos del personaje: una dinámica familiar profundamente disfuncional y una tendencia a la autoglorificación que, hacia el final de su corta vida, se combina con una paranoia creciente y un consumo de alcohol cada vez más destructivo, sin que por ello dejara de mantener una lealtad casi incondicional por parte de su ejército. 

Uno de los aciertos más interesantes de Alejandro, y el que mejor sitúa a Everitt frente a sus predecesores, es su forma de plantear el debate historiográfico sobre el conquistador macedonio. El autor reconoce abiertamente que la erudición moderna sobre el monarca es heredera de dos figuras que dominaron el campo durante décadas: William Woodthorpe Tarn, quien en los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado construyó la imagen de un Alejandro casi caballeresco, movido por la fe en la unidad del género humano; y Ernst Badian, historiador vienés de origen judío que huyó del nazismo y desarrolló su carrera en universidades británicas y estadounidenses, y que vio en el conquistador un prototipo de dictador totalitario emparentable con Hitler o Stalin. Everitt sitúa conscientemente su relato a distancia de ambos extremos, y esa tensión entre el Alejandro idealizado de Tarn y el Alejandro tiránico de Badian atraviesa el libro entero sin resolverse nunca del todo, lo cual es, probablemente, la decisión más honesta que podía tomar.

Quien busque un manejo detallado de logística militar, cifras de contingentes o composición de los ejércitos macedonio y persa no lo encontrará aquí; Everitt renuncia deliberadamente a esa densidad en favor de un relato de línea única, fluido y de raigambre casi novelesca. Para el lector que se acerca por primera vez a Alejandro Magno, es una puerta de entrada solvente y muy disfrutable; para quien ya conoce el terreno, servirá sobre todo para refrescar el relato tradicional con una prosa notablemente más cuidada que la media del género.

Alejandro Magno y el oráculo de Amón

A través de los siglos el hombre ha mostrado un inusitado interés por conocer lo que le deparaba el futuro. En la antigüedad, los encargados de vaticinar el porvenir eran los sacerdotes y pitias que interpretaban las respuestas de los oráculos. Algunos tan célebres como el de Delfos o el de Siwa, al que acudió Alejandro Magno, permanecieron ocultos a los ojos de los hombres durante siglos. Ahora Edhasa publica una vibrante monografía sobre el macedonio, obra del británico Anthony Everitt, que revela, además de numerosos episodios oscuros de su frenética vida, lo que sucedió durante su visita al oráculo.

Óscar Herradón ©

Se conservan innumerables respuestas de los oráculos de la antigüedad, algunas de cuyas profecías han llegado a hacer historia, hasta el punto de que algunos de los hombres más poderosos llegaron a basar sus decisiones en las sentencias de los mismos, como siglos más tarde reyes y príncipes se basarían en los horóscopos trazados por los astrólogos y en las predicciones de sus magos para tomar decisiones de índole política y militar. En la era helenística la creencia en los milagros estaba muy arraigada, pero sería una constante a lo largo de la historia, al menos hasta que la ciencia tal y como hoy la conocemos hizo su aparición. Aún así, son muchos todavía hoy los que creen en vaticinios milenarios, baste recordar lo que sucedió hace casi una década con la dichosa profecía maya y el una y otra vez mancillado 2012. Y eso que 2020 y 2021 sí que se acercaron bastante más a un Armagedón a causa del dichoso Covid.

Cimón

Grandes líderes del mundo antiguo consultaron a los oráculos, en cuyas sentencias creían sin titubeos. El oráculo de Siwa se hizo mundialmente famoso en el año 450 a.C. por una profecía que afectaba directamente a Cimón, hijo de Milcíades, uno de los políticos y militares más importantes de Atenas, quien envió una delegación al Oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, mientras asediaba con su flota la costa de Chipre. Mientras los delegados escuchaban la ambigua respuesta del oráculo, el mandatario moría, lo que fue interpretado como una señal de gran poder profético, noticia que rápidamente se extendió por toda Grecia, haciendo que Siwa se convirtiera en competencia directa de los de Dodona y Delfos. A partir de ese momento, enviados de muchos países emprendieron el duro camino a través del desierto libio, ofreciendo valiosos presentes y sacrificios, con la intención de que Amón les predijera el futuro.

La dinastía argéada y el oráculo

Pero lo que ha hecho que Siwa y su oráculo pasaran a la posteridad fue el interés que uno de los grandes militares de la historia, Alejandro Magno, mostró en él, y los supuestos vaticinios que éste le ofreció cuando acudió a su consulta. Alejandro, que fue educado desde los trece años en la rica cultura griega nada menos que por Aristóteles, era un ferviente creyente, algo que le habían inculcado en la corte de su padre, Filipo de Macedonia, en cuyo reinado, como en el de su hijo, desempeñaron un importante papel los sueños proféticos y los vaticinios oraculares.

