La Guerra de Portugal (1640-1668)

Nuestros vecinos la bautizaron como Guerra de Restauraçao de Portugal, también conocida como Guerra de Independencia. La Guerra con Portugal, como se conoció entre los españoles, se inició en 1640, duró 27 largos años hasta 1668 y tendría importantes consecuencias tanto a nivel nacional como internacional, siendo uno de los episodios clave del fin del esplendor de los Austrias hispánicos. Ahora, un detallado trabajo de investigación nos desvela los episodios olvidados de aquella contienda y el papel de los ejércitos españoles en la defensa de la llamada Unión Hispánica.

Por Óscar Herradón ©

Sebastián I de Portugal murió en la batalla del Alcazarquivir en 1578, por culpa de una actitud temeraria tras hacer oídos sordos a las advertencias de sus principales consejeros de que debían rendirse. Aquella batalla, conocida también como de Los Tres Reyes, enfrentó a las fuerzas portuguesas y a las de los pretendientes al trono de Marruecos. Imbuido de un ferviente espíritu de Cruzada y un marcado fanatismo religioso que le inculcaron sus educadores jesuitas, Sebastián se lanzó a una muerte segura en el campo de batalla. Su cuerpo fue recuperado después y sepultado primero en Alcazarquivir, y el mes de diciembre de 1578, fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde sus restos permanecieron hasta 1580, momento en que se realizó su entierro definitivo en el Monasterio de los Jerónimos de Belém.

Espinosa

Tras su muerte, se inició un movimiento de fuerte impronta mística, un mito conocido como Sebastianismo, debido a que poca gente había visto el cadáver del joven monarca y mucho menos aún lo habían reconocido (asunto del que me ocuparé en otra detallada entrada en «Dentro del Pandemónium»), en torno a las profecías del poeta António Gonçalves Annes Bandarra, unos versos a los que se atribuyeron carácter mesiánico. Juzgado por la Inquisición como judaizante (aunque parece que no era judío), sus libros fueron incluidos en el Índice de los Libros Prohibidos. Murió en 1556, 22 años antes que el rey luso, pero muchos quisieron ver en sus versos un aviso de lo que sucedería tras la muerte del monarca en el campo de batalla. Y en torno a ese mito surgieron personajes que se hicieron pasar por el rey redivivo, como Gabriel de Espinosa, pastelero de Madrigal, en una historia que ya quisieran hoy los de Sálvame.

Enrique I

Sebastián murió sin herederos, y sin la muerte también sin descendencia de su sucesor, su tío-abuelo Enrique I, en enero de 1580, se instauró un vacío de poder y la consiguiente crisis dinástica, y mientras las Cortes portuguesas decidían qué candidatura a ocupar el trono era la más apta, Felipe II de España se anticipó y reclamó sus derechos a la sucesión del trono luso: de los once matrimonios que tuvieron lugar entre la desaparecida dinastía de Avis, ocho habían sido con los Austrias españoles, por lo que la llamada Unión Ibérica, largamente anhelada, estaba en el horizonte y se convertía en una posibilidad muy real.

La Unión Hispánica

Felipe II

El Rey Prudente contaba con el apoyo de la clase media, la nobleza y el alto clero, pero la oposición vino de las clases populares y el bajo clero: el 20 de junio de 1580, Antonio, Prior de Crato, adelantándose al Austria, se proclamó rey de Portugal en Santárem. Candidato de dudosa legitimidad y un supuesto origen bastardo del rey Manuel I, su reinado (legitimado en varias localidades del país) duró apenas 30 días, pues sus escasas tropas serían vencidas por las comandadas por el duque de Alba en la batalla de Alcántara el 25 de agosto de 1580.

Antonio, prior de Crato

Un año después, Felipe II, en el momento más álgido de su reinado, ese imperio sin corona en el que «no se ponía el sol», fue proclamado rey con el nombre de Filipe I de Portugal por las Cortes de Tomar. La Unión Ibérica se convertía en una realidad y el reino luso pasaba a formar parte de la corona hispánica. Algo que engrandecía el poder de los Austrias españoles pero que no era bien visto por amplios sectores de la sociedad lusa, que se sentían humillados ante tan grande agravio a su independencia y honor.

Olivares

Durante décadas el reino portugués formó parte del reino de España, pero la tensión por diversos motivos políticos y la decisión de poner impuestos a favor de la corona a partir de 1611 (lo que empobreció a la población del país vecino) extendió un movimiento de sublevación que en torno a 1630 experimentó diversas escaramuzas y levantamientos (en su mayoría anecdóticos) que en los primeros años del reinado de Felipe IV, y a causa de la dura reglamentación del Conde-Duque de Olivares (en la presión fiscal debida a la castellanización de los territorios peninsulares), culminaría con el estallido de la sublevación en 1640.

