La Clave de Mozart (RBA Libros)

RBA publica La Clave de Mozart, la última novela del periodista de investigación y escritor Fernando Méndez, una trepidante historia que entrelaza hechos reales con una pregunta universal y profundamente humana: ¿hasta dónde serías capaz de llegar para vencer el miedo a morir?

Óscar Herradón ©

La historia se narra en dos épocas diferentes: el siglo XVIII y la actualidad (junto con secuencias retrospectivas del momento actual). Se citan acontecimientos importantes ocurridos en los últimos 250 años, que contextualizan el relato. Los hechos y personajes históricos son reales, ahora volveremos sobre ellos, lo que dota a la narración de gran verosimilitud.

Una partitura, una fórmula, un poder mortal

Fernando Méndez (RBA).

Viena, a principios de diciembre. Peter Dauson, periodista de la Ópera de Viena, recibe una confidencia inesperada que lo arrastra a una carrera contrarreloj: encontrar en 72 horas la partitura original del Lacrimosa de Mozart. Perdida hace décadas, es uno de los objetos más codiciados por las élites políticas, sociedades secretas y mafias internacionales. Y no es para menos: en sus compases se esconde una antigua fórmula sumeria capaz de predecir la fecha exacta de cualquier muerte, un poder tan absoluto y perturbador que alimenta conspiraciones desde el siglo  XVIII.

Mozart.

Entre Viena, Salzburgo, Bruselas y Milán, Peter y la arqueóloga Silvia Weist se verán arrastrados a una espiral de asesinatos rituales, traiciones y una red masónica que conecta el pasado con el presente. En su avance –siempre un paso por detrás de quienes quieren silenciar la verdad, un poco como lo que sucede en la política, nacional e internacional, hoy y siempre–, descubren que hay una partitura que mata, o por la cual la gente mata, y que seguir su rastro significa enfrentarse a quienes han protegido su secreto durante siglos.

El pasado siempre puede reinventarse

Este absorbente thriller tira de hechos reales, algunos de ellos históricamente capitales, otros perturbadores o inquietantes:

La Scala de Milán. En 1778, bajo dominio austríaco y en pleno ambiente ilustrado, Milán era una ciudad en expansión y modernización. La construcción de La Scala, sobre el solar de una antigua iglesia, dio a la ciudad italiana un teatro monumental que se convertiría en símbolo de prestigio social y cultural. Su inauguración colocó a Milán como capital europea de la ópera y reflejó el poder de su élite y su vocación de modernidad. Todavía hoy, un cuarto de milenio después, es uno de los teatros más importantes del globo.

La agitada vida social de Wolfgang Amadeus Mozart. En la Viena de Mozart la vida social giraba en torno a la corte de los Habsburgo, los salones aristocráticos y los teatros de la ópera, donde música y sociabilidad se entrelazaban (aprovecho para recomendar imperiosamente revisitar la película Amadeus, de Milos Forman, o verla por primera vez al incauto que aún no lo haya hecho), donde se refleja a la perfección dicho ambiente, salpicado de las complejidades políticas de una época en pleno y vertiginoso cambio en todos los sentidos. Era una ciudad cosmopolita, refinada y animada, con cafés, bailes y conciertos públicos. Mozart, aunque integrado en ese ambiente, vivió una tensión constante: buscaba independencia como compositor y concertista, pero dependía, como la mayoría de artistas, de mecenas y encargos; tuvo prestigio, aunque también inestabilidad económica y social.

Farinelli (1734).

Los castrati y la ópera. En tiempos de Mozart los castrati aún brillaban en la ópera, aunque esta figura (muy célebre fue Farinelli, que cantaba y componía para el Borbón Felipe V, acechado por la enfermedad mental que entonces denominaban los galenos «melancolía») empezó a generar debates morales. Durante el siglo XIX desaparecieron de los escenarios, mientras la ópera evolucionaba hacia el bel canto y el drama romántico con voces más naturales. Desde entonces, su legado permanece como un capítulo singular de la historia musical, recreado hoy mediante contratenores o adaptaciones, recordado como símbolo de la ópera barroca y clásica.

