Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer

La Editorial Crítica publica un revelador ensayo que aborda los orígenes, el modo de actuar (a través de la represión y el control moral) y finalmente el ocaso de una institución que durante el franquismo tuvo las vidas de muchas mujeres bajo su larga sombra.

Óscar Herradón ©

Trata de Blancas, por Joaquín Sorolla (1894).

Si uno de primeras nunca ha oído hablar de dicha institución, y de cuál era su verdadero objetivo, podría incluso pensar que se trata de un organismo feminista de nuestros tiempos frente a las amenazas del patriarcado, creado, quizá, por el Ministerio de Igualdad, pero no, todo lo contrario: fue de todo menos eso. El Patronato de Protección a la Mujer, que se conoció originalmente como «Patronato Real para la Represión de la Trata de Blancas», se trató en realidad de una institución española pública activa entre 1902 y 1985 que dependía del Ministerio de Justicia.

María Cristina de Habsburgo-Lorena.

Originalmente fue un organismo bajo la protección de la Corona española, presidido por la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena (segunda esposa de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII) que como bien rezaba su nombre original tenía un cometido filantrópico, organizar la lucha contra la trata de personas, principalmente mujeres, que se distorsionaría notablemente más adelante, y principalmente bajo la dictadura franquista. Se trataba en un principio de una institución abolicionista de la prostitución (y por tanto, muy adelantada a su época), que entró en vigor con un decreto de 11 de julio de 1902. Sin embargo, a pesar de su elogiable intencionalidad inicial, pronto funcionó como una institución de control social y adiestramiento moral.

En 1931, con el triunfo de la Segunda República, se reorganizó bajo el nombre de «Patronato de Protección a la Mujer» y era de carácter laico, y en su junta, entre otras, figuraba la abogada, escritora, diputada y defensora de los derechos de la mujer Clara Campoamor. Sin embargo, la falta de medios económicos provocó su disolución en 1935,  pasando sus funciones al Centro Social de Protección de Menores.

Carmen Polo y Franco.

Con la victoria franquista en la Guerra Civil y la instauración de la dictadura, el 6 de noviembre de 1941 se volvió a crear el Patronato de Protección a la Mujer por Decreto, siendo su presidenta de honor una de las mujeres claves del llamado Movimiento, Carmen Polo, esposa de Franco. A través de dicho decreto se creó también la Obra de Redención de las Mujeres Caídas, cuyo objetivo era «reformar y regenerar a las prostitutas clandestinas reincidentes». Según el artículo, la finalidad del Patronato era «la dignificación moral de las mujeres», especialmente de las jóvenes, «para impedir su explotación, apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de las realidad católica», un lenguaje muy acorde al régimen nacionalcatolicista.

La autora del ensayo.

Sin embargo, dicha educación apenas era efectiva –ni visible– y las funciones del Patronato se dirigían principalmente al intervencionismo estatal en la intimidad y, en palabras de Carmen Guillén Lorente, en el artículo «El Patronato de Protección a la Mujer: adoctrinamiento moral durante el franquismo», publicado en inglés en The Conversation con fecha 14 de abril de 2024, «la persecución y reclusión de la mujer desviada». Precisamente esta especialista, Carmen Guillén Lorente,  doctora en Historia Contemporánea y profesora en el área de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Albacete (UCLM), es la autora de un revelador –y necesario– ensayo publicado recientemente por la editorial Crítica: Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), que aborda minuciosamente, con gran rigor documental e ingentes fuentes, en gran parte inéditas, el papel represivo y de control moral de esta institución extrañamente poco conocida hoy.

¿Qué encontraremos en las páginas de Redimir y adoctrinar?

Tras décadas de silencio, Carmen Guillén arroja luz al organismo franquista encargado del adoctrinamiento moral de las mujeres caídas.

Women and children sitting closely together in a worn shelter with distressed expressions
Imagen creada con IA.

