Mi nombre es Bond, James Bond

En octubre de 2020 nos dejaba, a los 90 años, uno de los grandes intérpretes de todos los tiempos, Sir Sean Connery. Ahora, una biografía compuesta a varias manos por distintos autores y publicada por Sílex Ediciones nos desvela los secretos de este carismático escocés que nos hizo soñar durante décadas.

Óscar Herradón ©

Sir Thomas Sean Connery nos dejó el 31 de octubre de 2020 a los 90 años. Casi un siglo de puro entretenimiento. Sobra decir que fue uno de los grandes actores de los últimos 60 años. Pero aquél que encarnó al agente 007 con una elegancia y presencia nunca superadas (y eso que hubo grandes actores que se pusieron después en la piel del mujeriego agente secreto, el último el vitaminado Daniel Craig), aparte del personaje creado por Ian Fleming nos dejó inolvidables papeles en cintas como Robin y Marian, El Nombre de la Rosa o Indiana Jones y La última cruzada (y otras más olvidables, aunque no por su culpa, como Los Vengadores, El Primer Caballero o La Liga de los Hombres Extraordinarios).

Connery, nacido en Edimburgo, Escocia, el 25 de agosto de 1930, fue mucho más que un actor soberbio, y ahora una detallada biografía publicada por Sílex y firmada por distintos autores, desgrana, a modo de homenaje por su muerte, todos y cada uno de los aspectos (algunos menos amables) de su fascinante vida y carrera. En este post abrimos boca con varias curiosidades que probablemente no sabías (o sí), sobre el padre de Indy:

Cuando Arnold Schwarzenegger ganó en 1967 su primer título de Míster Universo ni siquiera él imaginaba la exitosa carrera que se le abriría en Hollywood y que comenzó con esa rareza documental titulada Hércules en Nueva York en 1969, sin embargo, la halterofilia era ya una rama deportiva bastante conocida cuya fama contribuyó a extender el forzudo austríaco. Pues bien, también Sean Connery practicó el culturismo y participó en Míster Universo en una fecha en la que este deporte era muy minoritario. Fue en 1953 y Connery se alzó con ¡la medalla de bronce! Como levantador de pesas utilizó como alias el apodo de su juventud, «Big Tom».

Acabó siendo uno de los actores mejor pagados de todos los tiempos, pero Connery adquirió experiencia teatral entre bastidores, trabajando como tramoyista. Antes del éxito, realizó todo tipo de trabajos: fue repartidor de leche, formó parte de la Marina Real Británica (de la que tuvo que licenciarse a causa de una úlcera péptica duodenal), conductor de camión, socorrista en las piscinas de Portobello, peón de granja, modelo artístico en el Edinbugh College of Arts, y hasta pulidor de ataúdes. También fue un excelente futbolista, y llegó a ser tentado por el gerente del Manchester United a los 23 años (demasiado tarde, según él), y eligió la carrera actoral.  

Con un fuerte acento y una característica dicción, muchos decían que aquello sería un impedimento para triunfar en el cine. Hoy, su voz es una de las más reconocidas e icónicas del séptimo arte.

El debut de Sean Connery en Hollywood fue en la cinta Darby O’Gill ant the Little People (traducida en España como Darby O’Gill y el Rey de los Duendes –El Cuarto Deseo–), producida por Walt Disney y donde el escocés hizo incluso sus pinitos cantando. La cinta aunaba fantasía y viejas tradiciones feéricas escocesas.

Connery interpretó personajes eternos, pero también rechazó papeles muy sugerentes: no quiso ser Tarzán, papel para el que su pasado de gimnasio le venía que ni pintado; la idea era relevar a Gordon Scott, pero quizá la sombra de Johnny Weissmuller era muy alargada para reconvertirse en rey de los monos. Y el bueno de Connery rechazó también protagonizar la catódica Maverick, que encumbró a James Garner.

En 1971 Connery entró en el Libro Guinness de los Récords al aceptar encarnar una vez más al agente 007 en Diamantes para la eternidad, fichaje que le valió un millón doscientos mil dólares. De la época, claro. Hoy hay quien gana bastante más por participar en un episodio televisivo.