Duque de Braganza

En 1638, ante el agravamiento de la situación, se convocó en Madrid, capital del reino de España, la Junta Grande de Portugal y en marzo de 1639 se suprimió el Consejo de Portugal, que fue sustituido por una Junta situada en Lisboa y otra más sita en Madrid. El descontento se había manifestado en varias revueltas populares en 1634 y 1637 respectivamente, en la región del Alentejo y otras ciudades, sin demasiadas consecuencias, aunque la insurrección estaba a punto de estallar. El personaje principal que encabezaría la oposición a España sería Joao, Duque de Braganza, aunque durante meses se mostró reacio a encabezar la conjura, entregado a su pasión, la música, en el Palacio de Villaviciosa. Finalmente aceptó ser nombrado rey pero no ser el líder de la insurrección. A la espera de que esta triunfase, permaneció en su dorado retiro.

Margarita de Saboya

El despótico gobierno de Miguel de Vasconcelos y Diego Suárez, secretarios de Estado de la virreina Margarita de Saboya, y ciertos agravios y exacciones violentas, fueron la chispa que hizo explotar a los rebeldes. Aprovechando que el grueso de las tropas españolas se hallaba desplegado en Cataluña, donde la situación era aún más delicada, los conjurados proclamaron la independencia de Portugal el 1 de diciembre de 1640. A las 9 de la mañana, los insurrectos ingresaron al Paço da Ribeira, en Lisboa, y asesinaron y arrojaron por la fachada del Palacio Real, que da a la Plaza del Mercado lisboeta, al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, arrestando a su vez a la virreina en su gabinete, siendo encerrada en el Convento de Santos-o-Novo.

Asesinato de Vasconcelos

El Duque de Braganza aceptó la autoridad de la rebelión y se intituló rey de Portugal ese mismo día 1 bajo el nombre de Juan IV, dando inicio a la cuarta dinastía lusa o dinastía de Braganza.

La respuesta de España

Álvaro de Bazán

La confirmación del triunfo del alzamiento llegó a Madrid el 7 de diciembre de 1640, y en la corte se prohibió, bajo pena de vida, que se hablase del asunto. Pero el mecanismo de la guerra se puso en marcha. Rápidas operaciones militares dirigidas por el anciano duque de Alba por tierra y por el Marqués de Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán, por mar, fueron la respuesta de la corona española a tal desafío. Por el norte tuvo especial importancia la compañía que capitaneaba D. Fernando de Castro, Conde de Lemos, constituida en parte por gente reclutada en la antigua provincia de Tuy, y a cuya fuerza expedicionaria no dudaron en sumarse muchos ciudadanos de La Guardia (hoy A Guarda, la hermosa tierra de mi familia materna desde cuya playa de O Molino se vislumbra el norte de Portugal con tal nitidez que parece que uno pudiera, apenas entornando los ojos, agarrarlo con la palma de su mano), y de comarcas adyacentes.

Sancho Dávila

A ellos se unieron también los tercios reunidos en la ciudad de Pontevedra bajo las órdenes de D. Sancho Dávila, Maestre de Campo, apodado «el Rayo de la Guerra» (que en 1580 fue vencido por el prior de Crato en la Batalla de Alcántara pero que el 24 de octubre de ese mismo año conquistó Oporto para la corona), al igual que hicieron otros señores cumpliendo los mandatos de Felipe IV, como D. García Sarmiento de Sotomayor, Señor de Salvatierra, que acudió con sus vasallos a formar parte del ejército invasor. Movimientos de tropas similares tuvieron lugar en las otras fronteras entre España y Portugal, principalmente en territorio extremeño.

Los Habsburgo bautizaron a Juan IV como «El Tirano», mostrándolo en su propaganda como a un traidor. El 28 de enero de 1641 se iniciaron las sesiones de las Cortes que legitimaron la «restauración» de Juan al trono portugués. La falta de combates de importancia daría a los portugueses dos largas décadas para fortalecer su defensa frente a Castilla, reconstruyendo fortalezas, creando un ejército más efectivo y haciéndose con armas para su defensa. El país luso quedó dividido en seis regiones militares y se emprendieron una serie de obras de fortificación tanto de las fronteras como de las ciudades del interior en previsión de posibles ataques españoles.

El rey Juan IV de Portugal
Escudo de armas de Juan IV

En un principio, Juan IV actuó de forma precavida: mantuvo el sistema legal del periodo anterior y a la mayoría de cargos de responsabilidad. A su vez, creó el Consejo de Guerra, el Consejo Ultramarino y emprendió las reformas del Consejo de Estado y del Consejo de Hacienda. Sobrevivió a un intento de regicidio en 1647 y murió el 6 de noviembre de 1656 debido «al mal de la gota y la piedra», cuando ya había fallecido su primogénito, el infante Teodosio, príncipe de Brasil (que murió en 1653, a los 19 años), extendiendo la leyenda de la maldición que pendía sobre los Braganza.