De entre todos los fragmentos que componen la compleja historia del siglo XX español, pocos capítulos resultan tan oscuros y reveladores como los vinculados a las instituciones represivas del franquismo. La más longeva y, sin embargo, la menos conocida, es el Patronato de Protección a la Mujer. Desde 1941 hasta bien entrada la democracia, esta institución apuntaló su labor sobre cuatro pilares: trabajo y oración para redimir; disciplina y castigo para adoctrinar. En el cruce de intereses entre Iglesia y Estado, la doctrina católica sirvió para legitimar este control femenino.

Two Guardia Civil officers in uniform escorting a woman detainee beside a police van
Imagen generado con IA.

Miles de mujeres de todas las edades, procedencias y contextos socioeconómicos fueron entonces condenadas sin delito y encerradas sin juicio en nombre de esa moral. Bajo un disfraz de caridad se ocultó una realidad llena de abusos, trabajos forzados, robo de bebés y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Este libro analiza el Patronato como una pieza clave en la arquitectura moral y política del franquismo y examina la huella que dejó en quienes lo padecieron y en una memoria colectiva que aún intenta asumir ese pasado.

Alexandra Kolontái: la feminista revolucionaria

La editorial Crítica publica la crónica de una mujer excepcional, única y controvertida que luchó por la visibilidad de las mujeres y sus derechos en un tiempo y en un país –la vieja Rusia zarista que se asomaba al abismo de la revolución– en el que estos no eran precisamente una de las principales preocupaciones de una belicosa sociedad abierta a profundos cambios sociales e ideológicos. Una luchadora no exenta de sombras. Su título es Alexandra Kolontái. Una feminista en tiempos de la Revolución Rusa.

Óscar Herradón ©

De hecho, en relación con la población femenina, sucedía precisamente todo lo contrario, algo que por desgracia aún se mantiene en diversas sociedades bien entrado el siglo XXI: su opinión apenas era considerada, en la mayoría de países no podían votar, por supuesto no podían engrosar las filas de los ejércitos (algo que cambiaría con la Revolución Rusa, precisamente el movimiento en el que se haría un nombre nuestra protagonista), ni desafiar las normas de unas sociedades profundamente patriarcales y machistas.

Nacida en San Petersburgo en 1872, dos años antes de la citada Revolución Rusa Alexandra Kolontái estuvo en primera línea de los cruciales acontecimientos políticos de aquel convulso periodo que cambiaría el siglo XX: fue la primera mujer de la historia en estar al frente de un ministerio en el gobierno de una nación (el Sovnarkom, primer gobierno de Lenin). Y aunque se dejó cautivar en cuerpo y alma por el comunismo, en el que haría carrera, no era una hija del movimiento obrero, sino que pertenecía a una familia aristocrática.

Fue una abanderada de la libertad y la desobediencia desde muy joven. Desafiando a sus progenitores, se casó con el hombre al que ella había elegido, el ingeniero Vladímir Lúdgovich Kolóntai, del que conservaría toda su vida el apellido que la haría célebre a pesar de que se separaron pronto, cansada, según afirmó, del matrimonio, una vida que no era para ella (aunque se casaría nuevamente con el militar soviético Pável Dybenko). De aquella relación con Kolontái nacería su hijo Misha, este sí, el gran amor de su agitada vida.

Alexandra Kolontái en 1908.

Una profunda vocación revolucionaria

Alexandra experimentó una verdadera «redención» (no mística, sino política) cuando en 1896, en pleno zarismo, al visitar una enorme fábrica textil en Narva (hoy al noreste de Estonia, pero entonces perteneciente a la Gran Madre Rusia), donde su marido debía instalar un sistema de ventilación para los miles de obreros que se hacinaban en aquel maloliente espacio donde se mezclaba la pobreza con la servidumbre: supo que debía ponerse al servicio del proletariado, en defensa de los más débiles. Tenía 26 años cuando se separó de Vladímir y dejó a Misha al cuidado de sus abuelos para marcharse a Zúrich a estudiar en profundidad el pensamiento marxista.