Una de sus intervenciones más icónicas de los 80 fue el papel de Juan Ramírez Sánchez-Villalobos en Los Inmortales (The Highlander), con inolvidable banda sonora de Queen. Connery tomó clases de esgrima por exigencias del director, Russell Mulcahy, y durante el rodaje fue herido por el actor Clancy Brown.

En 1986 se hizo con un merecido premio BAFTA por interpretar al cultivado monje medieval Guillermo de Baskerville en la adaptación cinematográfica de la novela homónima El nombre de la rosa, del italiano Umberto Eco. Y por Los Intocables de Eliot Ness (1987), de Brian De Palma, ganó el que fue, increíblemente, el único Oscar de su dilatada carrera, como Mejor actor de reparto.

Es el único actor que, en la antesala de los sesenta, fue considerado el hombre vivo más sexy por la revista People. Corría el año 1989.

Y llegamos al momento en que Connery acepta el papel de Henry Jones, el «papi» del arqueólogo-aventurero más famoso de todos los tiempos, azote de los nazis. Aunque George Lucas estaba prácticamente convencido de que el escocés no aceptaría participar en la tercera entrega Indiana, Spielberg se lo propuso y, tras realizar notables cambios en el guión (entre ellos, darle mayor importancia a su personaje, y no irle a la zaga al hijo en lo que a galán se refiere –la idea de compartir amantes fue suya, y al Rey Midas de Hollywood le encantó–), aceptó, realizando otra memorable interpretación que forma parte del imaginario de varias generaciones.

En un principio, Sean Connery no estaba llamado a interpretar al capitán ruso Marko Ramius en La Caza del Octubre Rojo, adaptación de la novela homónima de Tom Clancy. El rol había recaído en el actor austríaco Klaus Maria Brandauer, villano de la película de Bond Nunca digas nunca jamás. El segundo día de rodaje, el intérprete de Memorias de África y Mefisto, se rompió una pierna y recomendó a Connery para sustituirlo. Éste, sin tiempo para prepararse un papel de tal enjundia, se incorporó a la filmación en el último momento y el realizador John Milius (Conan) ayudó al escocés a recrear el acento ruso, tarea nada sencilla.

Un año después de Indiana Jones y la última cruzada, Connery pudo haber coincidido de nuevo con Harrison Ford, al que quería en el rol de Jack Ryan el director, John McTiernan (el creador de La Jungla de Cristal y Depredador), pero Tom Clancy lo consideraba demasiado viejo para el papel. Tras rechazarlo también Kevin Costner, que comenzaba a dar forma a su ambicioso western Bailando con lobos, el rol recayó en el poco conocido Alec Baldwin. Éste contó con la bendición de Clancy, que siempre consideró al actor de Ella siempre dice sí, ahora en sus horas más bajas por culpa del fatídico accidente en el rodaje de Rust, la encarnación perfecta de Ryan. Curiosamente, Harrison Ford daría vida al analista de la CIA en Juego de Patriotas (1992) y Peligro Inminente (1994). Y eso que entonces era más viejo…

Éstas y muchas otras curiosidades sobre el caballero más elegante del celuloide, en el citado libro editado por Sílex. Un delicia. He aquí el enlace para adquirirlo:

http://www.silexediciones.com/producto/sean-connery/




El cuadrilátero en la gran pantalla

El pugilismo ha sido, es y será una referencia para el séptimo arte. Ya desde el cine mudo se rodaron películas importantes sobre un cuadrilátero como El Ring (1927), de Alfred Hitchcock, y a ella seguirían cintas mínimas y obras malas, en medio de obras maestras como Cuerpo y alma (1947), Más dura será la caída (1957), Réquiem por un campeón (1962), y ya más cerca en el tiempo largos como The Fighter (2010) o Redención (2015). Realizamos un repaso por el deporte del puñetazo visto desde una butaca de cine.

Óscar Herradón ©

Stallone en Rocky (Source: Wikipedia)

Puedo decir sin sonrojarme que con Rocky y su melodía tuve mis primeras sensaciones heroicas infantiles. O quizá fue con Star Wars… Era escuchar aquella potente banda sonora, hoy épica, compuesta por Bill Conti, y todo se hacía posible. Luego, en la cuarta entrega (aquel producto de exaltación yankee en plena Guerra Fría que, creo, fue la primera que vi, por edad, y que, será mala, pero me encanta), se asentaría definitivamente en mi mente la melodía de «The Eye of The Tiger», de Survivor, que inauguró la tercera entrega en 1982, y el subidón fue aún mayor.