Melo

El periodo de 1640 a 1668 se caracterizó por enfrentamientos periódicos entre ambos reinos, desde pequeñas escaramuzas a graves conflictos armados. El frente se mantuvo prácticamente estático y, por parte española, era fundamentalmente defensivo, pues la prioridad de la Corona era sofocar la Sublevación de Cataluña. Siguiendo el llamamiento de Juan IV, algunos cientos de soldados cambiaron de bando, pero otros no, y de hecho, en el frente catalán combatieron numerosos soldados portugueses a favor de los Austrias y la unidad en su conjunto llegó a estar al mando de un luso, Francisco Manuel de Melo.  En un primer momento, de hecho, el gobierno madrileño permitió que los rebaños portugueses pasaran a Extremadura y que jornaleros lusos participaran en la siega en Castilla en 1641. La corte madrileña pasaría de la guerra defensiva a la ofensiva en 1657.

La debilidad de ambos reinos retrasó los enfrentamientos bélicos que debían decidir la cuestión de la independencia portuguesa, lo que hizo que la guerra durase 27 largos años, siendo la más larga del siglo XVII en la península Ibérica.

Victorias olvidadas y la derrota de un imperio

En una larga guerra de casi 28 años, hubo importantes éxitos de los Tercios españoles que caerían en el olvido por el fracaso final de la Corona hispánica a la hora de retener el trono luso, y precisamente un portentoso ensayo que acaba de publicar la editorial Actas recoge esas victorias y una visión de conjunto detallada y analítica de aquella longeva contienda. El libro en cuestión es La Guerra de Portugal (1640-1668), obra de Enrique F. Sicilia Cardona.

Por sus páginas caminan personajes fascinantes de ambos bandos, convencidos de que estaban llamados a realizar grandes hazañas y de la victoria final, y se desgranan las traiciones y alianzas de ingleses y franceses que se coaligaron para ayudar a los resistentes lusos y derribar así al gigante con pies de barro en que se había convertido la monarquía hispánica, que no obstante atesoraba un poder y dignidad todavía apabullantes. Un escenario que trascendía, por tanto, la política de la Península y se convertía en otra guerra más de escala internacional en aquel siglo de contrastes y una dura pugna por controlar la hegemonía de Occidente que fue el Barroco.

Asedio de Badajoz. 1658

Su autor, profesor de Humanidades, conferenciante y especialista en temas histórico-militares, despliega un exhaustivo conocimiento de la época y las múltiples aristas de aquel conflicto y hace un uso encomiable de una cantidad de fuentes documentales que asusta. Recupera así, en su conjunto, esa caída marcial final y pone los puntos sobre las íes en lo que a la restitución de nuestro pasado se refiere, un pasado de contraluces que no obstante resulta apasionante.

He aquí el enlace para adquirir tan recomendable trabajo:

Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (II)

En un post anterior vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

A pesar del fracaso y el amplio coste en vidas humanas, en la central londinense del SOE no se dieron por vencidos y, ante la insistencia de Churchill, se decidió formar un nuevo comando. El coronel John Skinner «Belge» Wilson, quien al comienzo de la guerra dirigía el centro de entrenamiento del SOE en Norgeby House –y fuera jefe de Policía en Calcula, además de estar al mando de los boy-scouts ingleses–, fue puesto al frente de la sección noruega del organismo y se ocupó de instruir a un grupo de seis jóvenes agentes noruegos en técnicas de sabotaje para llevar a cabo un nuevo intento de destruir la fábrica de agua pesada.

Ronnenberg

Al frente de la nueva operación fue designado el joven de 23 años Joachim Ronneberg (quien moriría en 2018, a los 99 años), también en nómina del SOE, organismo conocido por los alemanes despectivamente, aunque no sin fundamento, como la «Escuela de Bandolerismo Internacional». El propio Ronneberg escogió a otros cinco hombres que, con los cuatro de avanzadilla que ya se encontraban en la zona de Hardangervidda, completarían el equipo, entre ellos Knut Haukelid, un neoyorquino cuyos progenitores eran también noruegos.

Operación Gunnerside

Los seis agentes fueron trasladados a una escuela de adiestramiento especial del SOE que había sido desalojada al completo porque era necesario construir en ella un modelo a escala de cada una de las 18 celdas de alta concentración de agua pesada que se hallaban en la Norsk-Hydro, pues era de suma importancia que los saboteadores pudieran identificar correctamente la maquinaria objeto de su ataque. Una vez terminada, Ronneberg y sus hombres practicaron sin cesar la forma de colocar, incluso en la oscuridad, explosivos simulados, familiarizándose con la planta hidroeléctrica.

Miembros de la Operación Gunnerside del SOE

Mientras tanto, llegaba a Londres con su valiosa información bajo el brazo el citado doctor Brun. El nuevo comando dispondría, pues, de importantes planos de la planta facilitados por éste y Tronstad que sirvieron para reconstruir a escala natural las partes más importantes de la instalación, entre ellas, como apunta Janus Piekalkiewicz en su libro de cabecera Espías, agentes y soldados, «las secciones de concentrado y embotellamientos», por lo que los oficiales aprendieron a situar las cargas explosivas con rapidez y de forma segura, incluso en la oscuridad si fuera necesario. 