Tras los eventos que tuvieron lugar el Domingo Sangriento o Domingo Rojo de 1905 –una despiadada matanza de manifestantes pacíficos perpetrada por la Guardia Imperial rusa–, Kolontái tomó partido por los mencheviques y su exultante oratoria dejaría atónitos a los obreros en las fábricas que visitaba con frecuencia. Entonces sería testigo de primera mano de la brutal represión del Ejército zarista y fue tempranamente perseguida por las autoridades rusas debido a sus artículos y a su actividad como agitadora. Por ello decidió huir a Europa, donde se fraguaría su leyenda a base de mítines y congresos y donde definió la posición ideológica que la caracterizaría de por vida: dar respuesta a los problemas de las mujeres obreras ante la indiferencia de sus compañeros de Partido, muy volcados con el derrocamiento del zarismo y la imposición de la dictadura del proletariado, pero a los que el feminismo y la igualdad entre sexos les traía sin cuidado –en muchos casos, incluso, estaban abiertamente en contra–.

Lenin

Alexandra defendía la causa de las mujeres junto a otras pioneras contemporáneas de izquierdas como las alemanas Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin o la francesa Inessa Armard en un mundo accidentado que se resistía todavía al cambio pero que no podía frenarlo. Eso sí, en ocasiones a base de mucha sangre derramada. Tras el estallido de la Gran Guerra (como se conocería el conflicto europeo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial), en 1914, Kolontái participaría activamente junto a Lenin en la defensa del pacifismo realizando incontables giras. Como políglota, Alexandra se desenvolvía con fluidez en varios idiomas (inglés, francés, alemán, finlandés y por supuesto ruso) ante auditorios encandilados con sus arengas.

Después del estallido de la revolución en 1917, fue elegida miembro del Comité Ejecutivo de los Sóviets, convertida en portavoz del propio Lenin, por lo que la prensa la bautizaría como «Valkiria de la Revolución», aprovechando su posición para luchar a favor de las mujeres de los soldados y su precaria situación. Nombrada Comisaria de Asuntos Sociales en el Consejo de Comisarios del Pueblo, el citado Sovnarkom, su defensa de las mujeres y los niños la llevaría a tener numerosos encontronazos con otros miembros del partido (varones, claro) y finalmente a dimitir de su cargo, aunque durante la guerra civil rusa que enfrentaría a los bolcheviques y al Ejército blanco se pondría nuevamente a las órdenes de Lenin.

Jenotdel

Mientras tanto, se las apañó para organizar el Congreso Panruso de Mujeres Trabajadoras, semilla de lo que sería el Departamento de Mujeres Trabajadoras y Mujeres Campesinas del Partido Bolchevique de la Rusia Soviética (el Jenotdel), poniéndose al frente de su consejo editorial para promover la participación de las mujeres en la vida pública y mejorar su educación en pro de su empoderamiento, haciéndolas partícipes también de diversos proyectos sociales. Más tarde Kolontái dirigiría el Jenotdel y defendería con fervor el divorcio y el aborto, así como la plena igualdad entre hombres y mujeres, incluyendo (algo inédito entonces) su plena libertad sexual, ganándose nuevamente enemistades en el Partido.

Una camarada incómoda

Desde el principio tuvo importantes encontronazos con Lenin. En 1922 Kolontái participó en la llamada Oposición Obrera, un grupo que acusó al mismo líder de la revolución de alejarse de la clase obrera y que se mostraba en contra de la llamada Nueva Política Económica impulsada por el gobierno, criticando que su gigantesca y enrevesada burocracia era ajena al movimiento obrero. Alexandra fue marginada y  atacada duramente durante los congresos del Partido, y en 1923 logró escapar in extremis de una oleada de detenciones gracias a la intermediación de Stalin, por el que conseguiría desempeñar una función en la misión diplomática soviética en Noruega.

Durante ese tiempo, sin embargo, no abandonó su credo político y mostró su fidelidad al Partido (que la había maltratado) y a la causa bolchevique en diversos países: Noruega, México y Suecia, siendo nombrada en 1924 embajadora de la URSS en Noruega y convirtiéndose, otro hito, en la primera mujer embajadora de la historia, sobreviviendo a las grandes purgas desatadas por Stalin y que condujeron al gulag o al paredón a sus antiguos compañeros de la Oposición Obrera, lo que sería motivo de controversia hasta el día de hoy: ¿cuál fue su verdadera relación con el «zar Rojo»?

Tumba de Alexandra Kolontái en el cementerio Novodévichy en Moscú.