Cualquier desafío, por grande que fuera, aunque se tratara del de un crío de 8 años, parecía posible al ritmo de aquellos acordes y ese baile de piernas tan criticado por los expertos. Tras aquellos años de cine y boxeo a lo Stallone vendría mi cinefilia (o quizá partía de allí, y de esos inolvidables momentos de sofá y cuarto de estar, porque entonces teníamos «cuarto de estar»), y descubriría cintas como Toro Salvaje, Más dura será la caída o Marcado por el odio. Mejores, dicen los que saben, pero con Rocky sigo soñando. Quizá porque nací cuando se marchaba el año 1979, a las mismas puertas de los 80, con un Stallone icónico también en Rambo. Me da igual lo que la crítica diga de él y su testosterona ultraviolenta, no puedo ser objetivo.

Melancolías aparte, antes del potro italiano, mucho antes, se hicieron joyas de la gran pantalla, más admiradas por los que se dedican a tan honorable –y violento, todo hay que decirlo– deporte, joyas que recoge de forma detallada (y entretenidísima) Alfonso Bueno López en Sangre, sudor y puños. El boxeo en el cine, una de las últimas novedades de una editorial que me encanta, porque adora también el cine en general, y el ochentero en particular, como ya mostré en un post sobre la saga Regreso al Futuro: Diábolo Ediciones. Por supuesto, teniendo la posibilidad de sumergirnos en las páginas de un libro así, profusamente ilustrado, apenas citaré unas cuantas curiosidades pugilísticas para abrir boca, pues todo se cuenta ahí con pelos y señales, guantes, sangre, sudor, puños y mucho espectáculo.

El deporte de las doce cuerdas

Después de narrar el origen del boxeo y cómo éste fue prohibido en varios países, como Inglaterra (donde se realizaban combates clandestinos a los que, paradójicamente, asistía de incógnito el mismísimo príncipe de Gales), el autor se centra en el papel de este deporte en la gran pantalla, que aparece casi desde el comienzo de este arte, con el cinematógrafo y el cine mudo. Buena parte de los filmes pioneros tenían como trasfondo la clandestinidad de este deporte que ya era célebre en la Antigua Roma.

El propio Thomas Alva Edison, que en su guerra de patentes se hizo con los derechos del kinetoscopio, consciente de las posibilidades del espectáculo pugilístico, inició el cine de boxeo con una película filmada en 1894, una pelea coreografiada de seis asaltos entre los púgiles Mike Leonard y Jack Cushing en el estudio Black Maria.

Leonard VS Cushing

La primera estrella de este género fue el profesional (primer campeón del mundo) James J. Corbett, quien compaginó su carrera deportiva con apariciones en diversos teatros de todo EEUU y que al dejar los cuadriláteros se dedicó también al cine en el recién inaugurado Hollywood. Su biografía sería adaptada a la gran pantalla por Raoul Walsh en 1942, en la película Gentleman Jim, y su papel recaló en el inquieto Errol Flynn, que no era un profesional pero estaba acostumbrado a usar los puños.

El boxeo se fue asentando en el nuevo arte y en 1919 el propio David W. Griffith, pionero y padre del cine moderno con la racista El Nacimiento de una Nación, toda una exaltación del Ku Klux Klan en un tiempo en que el supremacismo blanco cosechaba aún un gran poder, dirigió el melodrama Lirios Rotos (Broken Blossoms, también conocido como La culpa ajena) protagonizada por un boxeador camorrista y alcohólico interpretado con maestría por Donald Crisp.

Por supuesto, los grandes del cine mudo como Charles Chaplin o Buthster Keaton no perdieron la oportunidad que brindaba el pugilismo para sus películas, como hizo Charlot en The Champion y en el final de Luces de Ciudad o el segundo en El Boxeador (Battling Butler). Y el que acabaría convirtiéndose en «maestro del suspense», uno de mis realizadores favoritos, Alfred Hitchcock, en su etapa británica y muda, dedicó su segunda película a este deporte en la pionera El Ring, protagonizada por Carl Brisson y cuya pelea final tiene lugar durante un magnífico combate en el Royal Hall londinense.