Acceder a la fábrica no era lo que se dice sencillo; únicamente existían dos vías de acceso: a través de un puente suspendido sobre un barranco de 50 metros de profundidad, que estaba custodiado por dos centinelas, y a través de una línea férrea. Optaron por la segunda de las opciones, pero para llegar hasta las vías, los agentes del SOE debían descender el barranco hasta el río Maan y después escalar la pared contraria. A pesar de que se habían endurecido las medidas de seguridad tras el fracaso de la Operación Freshman, los alemanes, convencidos de que los aliados no intentarían un sabotaje en invierno, relajaron la protección de la factoría. Una vez que acababa la vía, se llegaba a unos cobertizos, ya en terrenos de la Norsk-Hydro y el acceso a éstos solamente estaba bloqueado por un sencilla puerta de alambre provista de un candado y una cadena. Lo más difícil sería escalar y después hacer rappel, pero, como el grupo Swallow, los seis nuevos agentes eran expertos montañeros.

El equipo de apoyo

Haugland

Mientras tanto, en la cabaña reconvertida en centro de transmisiones, el operador Knut Haugland, que al igual que sus compañeros no había dejado de trabajar en la misión a pesar de la tragedia de los planeadores, recibía noticias de Londres, a la vez que un ingeniero que actuaba como su enlace en la fábrica les facilitaba datos sobre la manipulación del agua pesada y qué tipo de medidas de seguridad habían adoptado los alemanes, además del emplazamiento de las baterías antiaéreas y los campos de minas.

Para no poner sobre alerta a los nazis, que podían tener interceptadas las líneas, hasta el último momento no se informó a los agentes que partían de Londres del lugar exacto del aterrizaje. Se les entregó, junto al equipo, una píldora de cianuro, por si acaso debían tomar la salida rápida. La noche del 16 de febrero de 1943, un bombardero Halifax trasladó a los seis oficiales noruegos, que saltaron en paracaídas sobre la meseta de Hardangervidda. Tras varios días de búsqueda en medio de una condiciones climáticas muy adversas, se unieron al grupo de avanzadilla y todos se ocultaron a unos tres kilómetros de Rjukan, en otra cabaña abandonada, donde perfilaron los últimos detalles de la misión de sabotaje.

Poniendo en práctica lo que tantas veces habían ensayado en la escuela del SOE en Inglaterra, procedieron a llevar a cabo la misión en la fábrica de Norsk-Hydro. Tras retener a un trabajador noruego en la factoría, colocaron las cargas explosivas en las cámaras de electrólisis de agua pesada, abandonando en el lugar, de forma deliberada, un subfusil británico para dejar claro que se había planificado en plan en Londres y que los nazis no tomaran represalias contra la población civil. No querían que sucediera lo mismo que en Praga tras el atentado y posterior muerte del implacable Reinhard Heydrich.

Josef Terboven

Poco después de que los saboteadores huyeran, las cargas comenzaron a detonar. Al día siguiente se produjo en Rjukan una reunión de urgencia entre el comisario del Reich en la zona, Josef Terboven, y el jefe de las SS y de la policía de ocupación en Noruega, Wilhelm Rediess, que ordenaron la detención de medio centenar de personas en calidad de rehenes. Sin embargo, pocas horas después el general de la Wehrmacht, Nikolaus von Falkenhorst, célebre por ejecutar la Operación Weserübung –nombre en clave del asalto alemán sobre Dinamarca y Noruega– ordenó poner en libertad a los prisioneros, alegando que se trataba de una operación de índole militar, ajena a la población civil, aún a sabiendas de que la Resistencia local debía estar de una u otra forma involucrada en el acto de sabotaje. Sin duda, sabía que una represalia sobre los habitantes del lugar tan solo serviría para aumentar la tensión en un país donde los grupos opositores eran muy activos ante la ocupación alemana.

Nikolaus von Falkenhorst

Aún así, Von Falkenhorst decidió peinar la meseta de Handargevidda con unos 3.000 hombres en busca del grupo de comandos británico que creían se encontraba oculto. Quemaron las cabañas y los refugios pero no los encontraron. Seis de los diez hombres del comando que llevó a cabo la Operación Gunnerside ya habían conseguido huir a Inglaterra vía Suecia, tras haber recorrido 300 kilómetros en apenas dos semanas, mientras otros cuatro, comandados por Haukelid, permanecieron en el país para continuar al servicio de la Resistencia.