Olimpia presenta a un joven Alejandro a Aristóteles, por Gerard Hoet (1648-1733)

Al parecer, tanto Filipo como su esposa, la hermosa Olimpia, habían tenido un extraño sueño de tipo profético antes del nacimiento de Alejandro. Un buen día, el rey envió a su hombre de confianza Querón a consultar el significado de sus sueños al oráculo de Delfos y la respuesta que al parecer le dio la Pitia es que ofreciera sacrificios a Amón y que venerara a éste sobre todos los dioses, lo que quizá provocara que Alejandro decidiera hacer una breve visita al oasis de Siwa. Asesinado su padre, en el 336 a.C., con apenas veinte años pretendía hacerse con la hegemonía sobre Grecia y conquistar nada menos que el poderoso imperio persa. Antes de emprender esta campaña, el joven Alejandro viajó personalmente a Delfos, pero la Pitia ignoró sus preguntas. O eso cuentan las crónicas de sus gestas.

Los oráculos persiguieron al mandatario macedonio durante toda su vida. En el invierno de 334-333 a.C., mientras realizaba de camino a Egipto conquistando una a una todas las ciudades del Asia Menor, en Gordio tuvo lugar el episodio del nudo gordiano; según una profecía oracular, aquel que fuera capaz de deshacer el enorme nudo que sujetaba el timón del carro de Gordias –padre de Midas– y fundador de la ciudad, conquistaría toda Asia. Un nudo casi imposible de deshacer debido al caos de fibras del mismo, que mantenía juntos el yugo y el timón. Alejandro no se lo pensó dos veces, desenvainó su espada y cortó de un tajo la enorme atadura. La fuerte tormenta de rayos y truenos que azotó la noche siguiente Gordio fue interpretada por éste como la aprobación de Zeus, y a causa de ello se proclamó rey de Asia.

El conquistador a las puertas del «más allá»

Parece ser que fue hacia el 331 a.C. cuando el Magno tomó la decisión de acudir personalmente al santuario oracular de Amón, en el desierto egipcio, al oeste, a las puertas de Libia, empresa harto peligrosa teniendo en cuenta que el rey persa Darío había reorganizado su ejército y pretendía contraatacar tras la derrota de Iso. Pero a Alejandro le apremiaba más saber lo que tenía que decir el oráculo.

Ruinas del oráculo de Amón, en Siwa

El historiador romano Quintio Curcio Rufo, en Historia de Alejandro Magno, señala que el rey macedonia sentía «un abrumador deseo» (pothos) de consultar uno de los más célebres oráculos del mundo antiguo, el radicado en el templo de Zeus-Amón. Y ello implicaba emprender un arriesgado viajes desde Egipto por la costa libia y cruzar más de 250 kilómetros de desierto para llegar al oasis de Siwa. Un lugar de especial significancia para Alejandro, pues dos de sus antepasados, imbuidos de la carga simbólica de la mitología y relacionados no solo con la línea genealógica de los hombres, sino también con la divinidad, Heracles y Perseo, lo habían visitado.

Heracles representaba a una figura que por su propia condición de héroe era medio humano y medio divino, ya que había sido engendrado por Zeus, el único humano al que se había concedido la inmortalidad; y Perseo, que había derrotado a la gorgona Medusa, capaz de transformar en piedra a todo aquel que le mantuviese la mirada, también pertenecía a la liga de los semidioses, y el macedonio era un apasionado de la mitología griega, hasta el punto de que consideraba la Ilíada de Homero una suerte de Biblia (y que guardaría con celo en uno de los tesoros más valiosos arrebatados a Darío: un cofre orlado de piedras preciosas que llevaba junto a él a las campañas militares).

Un día de marzo del 331, Alejandro decidió abandonar el campamento del lago Mariut con su escolta militar y adentrarse en terreno desconocido con camellos que transportaban sus víveres, y tras un dificultoso viaje por las condiciones climáticas (viento, aire frío, una feroz tormenta de arena). En cierto momento, cuando estaban sedientos y temerosos de perecer, un pequeño chaparrón permitió calmar su sed y poco después, según cuenta Everitt, pasaron dos cuervos batiendo rápidamente las alas por delante de la comitiva. Supusieron, acertadamente, que las aves se dirigían al oasis de Siwa y Alejandro tomó el mismo rumbo. Según aseguran varias fuentes, todavía hoy habitantes del palmeral consideran el vuelo de un par de cuervos como señal de buen augurio.  