Buster Keaton en El Boxeador (1926)

A ella, junto a numerosos títulos menores, seguirían grandes cintas protagonizadas, al otro lado del charco, por el «gánster» por antonomasia de aquella era cinematográfica, James Cagney, que sabía moverse en el cuadrilátero, pues aprendió a pelear en las calles, sorprendiendo incluso a su entrenador, el antiguo boxeador y doble de acción Harvey Parry y que nos brindó perlas del ring con toque noir como El Predilecto (ésta tirando hacia la comedia), O todo o nada o Ciudad de conquista.

Sangre, sudor y puños (Diábolo Ediciones)

A estos títulos le sucedieron grandes películas como Más dura será la caída, protagonizada por Humphrey Bogart o Forajidos, de Robert Siodmak, en la que Burt Lancaster (que aprendió el «oficio» sin dar una sola clase) interpretada a un boxeador en sus horas más bajas. E incluso comedias como Abbott y Costello contra el hombre invisible (donde luchaba un púgil translúcido) o la española El tigre de Chamberí, protagonizada por un inolvidable José Luis Ozores, junto a un sinfín de obras menores –y otras notables– hasta llegar al cine de los 70. En esa década comienza la leyenda de Rocky, que se hizo con el Oscar a la Mejor Película y a la Mejor Dirección en 1976 y sobre todo Toro Salvaje, la monumental obra del italoamericano Martin Scorsese con un soberbio Robert De Niro, de las que nos ocuparemos en un próximo post en «Dentro del Pandemónium».

Otros cinco diamantes del boxeo que no te puedes perder:

–Nadie puede vencerme. Una joya del noir en la línea de Más dura será la caída, dirigida por Robert Wise en 1949 y protagonizada por un incombustible Robert Ryan.

–Marcado por el odio. Robert Wise volvía a usar el boxeo para un largo, superándose incluso –reto nada fácil– en esta cinta protagonizada por Paul Newman en 1956.

–El ídolo de barro. Antes de ser Espartaco, el irreverente Kirk Douglas, que nos dejó el pasado 2020 ya centenario, se puso los guantes en este noir dramático de altura dirigido por Mark Robson en 1949.

–The Boxer. Cuatro años después del arrollador éxito del drama carcelario En el nombre del padre, Daniel Day-Lewis, de nuevo bajo la dirección de Jim Sheridan, se enfundó los guantes en esta gran película con el conflicto norirlandés como telón de fondo.

–Million Dollar Baby. Clint Eastwood rodó una de sus obras maestras con este filme dramático de boxeo protagonizado por fin por una mujer, una Hilary Swank de Oscar –no en vano ganó con ella una de sus dos estatuillas– en un ya lejano 2004. Cómo pasa el tiempo…

Para descubrir mil y un anécdotas sobre cine y boxeo, no hay que dejar escapar el citado libro de Diábolo Ediciones:

https://www.diaboloediciones.com/sangre-sudor-y-punos-el-boxeo-en-el-cine/

ENIGMAS Nº 227, ¡YA A LA VENTA!

ENIGMAS Nº 227
ENIGMAS Nº 227

Este mes nos adentramos en las «nuevas plagas creadas»: ébola, VIH, H5N1… ¿Virus de laboratorio? ¿Conspiración?…
Además, desempolvamos la historia del que fuera conocido como «Círculo Cósmico de Múnich», un grupo de eruditos iluminados cuyas ideas pudieron servir de base al ideario nazi.
Hablamos de los zombies, una moda que es ya una epidemia y recorremos las diez fortalezas «con fantasma» más sugerentes, donde el viajero podrá disfrutar del misterio en estado puro.
También nos adentramos en la sorprendente biografía de Nikola Tesla y en algunos de los inventos que lo convirtieron en inmortal. Un hombre adelantado a su tiempo. Y, ¿crees en las casualidades? Uno de nuestros reportajes demuestra que no «nada» es casual. Viajamos también a Khiva –Uzbekistán–, donde pasar mil y una noches de leyenda y, con el tema de la segregación racial en EEUU de plena actualidad, recordamos a uno de los grupos criminales más siniestros de la historia del hombre, el Ku Klux Klan, que todavía sigue vivo en algunas regiones del sur estadounidense.
Además, secciones, libros, DVDs, sorteos y mucho más.

Más información en suscripción@prismapublicaciones.com