La masonería. A finales del siglo XVIII la masonería en Viena era un espacio ilustrado de debate filosófico y científico. Las logias influyeron en movimientos liberales y revolucionarios. En el siglo XIX fueron perseguidas por regímenes autoritarios y en el siglo XX sufrieron una fuerte dictadura, pero tras la Segunda Guerra Mundial recuperaron fuerza como organizaciones humanistas y filantrópicas. Hoy tienen un papel más discreto, centrado en valores de fraternidad, tolerancia y servicio social.

Y hay más episodios reales (el misterioso asesinato de Kennedy en Dallas en 1963, las mafias del arte, la importancia del periodismo y la protección de la arqueología en conflictos bélicos, etc.) que, bien ficcionados para ajustarse a la trepidante trama, salpican las páginas de esta amena novela. Con ecos a Dan Brown combinados con la más rabiosa actualidad geopolítica, y guiños al conspiracionismo de nuevo cuño, La Clave de Mozart es una lectura muy recomendable para aquel que quiera desconectar de este mundo de locos salpicado de guerras, juicios delirantes, posibles nuevas pandemias, trolls e IAs y efectos climáticos extremos. Sí, hace falta desconectar.

El autor, Fernando Méndez, columnista del diario ABC y quien ha trabajado en otros rotativos como El Faro de Vigo o La Región, tiene publicada en RBA otra novela también vibrante, de superación y espías basada en unos hechos largamente silenciados: La vida mientras luchamos, cuya trama está inspirada en un episodio real silenciado por el franquismo, el conocido como Caso del Metílico –el mayor envenenamiento ocurrido en el mundo, que tuvo lugar en 1963 por consumo de bebidas alcohólicas elaboradas a partir de alcohol metílico, que acabó con la vida de 51 personas y dejó a nueve ciegas, principalmente en Galicia y las islas Canarias– que sirve como gancho y telón de fondo para un thriller que tampoco da un respiro. 

Marcel Cerdan. El corazón y los guantes

Norma Editorial lanza la edición íntegra de un potente título de bande dessinée europea. Bertrand Galic al guion y Jandro al dibujo nos brindan Marcel Cerdan, El corazón y los guantes, la novela gráfica que un personaje de la altura del boxeador francés merecía.

Óscar Herradón ©

La novela gráfica reconstruye la agitada y apasionante historia del boxeador más famoso de Francia. Campeón de los pesos medios, conquistó el título el 21 de septiembre de 1948 derrumbando al púgil estadounidense Tony Zale en un momento en el que Francia se recomponía de la ocupación nazi y de la sangrienta Segunda Guerra Mundial.

Pero más allá de su dimensión deportiva, colosal, lo cierto es que Marcel Cerdán también desempeñó un importante papel en esa guerra que precedió a su título mundial. Y lo hizo, como mejor sabía, subido a un ring: durante los años de ocupación alemana, en cada combate hizo besar la lona a muchos de los púgiles que simpatizaban con el fascismo, lo que otorgaba a sus compatriotas un halo de fe y esperanza. Además, el púgil reservaba de cada combate una parte del dinero para alimentar la caja clandestina de la Resistencia francesa, lo que le ponía en grave riesgo.

De la humildad a la gloria

A lo largo de sus vibrantes páginas, Galic (de quien Norma Editorial también ha publicado Los Viajes de Gulliver – De Laputa a Japón y La niña y el cartero) recompone una sobria biografía de este héroe bélico y deportivo, figura capital en el país vecino, desde su infancia humilde en el protectorado marroquí –nació el 22 de julio de 1916 en Sidi-Bel-Abbés, Argelia, y fue criado en Marruecos– hasta su temprana muerte en la cumbre de su éxito; sin olvidarse tampoco del romance con Édith Piaf. Marcel Cerdan falleció trágicamente en un accidente de avión en octubre de 1949, apenas un año después de convertirse en campeón del mundo.