Alexandra Kolontái moría el 9 de mayo de 1952 en Moscú, al día siguiente del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Y a pesar de su papel fundamental en los momentos previos a la revolución, en el gobierno posterior, la guerra civil y los años duros del estalinismo, la cúpula soviética intentó borrarla de la historia del Partido: no se publicó ninguna necrológica oficial ni fue enterrada con honores, como merecía alguien de su categoría política, en el Kremlin. Stalin pasaba a mejor vida menos de un año después, el 5 de marzo de 1953.

El impacto de Kolontái por estas latitudes

Con su fulgurante ascenso en el movimiento revolucionario internacional, no tardó en difundirse su obra por la España previa a la Segunda República y la Guerra Civil en un ambiente revolucionario que se extendía por toda Europa empujado por las victorias de los bolcheviques frente al Antiguo Régimen ruso. En 1928 se publicaba La bolchevique enamorada y en 1930 La juventud y la moral sexual, que gozaría de un notable éxito tras el establecimiento de la Segunda República y el auge de las organizaciones de corte revolucionario y feminista que clamaba por la emancipación de la mujer en una sociedad fuertemente «chapada a la antigua» (y no precisamente en beneficio del género femenino).

En 1931 se publicó La mujer nueva y la moral sexual y ya en plena Guerra Civil, en 1937, la Editorial Marxista publicaba en Barcelona El comunismo y la familia y el Secretariado Femenino del POUM (el Partido Obrero de Unificación Marxista que en Cataluña libraría una guerra abierta contra el comunismo estalinista), también en la ciudad condal, El amor y la moral sexual. Por supuesto, con el triunfo del bando sublevado y la instauración del franquismo, que duraría cuarenta largos años, la memoria de Kolóntai fue borrada y sus libros prohibidos en nuestro país hasta el año de la muerte del dictador, 1975, cuando se publicaron, y aún con el azote de una exhaustiva censura, varias de sus obras, que gozarían de un nuevo impulso tras la Transición y la recién nacida democracia.

d’Encausse

Kolontái fue acusada de blanquear a Stalin. Ahora, nos llega la que es probablemente la biografía definitiva de esta mujer arrolladora de la mano de la importante historiadora francesa Hélène Carrère d’Encausse, que precisamente fallecía en agosto de este 2023 dejando un profundo vacío en la historiografía contemporánea. Como señala la autora, que no escatima en elogios a la revolucionaria rusa (pero también muestra sin titubeos sus sombras y las contradicciones del régimen soviético), Kolontái vivía con miedo a ser difamada y no criticó nunca al sanguinario dictador ruso, ese «hombre de hierro» que no fue precisamente fiel a la memoria de su antecesor Lenin –que había sido, paradójicamente, el político que lo había creado–, en pos del poder absoluto, ese que siempre ciega a los estadistas de todos los tiempos.

Lo demás es historia, recuperada con maestría y un pulso narrativo encomiable por la citada d’Encause, quien precisamente se hacía este año con el Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, que fue entregado a título póstumo a esta mujer, quien fuera la primera en ocupar el cargo de «secretario perpetuo» de la Academia Francesa. Toda una pionera como la protagonista de su magnífica biografía.

He aquí el enlace para hacerse con el libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-alexandra-kolontai/382869

Malleus Maleficarum: el libro más peligroso de la historia (I)

La obsesión de la iglesia por erradicar los cultos paganos de brujas y hechiceros, a los que consideraba enemigos mortales de Dios, necesitaba dotarse de un texto que convirtiese en oficial el procedimiento a seguir para la lucha contra el Maligno. En este contexto apareció un libro que ha sido descrito en numerosas ocasiones como «el más funesto de la historia literaria». Con motivo de la publicación de Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna (Debate), recordamos el origen de este pérfido volumen.

Óscar Herradón ©

Krämer

Conocido popularmente como «Martillo de Brujos» –Hexenhammer–, fue obra de los inquisidores dominicos Heinrich Krämer –pseudónimo de Enrique Institoris– y Jacob Sprenger. Su maléfica obra se comenzó a escribir a raíz de que el pontífice Inocencio VIII publicase en Estrasburgo su bula Summis desiderantes affectibus, conocida también como «Bula Bruja» y tradicionalmente «Canto de guerra del infierno», el 9 de diciembre de 1484, dirigida, según el vicario de Cristo, a subsanar los errores que el Tribunal del Santo Oficio había cometido en torno a los procesos de brujería.

