Fugitivos nazis: Otto Skorzeny (I)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. Tras el colapso del Tercer Reich, el laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Al servicio de distintas potencias e intereses, es uno de los personajes que salpican el libro Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría, que acaba de publicar la editorial Debate.

Óscar Herradón ©

Franco y Serrano Suñer con Himmler en España en 1940.

Cuando el régimen de Hitler estaba siendo cercado por todos sus frentes, fueron muchos los nazis que intentaron escapar a otros países, como el Portugal de Salazar, la Argentina de Perón… y, por supuesto, la España de Franco, cuya diplomacia supo jugar muy bien sus cartas alejándose –al menos en apariencia– de la orbe nacionalsocialista, manteniendo una falsa «neutralidad». El ensayo, firmado por Danny Orbach, profesor titular en la Universidad Hebrea de Jerusalén, cuenta la historia de cómo, tras el colapso del Tercer Reich, algunos de los oficiales más importantes del organigrama nazi que permanecieron con vida y lograron huir de la justicia vendieron sus servicios a las grandes potencias.

Grandes con uniforme de la Wehrmacht.

Muchos de los principales allegados al que se hizo llamar Generalísimo eran filonazis, como Serraño Suñer, y el mismísimo Heinrich Himmler, jefe de las SS y la Gestapo, realizó un viaje a nuestro país en 1940 rodeado de sombras. Incluso en los años finales de la guerra europea, cuando la Alemania nazi comenzaba a perder el conflicto en todos los frentes, ahogada por el invierno ruso, Franco envió a su División Azul, comandada por el general Agustín Muñoz Grandes, y en el que no todos fueron fervientes voluntarios de la causa fascista. Pues bien, como el régimen español comulgaba en muchos aspectos con el nacionalsocialista –salvo, principalmente, en el delicado tema de la religión, no olvidemos que España era «nacionalcatolicista»–, y por supuesto con la Italia fascista, no es de extrañar que nuestro país se convirtiera en uno de los lugares predilectos para los prófugos que escapaban de la justicia aliada.

Mengele.

De proteger y trazar una ruta de huida a criminales de guerra, la mayoría pertenecientes a las SS, se encargaría una red secreta que extraoficialmente (no hay documentos desclasificados que se refiera a ella como tal, pero sí suficientes evidencias de su existencia) recibió el nombre en clave de ODESSA, y que permitió a peligrosos personajes del régimen de la cruz gamada como el médico de las SS Josef Mengele, conocido como «el Ángel de la Muerte» o Adolf Eichmann, escapar hacia Sudamérica, algunos de ellos vía España, otros a través de la llamada Ruta de las Ratas, a través del cobijo de varios monasterios que les condujeron hasta el mismísimo corazón del Vaticano.

También esta organización sería la responsable de proteger a uno de los más temibles criminales nazis, Otto Skorzeny, quien llegaría a jactarse de ser uno de los principales impulsores de la red secreta encargada de dar cobijo a los antiguos miembros de la sanguinaria Orden Negra.

Soldado de Fortuna          

Veterano de guerra alemán mendigando en Berlín en 1923.

El que acabaría siendo considerado por los americanos como «el hombre más peligroso de Europa», nació el 12 de junio de 1908 en el seno de una familia de clase media de Viena, aunque tenía antepasados alemanes. Según su partida de nacimiento, su nombre completo era Otto Johann Bapt Anton Skorzeny, aunque adoptaría distintas identidades tras la caída del nazismo. Al igual que la mayoría de sus compatriotas, en su juventud sufrió los rigores del periodo de Entreguerras y la fuerte crisis que provocó en Austria y Alemania la derrota en la Gran Guerra, caldo de cultivo de los extremismos que desembocarían en el ascenso al triunfo del Partido Nazi.

Otto Skorzeny.

Cuando el dinero austríaco apenas valía el coste del papel en el que estaba impreso, Otto y sus hermanos pudieron sobrevivir gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Su padre grabó a fuego en la mente del joven la necesidad de la autodisciplina y le recomendó una vida austera. A los 18 años, Otto se matriculó en la Universidad de Viena para estudiar ingeniería. Allí se inscribiría en una de las muchas Studentenverbindung, unas sociedades estudiantiles donde se practicaba el Mensur –un combate de esgrima con reglas específicas–, que constituía un paso fundamental (e iniciático) de la adolescencia a la madurez, capital para muchos otros nazis de alto rango como Reinhard Heydrich.

Emblema de la Leibstandarte-SS Adolf Hitler.