Última misión en el lago Tinn

La zona de la fábrica donde se producía el agua pesada sufrió grandes daños, pero ello no impidió que apenas seis meses después la planta de Vermok ya estuviera reparada y el agua pesada volviera a producirse. Enterado de ello Churchill, para detener la carrera atómica nazi esta vez hizo oídos sordos a las reticencias de los noruegos y dio luz verde al bombardeo de la planta. Sería la Fuerza Aérea Norteamericana, con sus Fortalezas Volantes B-17, las que lanzarían más de setecientas bombas sobre la planta de Norsk-Hydro el 16 de noviembre de 1943, con la lamentable pérdida de la vida de veinte civiles noruegos.

Haukelid

Debido a los daños causados en la fábrica, los alemanes decidieron trasladar las reservas de agua pesada que aún poseían hasta Alemania: nada menos que 39 barriles que contenían catorce toneladas del preciado líquido. En cuanto tuvo conocimiento de ello, Einar Skinnarland informó a Londres. Fue de nuevo Winston Churchill quien dio la orden a la Ejecutiva de Operaciones Especiales para que se tomaran medidas drástica para acabar con aquel cargamento. Sería Knut Haukelid quien recibiría el encargo de llevar a cabo la nueva misión.

Sabedores de que podían ser objeto de un nuevo sabotaje, los nazis blindaron el tren que debía transportar los barriles hasta Alemania con un centenar de centinelas. Sin embargo, en un punto del trayecto, concretamente donde se situaba el lago Tinn, la vía férrea se cortaba y los barriles debían ser trasladados a bordo de un transbordador ferroviario que realizaba un trayecto de unos treinta kilómetros sobre el agua entre las localidades de Mael y Tinnoset.

El plan era hundir el ferri, concretamente el SF Hydro. Debido a que el lago Tinn, uno de los más grandes de Noruega, alcanzaba una profundidad de hasta cuatrocientos sesenta metros, los alemanes no podrían recuperar los barriles de su fondo. Era, no obstante, una misión muy arriesgada que conllevaba, a su vez, la pérdida de vidas civiles como graves «daños colaterales» de la guerra secreta. No obstante, gracias a varios empleados de la Norsk-Hydro que trabajaban en secreto para la Resistencia, se pudo retrasar la salida del ferri un día, del 19 de febrero, sábado, al 20, domingo, el día de la semana que la cantidad de pasajeros era menor.

SF Hydro

La madrugada del día 20 de febrero de 1944, Haukelid y otros tres saboteadores penetraron en el HMS Hydro y colocaron ocho kilos y medio de explosivo en la sentina del ferri. A las 10.30 horas de la mañana la carga hizo explosión y al cabo de unas horas la embarcación descansaba en el fondo del lago Tinn. Habían muerto catorce civiles, entre tripulantes y pasajeros, pero gran parte del cargamento de agua pesada destinado al esfuerzo nuclear del Tercer Reich quedó inservible.

En 1965, Anthony Mann dirigía la cinta Los héroes de Telemark, protagonizada por Kirk Douglas, una versión con algunas inexactitudes históricas como la mayoría de películas gestadas por Hollywood, aunque de buena factura y muy entretenida. Tuvieron que pasar cinco décadas hasta que se recuperaran los primeros restos de aquel naufragio que puso punto y final a la Operación Gunnerside, que pasaría a la historia como «la Batalla del Agua Pesada».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos. La apasionante historia de los científicos y espías que sabotearon la bomba atómica nazi, publicado recientemente por Crítica. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Mahattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan).

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un grupo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller como La cuchara menguante, El pulgar del violinista, El último aliento de César y Una historia insólita de la neurología, todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Leslie R. Groves

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino para su película Malditos Bastardos, que arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas). Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525

Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

He aquí el enlace para hacerse con este volumen:

https://www.editorialsusaeta.com/es/libros-de-guerra/11847-comandos-y-operaciones-especiales-en-la-ii-guerra-mundial-9788499284859.html

Operación Overlord: los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue el episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance por el Este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 20 de junio de 1944, el conocido como «Día D». Un impresionante contingente de fuerzas británicas y norteamericanas desembarcaron en el continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nacionalsocialista.

Óscar Herradón ©

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar –también numerosos bombardeos indiscriminados sobre población civil alemana por parte aliada– para que la gigantesca esvástica que coronaba el Reichstag fuese dinamitada como símbolo de la victoria contra el totalitarismo, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con Mayúscula del siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más (Churchill creía que se habría alargado al menos dos) o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente el Reich milenario que proclamaban los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo. Primero Europa… luego el resto del mundo, una historia alternativa similar a la que muestra la distópica El hombre en el castillo (The Man in the High Castle), del visionario Philip K. Dick.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica más brillante de la guerra que es celebrada cada cierto tiempo en Moscú, Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir…– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la melancolía de aquellos, tantos, que perdieron su vida. Al menos hasta que llegó el Covid a trastocar nuestras vidas. Pronto, sin duda, volverán esas celebraciones masivas sin peligro de contagio.