La Pitia de Delfos

En un altozano se levantaba el templo de Zeus-Amón. Por regla general, las representaciones de Amón lo muestran con los rasgos de un hombres con cuernos de carnero, pero en Siwa, la imagen a la que se rendía culto era una piedra con forma de ombligo, el ónfalo, cuajada de esmeraldas y otras piedras preciosas. Cuando se consultaba el oráculo, ochenta sacerdotes escoltaban el sagrado objeto, previamente colocado en un barco de oro de cuyas borlas pendías copas de plata, dando la sensación de que se movía solo con la cadencia de los religiosos. Asimismo, un coro de mujeres seguía a la embarcación entonando himnos sagrados, mientras uno de los oficiantes interpretaba los desplazamientos que efectuaba la nave en respuesta a las preguntas que se le hacían al oráculo. Debió ser un espectáculo digno de contemplar.

En el interior del santuario

Plutarco

Una vez instalada la comitiva en el oasis, Alejandro ascendió por el sendero que conducía hasta el santuario y cruzó los umbrales de la primera de las dos salas que se abrían en él. Según narra Plutarco en Obras morales y de costumbres, salió a recibir al macedonio un anciano ungido con dotes de videntes y le dijo: «Regocíjate, hijo mío». Cuenta Everitt en su detallada monografía que era habitual que los altos dignatarios llamaran «hijo de Amón» a los sucesivos faraones, y Alejandro ya había sido ungido como tal en Egipto tras su conquista del país del Nilo. La fórmula respondía, por tanto, a la cortesía protocolaria.

Siwa

Acto seguido, el religioso indicó al Magno que «Amón [es decir, Zeus] es por naturaleza el padre de todos los hombres». Aunque probablemente no era más que una aseveración de carácter ceremonioso y habitual, destinada en este caso a agasajar al célebre consultante (sobre cuya existencia y gestas es posible que tuvieran ya noticia en un lugar tan apartado como Siwa), Alejandro entendió que se trataba de un mensaje directo del dios, lo que vino a reafirmarle en sus sospechas y creyó ser realmente el hijo de Zeus. A continuación, el guardián del templo lo condujo hasta el segundo vestíbulo; lo cruzó y lo introdujo en una suerte de pequeño tabernáculo. El tonsurado escuchó las preguntas del soberano y lo más probable –incide Everitt– es que abandonara un momento el oratorio para poder contemplar las evoluciones del navío divino para pasar después a exponer sus interpretaciones sobre ello.

Alejandro quiso saber luego si estaba destinado o no a gobernar el mundo. El clérigo, probablemente un adulador que conocía sus hazañas, quizá con cierto temor a su reacción, le respondió que el dios se mostraba de acuerdo en tales expectativas. Luego, el macedonio preguntó: «¿Han sido castigados ya todos los asesinos de mi padre?». Al escucharlo, el sacerdote se vio en la obligación algo temeraria de corregirlo, pues si Amón era quien lo había engendrado, resultaba evidente que no solo no podía ser acuchillado (como le sucedió a Filipo), sino que, en su divina condición, no conocía la muerte. En cualquier caso, el religioso confirmó que los magnicidas habían pagado por su execrable crimen, sin excepción.

Alejandro consultando el oráculo de Apolo, por Louis-Jean-François Lagrenée (1724-1805)

Everitt sugiere la posibilidad de una gran conspiración –nunca desvelada– según la cual Alejandro pudo estar involucrado en la muerte de su progenitor, e incluso que su propia Madre, Olimpia, que sugirió en más de una ocasión que el Magno pudo ser hijo del adulterio (disfrazado de alumbramiento divino) se hubiese hallado secretamente metida en el regicidio. Quién sabe. Todo cuanto se dijo entre aquellas paredes quedó entre Alejandro y el sacerdote visionario. Magno ofreció valiosas ofrendas a Amón y en otra ocasión volvió solo al templo. Tanto la pregunta como la respuesta que recibió entonces continúan siendo otro de tantos enigmas históricos. Según Plutarco, se llevó el secreto a la tumba, pues moría el año 323 a.C. en Babilonia.

Lo que sí es seguro es que después de su segunda consulta al oráculo de Amón, Alejandro estaba cada vez más seguro de su «ascendencia divina» y llegó a comunicar a un amigo que su deseo era ser enterrado cerca del templo de Amón, en Siwa, aunque parece ser que su deseo no se cumplió; ante el temor de los saqueos en el desierto, Ptolomeo I, general de los ejércitos de Alejandro y posterior mandatario de Egipto, erigió un mausoleo monumental en Alejandría, aunque todavía son muchos los que creen que el cuerpo del gran general permanece escondido en algún lugar desconocido del oasis. Como otros secretos de la historia, permanece sepultado por las arenas del tiempo.