Según cuenta el historiador y militar británico Charles Whiting, Skorzeny tuvo el primer duelo el mismo año en que se matriculó en la facultad. Para él fue un tema angustioso y que puso a prueba sus nervios, pero se convirtió también en una de sus pasiones. Al primer lance seguirían trece duelos más durante los cuales finalmente recibió las llamadas Schmisser, las cicatrices de honor que marcarían su fisonomía de por vida. Con los años, el esbelto austríaco –medía más de un metro noventa– sería conocido como «cara cortada» (scarface en su forma inglesa) por la enorme cicatriz que recorría parte de su rostro hasta la barbilla. Una vez graduado, consiguió reunir el dinero necesario para iniciar un negocio propio en Viena. Entonces toda Europa estaba expectante ante los movimientos cada vez más temerarios de Hitler y su Partido Nazi. Tras el Anchluss, la anexión de Austria, ante la mirada pasiva de los líderes internacionales en el marco de la llamada (y desastrosa) «política de apaciguamiento», Skorzeny no esperó a ser llamado a filas y se presentó en la primera división de las SS, la Leibstandarte-SS Adolf Hitler.

La configuración de un espía

Skorzeny en 1943.

Más tarde, iniciada ya la Segunda Guerra Mundial, pasó a la división Das Reich de las Waffen-SS. Ya entonces destacó por no cumplir estrictamente las órdenes de sus superiores. Sin embargo, la guerra seguía su curso y los acontecimientos se desarrollaban frenéticamente: Skorzeny fue destinado a los Balcanes, participó en la marcha sobre Rumanía y Hungría y después en la Operación Barbarroja, el plan del Führer para invadir la Unión Soviética, entonces su aliada tras el pacto Ribbentropp-Molotov para repartirse Polonia.

Con Mussolini, tras su liberación del Gran Sasso.

Sería en la gigantesca y helada tierra de Stalin donde recibió la Cruz de Hierro y, tras caer enfermo, enviado de vuelta a Viena. Era diciembre de 1941. Una vez en el Gran Reich, fue ascendido a capitán de Reserva. Su destino: trabajar como una suerte de espía para los Servicios Secretos de Inteligencia de la Oficina Central de Seguridad del Reich (R.S.H.A., por sus siglas en alemán). Aquel trabajo le serviría para desenvolverse muy bien en el campo de la diplomacia durante sus largos años de exilio. Después, fue destinado como Jefe de Comandos con la misión de entrenar tropas especiales cuyo cometido sería la guerra de guerrillas y el sabotaje en el frente, además del secuestro y la tortura. El 25 de julio de 1943, con la guerra ya en contra, gracias a su historial militar Hitler le mandó llamar a la Guarida del Lobo y lo puso a cargo de la operación de rescate de Benito Mussolini, que acababa de ser arrestado en Italia y del que se desconocía el paradero. Los servicios secretos alemanes dieron con su pista en el Hotel Campo Imperatore, en el macizo de los Apeninos conocido como Gran Sasso, una zona de difícil acceso.

DSF 230

Aquella misión fue bautizada como «Operación Roble» y se programó para el 12 de septiembre de 1943. Al mando de un escuadrón de las Waffen-SS se hallaba el capitán Otto Skorzeny. Doce planeadores DFS 230 sobrevolaron la zona montañosa donde estaba recluido el Duce y un grupo de expertos paracaidistas descendió sobre el complejo hotelero. Los italianos que custodiaban al líder fascista fueron cogidos por sorpresa y parece que no ofrecieron resistencia alguna

Stauffenberg en la Guarida del Lobo el 15 de julio de 1944.

Durante el tiempo que restaba de la contienda, a Skorzeny se le encargaron importantes misiones, como capturar al jefe de los partisanos yugoslavos, el mariscal Tito –misión que fracasó– o doblegar al regente de Hungría, el almirante Miklós Horthy. Después, cuando tuvo lugar el más célebre atentado contra el Führer, la «Operación Valkiria» comandada por el laureado militar Claus von Stauffenberg, Skorzeny ayudó en Berlín a poner fin a la rebelión, estando 36 horas a cargo del centro de mando de la Wehrmacht –llegaría a afirmar, en otra de sus habituales fanfarronadas, que por media hora no fue él mismo quien ejecutó a Stauffenberg– antes de ser relevado de sus funciones.

Este post, con las andanzas del bravucón conspirador que se codeó con lo más granado del espionaje internacional y la flor y nata del régimen franquista, tendrá en breve su continuación en «Dentro del Pandemónium».

¿Qué encontraremos en las páginas de Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría?