Películas como El Día más Largo o Salvar al Soldado Ryan, la joya bélica de Steven Spielberg protagonizada por un contenido Tom Hanks, dan buena cuenta de los sacrificios humanos y materiales que supuso el Día D y los posteriores, y la complejidad y buen hacer de las fuerzas armadas a la hora de derrotar a las defensas alemanes en el Atlántico. Pero ninguna de las numerosas cintas que se dedicaron al despliegue, así como pocos libros, con alguna excepción, que se cuentan por millares en las siete décadas transcurridas desde el Desembarco, suelen ocuparse de los vitales movimientos llevados a cabo por los servicios de Inteligencia para allanar el terreno a aquella invasión magnificada por la heroicidad de los soldados y la determinación de los altos mandos militares.

Garbo

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales (entre ellos el español Juan Pujol «Garbo», pero también Dusko Popov, alias «Triciclo», Roman Czerniawski «Brutus», Lily Sergeyev «Tesoro» y Elvira de la Fuente Chaudoir, alias «Bronx»), el llamado Equipo D, cuyas acciones permanecieron silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque sólo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler.

Superespías para engañar a Hitler

Zigzag

Los «superespías» que dieron forma al mayor engaño de la Segunda Guerra Mundial quizá no atravesaron una playa llena de alambradas y trampas antitanque –estructuras formadas por tres gruesas vigas de metal cruzadas entre sí–, pero también estuvieron expuestos al peligro, mucho tiempo antes de que la primera lancha de desembarco llegara a las costas de Normandía, pudiendo ser descubiertos por los agentes de caso de la Abwehr, el SD o la Gestapo y ejecutados por espionaje, tras ser torturados con los métodos más retorcidos de las policías nazis y de ocupación. Algunos engañaron a los alemanes de manera tan descarada que hoy parece imposible que no fueran descubiertos instantáneamente por aquellos con los que negociaban su ficción y su papel de agentes dobles. Ya lo vimos en el caso del agente Zigzag, quien a punto estuvo también, curiosamente, de ser utilizado por sus controladores de la Abwehr –a los que mantuvo años engañados– para operar en primera línea de batalla en Normandía. Sobre algunos, incluso, planea la sospecha de ser triples o cuádruples agentes, y probablemente el secreto de sus acciones se lo llevaron con ellos a la tumba.

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar alito en el marcosebe tir toda una serie de informes a los altos mandos alemanes para dar forma a una gigantesca campaña de confuún tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar siete décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

Hombres y mujeres que permanecieron en el anonimato muchos años, por voluntad propia y también en virtud del secreto de Estado al que les obligaba el Gobierno de su Majestad –al que se añadía el delicado asunto de la Guerra Fría–, salen hoy de la clandestinidad para erigirse en los héroes silenciados de una guerra que, como ninguna otra, estuvo determinada por algo más que las armas de fuego, los combates submarinos y los movimientos estratégicos en el campo de batalla sin los que, no hay que olvidarlo, tampoco puede ganarse o perderse ninguna guerra. Si es que es lícito hablar en términos de «victoria» o «derrota» cuando se han perdido miles o millones de vidas en el camino. Pero, ¿quiénes fueron aquellos hombres que brindaron información fundamental para que los soldados entrasen en acción en la costa francesa como antes lo habían hecho, en otros episodios dignos de novela como la invasión del Norte de África o la toma de Sicilia, aunque en una magnitud mucho mayor?

Eisenhower planifica la ofensiva en el oeste

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord («Señor Supremo»), nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt –con quien hablaba prácticamente a diario desde su Cuarto del Teléfono Transatlántico– para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista. Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2 a cuyo frente se hallaba el SS Wernher von Braun, más tarde… ¡héroe de la NASA!

Eisenhower da instrucciones en «el Día más largo» (Source: Wikipedia)

Hay que señalar que tras declarar la guerra, Roosevelt encargó al general Dwight Eisenhower diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo. Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad siempre a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Durante unos años los búnkeres londinenses, excavados a una profundidad no muy grande bajo tierra, podían resistir los fuertes impactos de las bombas lanzadas por los aviones alemanes –incluso por los stukas o «bombarderos en picado», que causaron grandes daños en las islas–, pero con la puesta el diseño de sus nuevos cohetes ultrasecretos ni siquiera estas estructuras se encontraban a salvo. El búnker que daría cobijo a Eisenhower mientras se diseñaban planes secretos como la Operación Torch, la invasión del Norte de África, o la Operación Husky, para tomar Sicilia, se encontraba en Londres y tenía varios accesos.