PARA SABER MUCHO MÁS:

Alejandro Magno, de Anthony Everitt (Edhasa, 2021)

Como he señalado en el post, Edhasa acaba de publicar un sensacional ensayo sobre el conquistador macedonio. El académico inglés Anthony Everitt es especialista en literatura y en arte, a lo largo de su dilatada carrera ha ocupado diversos puestos directivos en instituciones como el Arts Council de Gran Bretaña o el Liverpool Institute of Performing Arts (LIPA). Colaborador habitual de medios como The Guardian, ha publicado otras biografías sobre grandes figuras de la antigüedad clásica, como el emperador Augusto o Cicerón, cuya publicación en castellano corrió a cargo también de Edhasa.

En la que probablemente sea la biografía definitiva de Alejandro Magno, Everitt responde a quién fue realmente el macedonio en su tiempo. Han sido muchas las teorías y estudios sobre el personajes, pero en este monumental ensayo biográfico el autor lo juzga conforme a los criterios de su época, considerando todas las posibles contradicciones.

Podemos, ahora sí, conocer al príncipe macedonio: naturalmente curioso y fascinado por la ciencia y la exploración, fue un hombre que disfrutaba de las artes. A medida que conquistaba más y más tierras y veía su imperio crecer, Alejandro mostró respeto por las tradiciones de sus nuevos súbditos y un juicio cuidadoso al gobernar sobre tan vastos territorios. Pero también su vida tuvo un lado oscuro: conquistador empedernido que construyó el imperio más grande de la historia hasta el momento, también glorificó la guerra y fue conocido por cometer actos de notable crueldad. Él confiaba en detenerse sólo al llegar al océano Pacífico, pero todo se acabó antes, con su prematura muerte a los treinta y tres años.

He aquí el enlace para adquirir la biografía definitiva del más grande estratega de la historia:

https://www.edhasa.es/libros/1291/alejandro-magno

LOS DIOSES DE LOS GRIEGOS (ATALANTA)

Para una visión más global sobre la religiosidad griega, Atalanta lanza un portentoso volumen que analiza los aspectos más singulares del panteón de deidades de aquel tiempo: Los dioses de los griegos, del prestigioso erudito húngaro Karl Kerényi (1897-1973), precisamente una obra divulgativa orientada a todo curioso que quisiera conocer el profundo significado psicológico de los mitos más allá de su carácter narrativo. Así, este incombustible filólogo clásico, profesor universitario, mitógrafo e historiador de la religión rompía el corpus tradicional de que una mitología griega no estuviera destinada a especialistas en estudios clásicos, historia de las religiones o etnología.

Manejando infinidad de fuentes clásicas, el autor ofrece una diáfana y a la vez erudita exposición de los mitos griegos más relevantes que en cierta manera han configurado la visión occidental del mundo (a través de la mitología romana, que los absorbió con distintos nombres y habilidades). Kerényi, con una prosa magistral y a la vez sencilla, nos sumerge en la compleja genealogía de las divinidades primordiales como Océano, la Noche y el Caos, y de los titanes.

También de las diosas olímpicas, entre ellas, los diversos aspectos de Afrodita; Zeus y todas sus esposas; Metis y Palas Atenea; Apolo y Ártemis; Hermes, Pan y las Ninfas; Poseidón y sus mujeres; el Sol y la Luna; Prometeo y la raza humana, los dioses ctónicos Hades y Perséfone o el inefable misterio de Dionisos. Un relato vibrante con el que Atalanta cierra de forma magistral un capítulo iniciado hace años con la publicación de otra de las obras de referencia de Kerényi: Los héroes griegos. Ambos volúmenes son necesarios en nuestra biblioteca para entender los mitos del pasado.

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Atlas Histórico del Mundo (Tikal)

Y para tener una visión general y concisa de la Historia con mayúscula, podemos acercarnos a las ilustradas páginas del Atlas histórico del mundo, que ha publicado Tikal (Susaeta Ediciones). Un recorrido vibrante por el pasado a través de 90 fichas temáticas, explicativas y acompañadas de numerosos mapas historiográficos y fabulosas ilustraciones. Un volumen de gran tamaño con cartografía del más alto nivel, textos complementados por síntesis cronológicas y recuadros temáticos. Además, va acompañado de líneas de tiempo y completo índice de lugares y personajes desde la Antigüedad hasta el siglo XX: Julio César, por supuesto Alejandro Magno, los celtas, los vikingos, los visigodos, la Edad Media o las dos guerras mundiales, entre muchos otros pasajes apasionantes del pasado.

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