Reproduciré a continuación algunos extractos de dicha bula que no tienen desperdicio donde se puede apreciar claramente la línea que, a partir de entonces, seguirán los manuales conocidos como «martillos de brujas» y que marcarían el inicio de una política de terror en toda Europa:

Bula de Inocencio VIII

«Nos anhelamos con la más profunda ansiedad, tal como lo requiere Nuestro apostolado, que la Fe Católica crezca y florezca por doquier, en especial en este Nuestro día, y que toda depravación herética sea alejada de los límites y las fronteras de los fieles, y con gran dicha proclamamos y aun restablecemos los medios y métodos particulares por cuyo intermedio Nuestro piadoso deseo pueda obtener su efecto esperado […]».

«Por cierto que en los últimos tiempos llegó a Nuestros oídos, no sin afligirnos con la más amarga pena, la noticia de que en algunas partes de Alemania septentrional […] muchas personas de uno y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se abandonan a demonios, íncubus y súcubus, y con sus encantamientos, hechizos, conjuraciones y execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas, han matado a niños que estaban aún en el útero materno, lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los frutos de los árboles; más aún, a hombres y mujeres, animales de carga, rebaños […] estos desdichados, además, acosan y atormentan a hombres y mujeres y animales con terribles dolores y penosas enfermedades…; impiden a los hombres realizar el acto sexual y a las mujeres concebir…; por añadidura, en forma blasfema, renuncian a la Fe que les pertenece por el sacramento del Bautismo, y a instigación del Enemigo de la Humanidad no se resguardan de cometer y perpetrar las más espantosas abominaciones y los más asquerosos excesos […]».

«…y otorgamos permiso a los antedichos Inquisidores –Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger- […] para proceder, en consonancia con las reglas de la Inquisición, contra cualesquiera personas, sin distinción de rango ni estado patrimonial, y para corregir, multar, encarcelar y castigar según lo merezcan sus delitos, a quienes hubieran sido hallados culpables, adaptándose la pena al grado del delito. […] Por Nuestra suprema Autoridad, les garantizamos nuevamente facultades plenas y totales».

Inocencia VIII

El pontífice continúa, en los mismos términos de credulidad supersticiosa, con su sermón antiherético para concluir ofreciendo a los inquisidores todos los medios a su alcance en la lucha contra el mal. Esta iniciativa, por la que se equiparaba el maleficio al grado de herejía, recayendo en la esfera competencial de la Inquisición, servirá de incentivo a las calenturientas mentes eclesiásticas para llevar a cabo un genocidio sin precedentes, basado  únicamente en la creencia en antiguas leyendas y supersticiones grecorromanas adaptadas al Medievo –tales como la capacidad de volar de dichas brujas o su gusto por la carne de los infantes– y en un miedo irracional fruto más del desconocimiento y del temor supercheril que del análisis.

La Bula Summis Desiderantis fue el empujoncito que necesitaban los autores de los «martillos» para dar forma a unas obras enfermas, incoherentes, retóricas y pedantes (aunque fascinantes para el investigador) que, por desgracia, fueron tenidas muy en cuenta durante siglos como códigos a seguir para torturar y asesinar a personas, en su gran mayoría inocentes, al menos de delitos sobrenaturales.

Un exitoso engaño para burlar la censura

El citado Enrique Institor, un teólogo de avanzada edad que había ejercido como inquisidor para el sur de Alemania desde el año 1474, incluyó la polémica Bula contra brujas de Inocencio III al comienzo del «Martillo». De esta forma, el dominico se aseguró la eficacia de su distribución, simulando una autorización papal que no era tal y que brindaba a la obra una oficialidad que, de no existir, hubiese provocado su secuestro en las máquinas de la imprenta. El invento de Gutenberg constituyó una auténtica revolución en la edición de libros, que debían mucho, en el desorbitado aumento de su difusión, al todavía reciente y revolucionario descubrimiento. Dicho avance en el mundo editorial supo aprovecharlo ingeniosamente Institor, como buen propagandista, al igual que la reciente aparición de la prensa, en una época en la que todavía se dejaban ver los efectos que causara, a lo largo de muchos siglos, el oscurantismo medieval, en el que el saber estaba reservado a unos pocos, en su mayoría eclesiásticos.