El Centro Eisenhower, en Londres

Para finales de 1940, en Inglaterra se habían construido unos catorce mil refugios antiaéreos formados por casamatas circulares con aberturas donde había instaladas una ametralladoras y troneras para disparar entre cinco o seis fusiles. Un buen número de estas casamatas fueron construidas como accesos a una serie de túneles que, aunque en principio destinados para dar cobijo a civiles, el gobierno decidió que debían servir para usos oficiales: albergar tropas en tránsito o como cuarteles y oficinas para los altos mandos militares. Precisamente Eisenhower tenía sus oficinas en el refugio de los túneles –que interconectaban con el denominado «Tubo», el principal refugio antiaéreo londinense, consistente en la red de túneles del metro–, cuya entrada principal era preservado por la casamata de Goodge Street, interconectada con la red de túneles y el tren metropolitano. En la actualidad, aquella entrada la ocupa una empresa privada que, en honor al general estadounidense, ha sido bautizada como «The Eisenhower Centre».

Este post continuará a la mayor brevedad en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

BEEVOR, Antony: El día D. La batalla de Normandía. Crítica, 2010.

CARDONA, Pere y P. Villatoro, Manuel: Lo que nunca te han contado del Día D. Principal de los Libros 2019.

HERRADÓN, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Luciérnaga,

MACINTYRE, Ben: La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. Crítica, 2013.

BREAKING NEWS!

Hace unos días, la editorial La Esfera de los Libros contraatacaba con una nueva y suculenta novedad nada menos que del prestigioso historiador británico Max Hastings, que ya va por su segunda edición. El libro es Overlord. El día D y la batalla de Normandía y el título hace referencia al nombre en clave de aquella colosal operación de desembarco y conquista, «Señor Supremo», orquestada por los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos para engañar a la Wehrmacht. Esta monografía se suma a una lista de magníficos trabajos sobre el asunto, entre los que destacan principalmente dos, los de Antony Beevor y Ben Macyntire, y podríamos decir que se trata, al menos de momento, del trabajo definitivo sobre el Desembarco, completamente actualizado con datos e informes –algunos recientemente desclasificados– y una contrastación de fuentes ingente e impecable. Un texto monumental que abarca tanto los preparativos como analiza los escenarios (cada una de las playas, los parapetos, los búnkeres, el camino francés hacia el continente…), las operaciones de inteligencia desplegadas por ingleses y estadounidenses para facilitar el Desembarco y engañar a los ejércitos de Hitler con otro punto de invasión (entre otros, Calais), la contraofensiva alemana y el coste indescriptible en vidas, así como la enorme destrucción material.

Una completa edición que incluye un prólogo a la edición española, numerosos mapas que muestras los desembarcos aliados entre el 6 y el 9 de junio, y otros momentos clave como la batalla por Villers-Bocage, la Operación Epsom (la ofensiva británica también conocida como Primera Batalla del Odón), la Operación Goodwood (ya en julio) o la Operación Cobra (nombre en código de la operación aliada lanzada por el Primer Ejército de Estados Unidos siete semanas después del Día D), entre otras. También incluye exhaustivos apéndices con una cronología detallada, el Orden de batalla aliado, las Fuerzas disponibles en el llamado Teatro Europeo de Operaciones (ETO por sus siglas en inglés) para la operación Overlord Día D e incluso las Fuerzas terrestres alemanas encontradas por los Aliados en Normandía. Imposible brindar una mayor fuente documental.

Como la historia es cambiante, y sobre todo en un asunto tan descomunal como la guerra más devastadora de todos los tiempos, no dejan de aparecer nuevos testimonios o de desclasificarse documentos que se creían perdidos, o blindados, o simplemente se desconocía su existencia, lo que nos obliga a cambiar una y otra vez lo comúnmente aceptado sobre un asunto, sobre un hecho (por decisivo que fuera, como es el caso de aquel «Día más largo»). Por ello, en un escenario vivo y cambiante aunque sucediera hace 80 largos años, con el tiempo no será extraño que surjan nuevos trabajos reveladores. Por ahora, éste de Hastings (autor de obras emblemáticas como Armagedón. La derrota de Alemania, 1944-1945, La Guerra de Churchill: la historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial o Némesis. La derrota del Japón, 1944-1945, entre otras), es el más completo y novedoso hasta el momento.

La voz autorizada de John Keegan, de The New York Times Book Review, ha dicho de él: «El relato de Max Hastings sobre la batalla no sería indigno de coincidir con el de los mejores periodistas y escritores que la presenciaron. Un homenaje a sus habilidades como historiador».

He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/overlord/

La Batalla por los puentes

Y para conocer con qué dificultades se encontraron los aliados en su marcha hacia el corazón del Tercer Reich, nada mejor que hacerlo de la mano nuevamente de Beevor (del que hemos citado varias veces su obra capital sobre el Desembarco, el bestseller El Día D: la batalla de Normandía). Crítica recupera uno de los últimos trabajos del que es, junto a Hastings, el más notable de los historiadores militares contemporáneos. En La Batalla por los puentes. Arnhem 1944, con su habitual pulso narrativo y su profusión de detalles y valiosa información (ingente cantidad de datos que en ningún momento ralentiza el vibrante relato, he ahí parte de su maestría como narrador de la Historia), el inglés se centra en un episodio que a punto estuvo con dar al traste los planes aliados.