Cuando Alemania se rindió, miles de antiguos oficiales del régimen se esfumaron en la confusión de la posguerra. Algunos fueron juzgados y otros escaparon, pero muchos fueron reclutados. Reinhard Gehlen, general de inteligencia nazi, creó la organización de espionaje de Alemania Occidental con la ayuda de exagentes de las SS, mientras los servicios estadounidenses y soviéticos competían por hacerse con los servicios de los mismos hombres.

Desde restaurantes de lujo en Múnich hasta puertos yugoslavos infestados de contrabandistas, pasando por casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, estos fugitivos tejieron una red secreta de tráfico de armas, espionaje y poder que sirvió indistintamente a Washington, Moscú o Tel Aviv. Basado en archivos inéditos del Mossad, la CIA y el espionaje alemán, Fugitivos revela una historia envuelta en secretos, mitos y propaganda: la de los nazis que sobrevivieron a Hitler para convertirse en piezas clave de la Guerra Fría. Con un vigoroso pulso narrativo y gran rigor, Danny Orbach reconstruye el lado más oscuro de esa época, cuando la lealtad era un lujo y la supervivencia una forma de traición.

Aquí se pudren los reyes de España (I)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio del Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón

No está clara la fecha precisa en que se habilitó el llamado pudridero, pero no fue durante el reinado de Felipe II, el Rey Prudente, artífice del monasterio escurialense, cuyos arquitectos no contaron con un habitáculo apropiado para tal fin cuando erigieron el edificio, a la vez palacio y a la vez centro religioso. Sería con Felipe IV y la creación del Panteón Real, que se inauguró en 1654, cuando este lugar que aún hoy permanece en funcionamiento tomó forma.

La Cripta Real del monasterio, conocida como Panteón de los Reyes, sería construida por Juan Gómez de Mora, artífice también de la Plaza Mayor de Madrid, siguiendo los planos de Juan Bautista Crescenzi. Pero en tiempos de Felipe II, el espacio, mucho más reducido, fue ideado por el arquitecto Juan de Herrera siguiendo las indicaciones del soberano que, a su vez, quería cumplir la última voluntad de su padre Carlos V. El arquitecto y divulgador Juan Rafael de la Cuadra Blanco afirma en un artículo publicado en ABC en 1998 que «Carlos V dejó claro en su testamento que quería estar medio cuerpo debajo del altar y medio debajo de los pies del sacerdote».

El principal cronista de la época de Felipe II, el padre fray José de Sigüenza, ya dejó escrito que el monarca «quiso hacer un cementerio de los antiguos donde estuviesen los cuerpos reales sepultados y donde se les hiciesen los oficios y misas y vigilias, como en la primitiva Iglesia se solía hacer con los mártires». El lugar original donde Felipe II quiso enterrar a sus progenitores, a sus tías, a tres de sus mujeres y a su hijo Don Carlos –trágicamente fallecido a los 23 años tras una conducta muy inestable–, fue en una pequeña bóveda bajo el altar y bajo las estatuas orantes del presbiterio, y ligeramente encima del actual Panteón de los Reyes. Así descansaron sus restos hasta 1654, año del traslado y creación del nuevo espacio fúnebre, tal y como se encuentra en la actualidad. Aunque en las memorias de aquellos tiempos no se menciona el pudridero ni el origen de su construcción.

Acceso a la cripta.

En las mismas escaleras que bajan al Panteón Real, un espacio dotado de un ambiente y luminosidad que invitan al recogimiento y al misterio, en el segundo descanso, a mano derecha, se halla un pasadizo cerrado por una puerta de madera que da a un espacio cerrado, incluso hoy, para el común de los mortales; más aun para el visitante; y eso que el monasterio recibe una media de 700 mil visitantes cada año. Se conoce desde hace siglos como el Pudridero Real: las paredes son de piedra, el suelo de granito y el techo abovedado, 16 metros cuadrados por donde han pasado los restos mortales de la mayoría de los soberanos después de Felipe IV y donde todavía se encuentran los restos de los dos últimos Borbones fallecidos.

Leyendas macabras

Aquel espacio dio lugar a numerosas leyendas y rumores durante siglos que intentó desmontar fray José Quevedo, bibliotecario del edificio, en su Historia y descripción de El Escorial, en 1849, siendo el primero en hablar del pudridero propiamente dicho: «Las puertas que están en el segundo descanso de la escalera conducen a los pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Luego que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del Real cadáver que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón del cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados».

En este punto, cabe reseñar que solo los 51 miembros de la comunidad de los agustinos que custodian el monasterio desde 1885 tienen acceso a este habitáculo que parece salido de un cuento de Poe, en una ceremonia que se repite desde hace siglos y de la que estaban encargados antiguamente los monjes jerónimos, un ceremonial que comienza así: «Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades del cuerpo de (…) que conforme al estilo y la orden de su majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia».

Momia de Carlos V.
Vista del Panteón, 1830.

Una vez cerrado de nuevo el féretro y levantada un acta de entrega, los monjes agustinos correspondientes se hacían cargo de la llave del ataúd y el cuerpo pasaba al pudridero. Quevedo continúa afirmando que «estos –los criados– sacan de la de tisú o terciopelo que la cubre, la caja de plomo sellada que contiene el cadáver y la conducen junto al pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, y en el momento los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron».

Los cuerpos regios permanecen en el interior del pudridero unos 30 o 40 años, hasta que ya se ha eliminado la corrupción y la humedad de los mismos y ya no desprenden mal olor, siendo trasladados al respectivo panteón. El objetivo del habitáculo es reducir los cuerpos de los cofres de plomo que el visitante puede observar en la cripta, de apenas un metro de largo por 40 centímetros de ancho que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón Real, cada uno grabado con el nombre en latín de la persona regia.

El cronista sigue así el relato del proceso: «Las cajas exteriores de las personas Reales que han de pasar al de Infantes permanecen en la sacristía de dicho panteón, hasta que vuelve a colocarse en ellas la de plomo con el cadáver según vinieron. Las de los Reyes se deshacen y aprovechan para ornamentos, porque ya no han de tener uso, pues sus restos se colocan en las urnas de mármol».

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

Este post tendrá una inminente continuación en el Pandemónium *Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja por el autor y actualizado para el blog (todas las imágenes son de Wikimedia Commons de libre uso).

Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (II)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Lo más importante en todo momento, la mayor preocupación, había sido mantener el secreto de las operaciones. Gran parte de la costa meridional inglesa estaba cubierta de campamentos militares conocidos como «salchichas», donde las tropas de invasión permanecían aisladas, sin contacto con el exterior, aunque solo en la medida de lo posible, puesto que muchos soldados saltaban las alambradas para encontrarse con sus novias y esposas o tomar una última copa –para muchos, por desgracia, así sería–. La posibilidad de que se produjesen filtraciones era muy elevada (por ejemplo, un general estadounidense de las fuerzas aéreas fue enviado a casa con deshonra por haber revelado la fecha de la denominada Operación Overlord en el curso de una fiesta en el Claridge londinense).

Rommel con Hitler en 1942.

Entonces existía, según refiere Beevor en su exhaustivo estudio sobre aquellos días previos al que sería denominado por el general alemán Erwin Rommel, encargado de la defensa de Normandía, como «el Día más Largo», el temor de que en Fleet Street se notara la ausencia de los periodistas británicos invitados para acompañar a las fuerzas invasoras y cubrir e inmortalizar aquel glorioso momento. Tanto ingleses como alemanes sabían que el Día D era inminente, pero existía la duda sobre cuál sería la fecha exacta y dónde tendría lugar el desembarco, algo que había que ocultar al enemigo a toda costa. Era la conocida como Operación Bodyguard, que contaría con distintas ramificaciones orientadas a confundir a los ejércitos de Hitler para que culminara con éxito la invasión de Europa.

Teherán: el pistoletazo de salida

El origen de esta operación puede rastrearse hasta la conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el primero de los encuentros de los «Tres Grandes» donde se juntarían Churchill, Roosevelt y Stalin para orquestar el ambicioso plan de invadir el Viejo Continente que en principio tendría lugar en mayo de 1944 (finalmente se retrasaría un mes), con el general Eisenhower como comandante supremo aliado y Montgomery como comandante de las fuerzas terrestres aliadas para el ataque a través del Canal de la Mancha.

Churchill con Roosevelt en Yalta.

Parece ser que durante la conferencia, al menos así nos lo ha transmitido la historia de aquel encuentro, Churchill se volvió hacia Stalin y profirió uno de sus típicos comentarios metafóricos que se convertiría en una suerte de mito: «En tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que siempre debería estar protegida por una sarta de mentiras». Stalin le contestó, secamente: «Esto es lo que llamamos astucia militar». La invasión del Día D, efectivamente, iba a estar protegida y ayudada por una campaña gigantesca, un conjunto de mentiras –a cuál más ingeniosa– para ocultar la verdad. En reconocimiento por la observación del premier británico, se bautizó a la empresa con el nombre en clave de Bodyguard (Guardaespaldas), si es que no se trata de otro más de esos abundantes episodios apócrifos que salpican los libros de historia y se dan por verdaderos.