Como recuerda Bertrand Galic en su ordenada narración, que acompaña a Marcel en viñetas pulcramente iluminadas por el detallado trabajo de Jandro, desde que era apenas un niño, este odiaba el boxeo y prefería jugar al fútbol, deporte donde también destacaba. Pero obligado por su padre, entre y arropado por el amor incondicional de su madre, ambos emigrantes pieds noirs venidos de Alicante (Aspe), acabó debutando como boxeador profesional en 1934, cuando apenas tenía 18 años.

A partir de ese momento, Marcel participó en 110 combates oficiales, de los cuales ganó nada menos que 106 (65 de ellos por K.O.) frente a solo cuatro derrotas: dos por descalificación (impugnadas), una por puntos (contra el belga Cyrille Delannoit) y solo una por abandono, en su crucial combate contra el controvertido púgil estadounidense Jake LaMotta (el mismo al que da vida Robert DeNiro en la inmortal película de Martin Scorsese en Toro Salvaje –Raging Bull–, de 1980), el mismo año de la fatídica muerte del francés. Un evento que reunió a más de 20.000 espectadores y que es revivido de forma magistral en la novela gráfica.

Y es que el aspecto gráfico de Jandro González –conocido en el circuito español por La vampira de Barcelona y El misterio del paso Diátlov, ambos editados por Norma Editorial–, es quizá el aspecto más logrado del álbum: los combates se sienten físicos y directos, como si fueran reales, dando la sensación al lector de que se halla décadas atrás en un ring, gracias al uso del encuadre que nos acerca al impacto de cada golpe–. Con tal palmarés, es fácil imaginar que a Cerdan le apodasen con el nombre con el que era conocido y temido en los circuitos pugilísticos profesionales: «El bombardero marroquí». Esta es su historia hecha de maravillosos trazos.

El águila y la sotana (Ático de los Libros)

Ático de los Libros publica la que probablemente sea la investigación más exhaustiva sobre la relación del régimen franquista con la Iglesia católica. En El águila y la sotana el historiador Julián Chavez Palacios aborda de forma rigurosa la estrecha relación de la Iglesia con los sublevados durante la guerra civil y la primera etapa de la dictadura, de 1936 a 1945.

Óscar Herradón ©

El sugerente título alude al símbolo imperial de la dictadura –el águila, tan presente también en otros totalitarismos como el nazismo y el fascismo italiano, que el franquismo imitó, y que tenían como inspiración los estandartes de las legiones del Imperio romano–, y la sotana, la vestimenta típica del sacerdote, el obispo y el cardenal. Cuando Franco, una vez muertos los generales Mola y Sanjurjo, presentó la Guerra Civil española como una cruzada por la fe y la patria (es más, la guerra, en los libros del régimen, se conocería como la «Cruzada Española de Liberación») la Iglesia abrazó su discursos casi sin reservas.

No debemos olvidar que, no obstante, durante el periodo republicano y el estallido del conflicto la quema de iglesias y la persecución a religiosos (en la guerra, fusilados en masa) tuvo quizá mucho que ver, y ese miedo de toda Europa al avance del comunismo soviético, y el anarquismo, caracterizados ambos –aún siendo entre sí incompatibles– por el ateísmo feroz. Sí, hubo quema de iglesias y destrucción de patrimonio religioso (decapitaciones de estatuas de santos y vírgenes, profanación de cementerios en monasterios y conventos…), pero eso no puede justificar la acción de la institución eclesiástica al lado de los reaccionarios ni su complicidad con la represión posterior ni casa con la moral cristiana de poner la otra mejilla y de la máxima «Ama a tu prójimo como a ti mismo», que podría sustituirse por «Ama a tu prójimo como a ti mismo, salvo si es rojo…».

La legitimación del discurso reaccionario

Pío XII

Sin embargo, ya en 1939 el papa Pío XII (sobre el que planea la larga sombra de un comportamiento pasivo, cuando no cómplice, con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, muy discutido) celebró la victoria de la España católica sellando una alianza que consolidaría el poder del régimen.

Franco con el arzobispo Manuel de Castro Alonso en Burgos (1938).

Esa estrecha alianza entre la Iglesia católica y los sublevados que se reflejará en una colaboración recíproca para lograr sus respectivos intereses y que dio lugar a la ideología particular del régimen, el citado nacionalcatolicismo, tuvo subsecuentes cambios en la zona sublevada, como la obligatoriedad de la religión en la enseñanza primaria y secundaria, así como la imposición del crucifijo en institutos y universidades. También fue obligatorio en las escuelas, desde finales de la guerra, el Catecismo Patriótico Español del obispo Menéndez-Reigada, sin imprimátur (declaración oficial por la jerarquía católica de que una obra está libre de error en materia de doctrina y moral católica, autorizando por tanto su lectura por los fieles), y con proclamas antidemocráticas y antisemitas; y según confesaría el socialista Juan Simeón Vidarte, diputado y vicesecretario general del PSOE entre 1932 y 1939, incluso se llegó a modificar el catecismo del padre Ripalda, agregando al quinto mandamiento («No matarás») lo siguiente: «…a no ser que sean rojos, o enemigos del glorioso movimiento». Escalofriante.

La gigantesca cruz de piedra del Valle de los Caídos (hoy Cuelgamuros).

Por tanto, la Iglesia católica española legitimó el discurso de los sublevados con la idea de cruzada, sirviendo los propios obispos y sacerdotes (muchos de ellos, insisto, asesinados a sangre fría por el bando republicano) como capellanes a los combatientes franquistas: les administraban los sacramentos y bendecían sus armas y las banderas de los regimientos antes de entrar en batalla o marchar al frente. La Iglesia (o al menos la mayor parte de ella, pues también hubo curas disidentes que no estaban de acuerdo con aquella política de venganza) se sintió enormemente aliviada por el triunfo de las tropas de Franco, recibiendo, además, una compensación económica que supuso el restablecimiento del presupuesto del clero en octubre de 1939 y que contribuyó a una estrecha y longeva relación durante los 40 años que duraría la dictadura.

De la cruzada al nacionalcatolicismo

Este riguroso ensayo, basado en numerosas y exhaustivas fuentes, pero ameno como si se tratase casi de una novela, es obra de Julián Chaves Palacios (autor ya conocido por su exitosa obra Historia del maquis, publicada también por Ático de los Libros), catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura. Su gran mérito, además del enorme trabajo de investigación que hay detrás, es brindarnos la que probablemente sea la radiografía más completa hasta la fecha sobre este delicado asunto de nuestro pasado reciente –y por ende, el de toda Europa, si tenemos en cuenta que la Guerra Civil fue el preámbulo de la contienda más salvaje que conocería el hombre y que estallaría el mismo año de la victoria franquista, aunque con actores diferentes, pues esa alianza Iglesia/Estado no se daría, por ejemplo, en el nazismo, salvo en la connivencia de algunas instituciones luteranas–.

El águila y la esvástica recorre los años decisivos que van del estallido de la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936, fecha de infausto recuerdo, a 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la caída del Eje. Chaves, que no se limita al relato de ecos políticos (analiza cómo la jerarquía eclesiástica influyó de manera decisiva en la educación, la censura, la moral pública y los mecanismos de control social que serían el origen de lo que se dio en llamar nacionalcatolicismo). Qué mayor demostración de ese estrecho vínculo ente Iglesia (sotana) y Estado (águila) que renombrar así el Movimiento. El autor muestra con pelos y señales cómo esa alianza capital entre eclesiásticos de alto rango (y también bajo) y régimen moldeó la ideología franquista y condicionó la vida cotidiana de millones de españoles.