El éxito del «Martillo» fue enorme. Publicado en 1486, dos años después de que viese la luz la bula Summis desiderantes affectibus, en menos de dos siglos el Malleus Maleficarum contó con 29 ediciones. En 1520 ya contaba con 13 ediciones, mientras que entre 1547 y 1669 llegó a 16, si bien no constan el lugar ni la fecha de publicación. La obra de Krämer se erigió como fuente de inspiración de todos los tratados posteriores sobre el tema, a pesar de que su propia composición debía casi todo a textos previos tales como el Formicarius (1435) y el Praeceptorium, del teólogo alemán y prior dominico Johannes Nider.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Llevo una buena cantidad de años sumergiéndome en todo tipo de literatura relacionada con la brujería, la Inquisición y el ocultismo, pasión que comenzó con la llegada a la redacción de mi añorada revista Enigmas hace la friolera de casi 20 años. Así que cuando se publica un nuevo título centrado en el tema suelo estar atento y no tardar en hincarle el diente, y aunque abundan los textos superficiales o «corta-pega» en este mundo de edición a veces sin control física y digital, lo cierto es que algunos trabajos sorprenden por su meticulosidad y buen hacer.

Es el caso del ensayo Brujas. La locura de Europa en la Edad Moderna, que acaba de lanzar la editorial Debate, uno de los paladines de la divulgación histórica en nuestro país, de la autora Adela Muñoz Páez que, curiosamente, no es ni antropóloga ni historiadora, ni siquiera periodista, sino catedrática de Química Inorgánica en la Universidad de Sevilla, eso sí, responsable de exitosos libros de divulgación como Historia del Veneno (2012), Sabias (2017) y Marie Curie (2020), todos ellos publicados en Debate.

Muñoz Páez explora el proceso por el que a comienzos de la Edad Moderna, en el Viejo Continente hoy asolado por nuevas e incomprensibles guerras, se persiguió a centenares de miles de personas, la mayoría mujeres, y se asesinó, que quede constancia documental, a unas 60.000, en el marco de una sociedad patriarcal y temerosa de Dios, profundamente machista, en la que la Iglesia católica (y también la protestante, en cuyo seno se produjo una persecución mucho más virulenta y sanguinaria, mal que le pese a la leyenda negra) decidiría el rumbo a seguir de toda la sociedad, de reyes a labradores.

Alonso de Salazar y Frías

Una institución gobernada por hombres profundamente misógina y que convirtió a la mujer en el chivo expiatorio de todos los males, los del «averno» incluidos. Un libro, además, que desmonta mitos, como que España fue una de las naciones más intolerantes en este punto (fruto nuevamente de la leyenda negra, lo que no exime a nuestro país de ser uno de los principales azotes de protestantes y judaizantes), que las penas más crueles las impuso la Iglesia (no fue así, sino los tribunales civiles) o que la Inquisición fue el principal brazo ejecutor de la caza, pues, curiosamente, se erigió en uno de sus principales opositores (no en vano, fue precisamente el inquisidor burgalés Alonso de Salazar y Frías, que se incorporó al tribunal que juzgó el caso de las brujas de Zugarramurdi cuando ya se habían impuesto la mayoría de penas, el responsable de echar el freno a la Caza de Brujas en nuestro país).

Un completo recorrido por la brujería en la historia moderna que a pesar de su título no se circunscribe únicamente al continente europeo y también se ocupa de casos trasatlánticos como el de Salem, que tiene algunos puntos en común con el de Zugarramurdi (ficciones, presiones eclesiásticas, envidias, teriantropía…) aunque tuvo lugar casi 100 años después y a miles de kilómetros de los frondosos bosques navarros.

He aquí la forma de adquirir el ensayo:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/276340-libro-brujas-9788418619571#