El objetivo principal de la Operación Bodyguard era engañar a los alemanes para que creyeran que la invasión llegaría a un punto que no era, y que no llegaría al lugar que era, en palabras de Ben Macintyre: «Y aún más, para asegurarse de que esas tropas que se estaban preparando para rechazar la falsa invasión no eran desplegadas para repeler la auténtica, el engaño debía mantenerse después del Día D». La llamada «Operación Carne Picada» sirvió para facilitar los desembarcos en Sicilia en 1943. El objetivo ahora era justo el contrario: un año antes se había logrado convencer a los alemanes de que el objetivo más probable no era el objetivo real. Ahora el propósito era hacer creer a Hitler que el objetivo más verosímil era el objetivo.

En la actualidad el Día D aparece, con cierta aura mítica, como una victoria monumental, algo, en retrospectiva, como históricamente inevitable. Sin embargo, en aquel momento no parecía tan claro y los aliados tuvieron no pocas dificultades a la hora de llevarla a cabo: los ataques anfibios, como señala el citado Macintyre, estaban entre las operaciones más difíciles de la guerra y, además, los alemanes habían construido una denominada «zona de la muerte» a lo largo de toda la costa francesa, con una profundidad de más de ocho kilómetros, una pista de obstáculos letal hecha de alambre de espino, cemento y más de seis millones de minas, tras la cuales había emplazamientos de artillería y puestos de ametralladoras y búnkeres.

Sir Alan Brooke.

El Muro Atlántico parecía impenetrable y no eran pocos los militares escépticos acerca del éxito de la operación. El mariscal de campo sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor imperial, llegaría a decir: «Puede ser perfectamente el más terrible desastre de toda la guerra». Había que controlar el elemento sorpresa, probablemente el más complicado de mantener, a toda costa. Solo había un puñado de lugares adecuados para un desembarco masivo en aquella zona. En palabras de uno de los planificadores, según recoge John C. Materman en The Double Cross System in War, «era completamente imposible ocultar el hecho de que el ataque principal tendría lugar en algún punto entre la península de Cherburgo y Dunquerque».

Calais… un trampantojo

Calais destruida por los Stukas en junio de 1940.

El objetivo más obvio era el paso de Calais, en el noroeste, la región más cercana a la costa británica. Además, los puertos de aguas profundas de Calais y Boulogne podían ser abastecidos fácilmente así como reforzados una vez tomados por los aliados, y la cabeza de puente en Calais ofrecería la ruta más directa para una marcha de los ejércitos invasores hacia París y el corazón industrial alemán en el Ruhr. De hecho, el propio Hitler había identificado aquella región como el objetivo más probable: «Es ahí donde el enemigo debe atacar y atacará, y es ahí –a menos que todos los indicios sean engañosos– donde tendrá lugar la batalla decisiva contra las fuerzas de desembarco». Efectivamente, todos los indicios, la mayoría facilitados por agentes dobles, eran engañosos. Sin embargo, el Führer estaba completamente alerta respecto a la posibilidad de volver a ser engañado como en las invasiones del norte de África y Sicilia. Sería mucho más difícil para los servicios de Inteligencia aliados engañarle en esta ocasión.

Por su parte, en julio de 1944, los planificadores militares aliados habían llegado a la conclusión de que, «en lugar de las ventajas evidentes que proporciona el paso de Calais por su proximidad a nuestra costas», la costa de Normandía al norte de Caen representaba un mejor objetivo: las playas normandas eran largas, anchas y con pendientes suaves, con brechas adecuadas en las dunas a través de las cuales una fuerza invasora podría replegarse rápidamente tierra adentro. La ausencia de un fondeadero de aguas profundas se resolvería de manera ingeniosa mediante la construcción de enormes puertos artificiales conocidos como Puertos Mulberry.

Precisamente para dejar el camino libre a la invasión, y paralelamente a los preparativos militares, en un esfuerzo colectivo extraordinario, los servicios secretos británicos, en colaboración con los norteamericanos y los de la Francia Libre, llevarían a cabo uno de los más brillantes señuelos de la Segunda Guerra Mundial, utilizando las habilidades de un ecléctico grupo de agentes dobles del Sistema de Doble Cruz, entre ellos, uno de los mejores espías de la contienda: el español Juan Pujol, alias «Garbo».

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.