En septiembre de 1944, menos de tres meses después del Día D, las tropas británicas y estadounidenses comandadas desde Londres avanzaban por Holanda y se disponían a cruzar el Rin para invadir una Alemania atenazada por la cruz gamada (y sacudida, para más inri, por continuos bombardeos del enemigo), y cuando todo parecía estar hecho, tuvo lugar el desastre de Arnhem, la última victoria germana, que iba a alargar la contienda más allá de lo previsto, con el consiguiente número de bajas y pérdidas materiales por ambas partes. Gracias a esa valiosísima documentación citada, que en muchos de los casos era inédita hasta ahora, así como diarios y numerosos testimonios personales en un incansable –y habitual– trabajo de campo de muchas décadas, Beevor desvela la verdad de lo que sucedió cuando el batallón del militar británico John Frost se topó con una resistencia del enemigo que no habían previsto, un desastre que «Monty» quiso convertir en victoria y al que ahora la historiografía bélica pone en su justo lugar. Aquí podéis adquirir esta joya de la Segunda Guerra Mundial que el editor y columnista Jay Elwes ha definido con estas palabras: «Otra obra maestra del más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo». Ahí es nada.

GUERREROS:

Y precisamente del «más célebre de los historiadores militares de nuestro tiempo», una de las editoriales de nuestro país que más devoción y cuidado muestra por la historiografía, Desperta Ferro, publica uno de sus últimos y más singulares trabajos centrados en el ámbito bélico: Guerreros. Retratos desde el campo de batalla. Una narración absorbente y con un original punto de vista sobre esas historias individuales (pero que acaban trascendiendo a nivel colectivo) y que por regla general quedan difuminadas por los grandes hechos, los nombres de oficiales de alta graduación o la épica (que nunca es tal) de las batallas.

Así, Hastings, en una meditada y difícil selección, acertada sin duda (aunque podría haber sido muy diferente teniendo en cuenta el amplio espectro temporal tratado), aborda las hazañas en el campo de batalla –ya sea en tierra, mar y aire– de dieciséis «guerreros» que dan título a la obra, de distinta extracción social y nacionalidad que abarcan los tres últimos siglos. Comienza con las Guerras Napoleónicas, donde aborda la figura del singular general y escritor napoleónico Marcellin de Marbot, y también de sir Harry Smith y su esposa española (y compañera de armas) Juana María de los Dolores; también recoge la guerra anglo-zulú, que retrata a través de la figura del ingeniero reconvertido en soldado John Chard, en la batalla de Rorke’s Drift (historia retratada en la cinta Zulú, de Cy Enfield).

Vann

Y no se olvida de Vietnam, conflicto que recrea a través de los ojos del enérgico Teniente Coronel y asesor militar estadounidense John Paul Vann, un «verso suelto» dentro del ejército con una historia personal digna de una novela. Su decisión de intentar llamar la atención de la opinión pública sobre los problemas de Vietnam a través del New York Times (gracias a su contacto, el combativo periodista e David Halberstam), sacando los trapos sucios del grupo de operaciones especiales Comando de Asistencia Militar en Vietnam (catalogado como de ultra-clasificado), provocaría su expulsión como asesor en 1963 y su abandono del ejército pocos meses después, convirtiéndose en una suerte de «traidor» cuando en realidad fue todo lo contrario.

Wake

Y junto a otras contiendas (como las operaciones en los Altos del Golán), Hastings viaja al escenario que nos interesa más en este post: el de la Segunda Guerra Mundial. Los personajes de esta contienda, para mi satisfacción, son los que engloban la mayor parte del volumen. Hastings comienza con la epopeya de John Masters, oficial británico del Ejército Indio (y célebre novelista), que penetró en las líneas enemigas en Burma, luchando junto a los gurkhas en la campaña de Birmania. El historiador británico cuenta después la historia del jefe de escuadrón Guy Gibson, piloto de la RAF que protagonizó un increíble raid sobre las presas del Ruhr (en el marco de la Operación Chastise), y que inspiraría la película de 1955 Los destructores de diques. También otros personajes fascinantes como Audie Murphy, James Gavin o la australiana integrada en las filas del Grupo de Operaciones Especiales (SOE) de Churchill, Nancy Wake, alias «Ratón Blanco», que ayudó a la Resistencia francesa durante la ocupación nazi, llegando a ser la mujer del bando aliado con más condecoraciones por sus acciones en la guerra.

Guerreros es un estudio sobre el coraje pero también sobre la hipocresía del concepto de «héroe» estipulada por gobiernos y administraciones (siempre de los países vencedores), que endiosan a unos personajes, condecorándolos con todos los honores, mientras sepultan en el olvido (a veces deliberadamente) a otros «guerreros» cuyas acciones fueron tanto o más decisivas que los primeros.

Podéis adquirir esta maravilla de la historiografía contemporánea, pinchar en el siguiente enlace: