Una mansión secreta en la campiña inglesa*

Alan Turing fue un personaje fundamental en la guerra de los códigos de la Segunda Guerra Mundial. Considerado el padre de la informática moderna, sería el responsable de descifrar los mensajes secretos de la máquina nazi Enigma junto a otros brillantes criptógrafos que libraron su propia guerra desde Bletchley Park.

En 1938, el servicio de Inteligencia británico se puso a buscar un lugar en el que instalar el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno y la Escuela de Cifrado (GC&CS, por sus siglas en inglés). Entonces se había sacado a subasta la mansión de Bletchley y sus terrenos, que hasta entonces había sido la vivienda de un rico corredor de bolsa y su mujer, un caserón victoriano que pronto se convertiría en el lugar más secreto de toda Inglaterra. El Gobierno compró parte del terreno y, en agosto de 1939, después de ejecutarse de forma silenciosa la transformación en una blindada instalación militar, el GC&CS trasladó allí su sede.

Turing

Bletchley tenía tres ventajas: a apenas 80 kilómetros de la capital, tenía comunicación directa a través de una vía férrea; se hallaba también relativamente cerca de las universidades de Oxford y Cambridge –donde el jefe del GC&CS reclutó a los mejores criptógrafos y matemáticos del país, entre ellos a Alan Turing–, y disponía de una línea de cableado telegráfico. Una gigantesca secuoya sirvió entonces para camuflar las enormes antenas destinadas a recibir los mensajes en clave del enemigo, interceptados a cientos de kilómetros de allí.

Churchill

Apenas unas semanas después comenzaba la Segunda Guerra Mundial y la carrera contrarreloj para descifrar, con los progresos polacos como base, los mensajes encriptados alemanes. A medida que fue creciendo el volumen de mensajes alemanes que había que «romper», aumentó la necesidad de un trabajo estructurado e industrializado. Los cuatro criptógrafos más destacados, Turing, Gordon Welchman, Stuart Milner-Barry y Hugh Alexander, escribieron una carta al primer ministro, Winston Churchill, muy interesado en lo que sucedía en Bletchley, pidiéndole más personal, algo que el premier ordenó inmediatamente. Así, lo que comenzó siendo una pequeña comunidad de criptoanalistas, pasó a convertirse en un inmenso centro de descodificación donde se reunieron las mentes más brillantes de toda Inglaterra, no solo criptoanalistas o matemáticos, sino también aquellos que eran buenos jugando al ajedrez o resolviendo crucigramas.

Hut 1

Los equipos de Bletchley Park trabajaban en cabañas o «casetas» prefabricadas (llamadas hut), en un total de quince barracones, cada una de las cuales tenía asignado un número en lugar de un nombre para mantener el secreto a toda costa. Por lo general, casi ningún especialista o radioperador que trabajaba en una cabaña conocía el trabajo que se estaba realizando en las otras. Por ejemplo, por citar solo alguna, la denominada «Cabaña 4» se utilizaba para descifrar los mensajes de Enigma enviados desde la «Cabaña 8», con datos de inteligencia diarios cruciales para las batallas en el Atlántico entre submarinos U-boat alemanes y los convoyes aliados. El engaño del Sistema de Doble Cruz que daría lugar a la «Operación Fortitude Sur», fue posible gracias a los mensajes procesados en la «Cabaña 4» los días previos al desembarco de Normandía.

Un grupo de «Rompedores de Códigos» en la Estación X, como se conocía entonces a Bletchley Park.
Enigma

Puestos que los nuevos rotores introducidos en Enigma producían millones de combinaciones posibles de texto cifrado, en Bletchley era necesario encontrar los cambios de los ajustes de la máquina, almacenar los mensajes alemanes –creándose un gigantesco fichero con miles de tarjetas con mensajes o datos recopilados de mensajes anteriores–, descifrarlos, traducirlos del alemán al inglés e interpretar su contenido, quizá el paso más complejo. La configuración del cifrado, una vez comenzó la guerra, cambiaba a diario, y cuantos más mensajes interceptados, se hacía necesario descifrar más rápido su contenido para que no perdieran valor.

Bombas Criptográficas

Bombe

Basándose en el dispositivo diseñado por Rejewski y su equipo, Alan Turing, con la ayuda de Gordon Welchman, construyó una serie de dispositivos electromecánicos a los que denominó Bombes («Bombas Criptográficas»), y cuyo nombre parecía hacer alusión al sonido similar al «tictac» de un reloj cuando generaban combinaciones, o al estruendo de varios de ellos funcionando a la vez. Otra versión apunta a que el nombre elegido aludía a un postre helado local. Estas gigantescas máquinas electrónicas –a las que el propio Turing bautizó con el poético nombre de «diosas de bronce»–, podían comprobar, a gran velocidad, cientos de combinaciones de letras posibles para reducir el número potencial de ajustes de la máquina Enigma de ese día. Con la «Bomba», aumentó la velocidad con la que los británicos podían descifrar el tráfico.

Typex Machine

Asimismo, en el complejo se utilizaban las Typex, una máquina de cifrado británica estándar modificada que lograban que funcionara como las Enigmas, con rotores, teclado y alimentación de papel con una impresora (la Enigma, a pesar de su gran parecido con la máquina de escribir compacta, no utilizaba papel). Las Typex se usaban para convertir el texto cifrado en alemán.

Hut 6

Aunque muchos de los miembros de la Inteligencia británica se mostraron recelosos con el ingenio de Turing, que este desarrolló gracias a los pasos dados por los matemáticos polacos y a haber desarrollado en Cambridge prácticamente la base teórica del ordenador moderno, la necesidad de doblegar a los nazis impuso su criterio y se construyeron las «Cabañas 11 y 11» –esta segunda construida dos años después– para alojar varias decenas de máquinas Bombe que trabajaban de forma ininterrumpida.

Aunque Turing y sus «Bombas» supusieron un gran avance para romper el código Enigma, en Bletchley Park se realizó un impresionante trabajo en equipo en el que todas las aportaciones fueron importantes. Cada una por separado no habrían permitido a los ingleses cosechar el éxito que lograron. Por ejemplo, en 1941, el equipo liderado por el ya citado Dillwyn Knox –un excéntrico personaje que a veces trabajaba en pijama y bata–, el formado por oficiales de la Women’s Royal Naval Service, usando la técnica del rodding, descifró el código naval italiano tras la batalla de Matapan. Tras recuperar blocs de notas y documentos de codificación de Enigma de los submarinos alemanes, junto con transmisiones meteorológicas, pudieron leer finalmente los mensajes de la Enigma que utilizaba la Marina alemana. La obtención de aquellos documentos de codificación alemanes fue posible gracias a que el 7 de mayo de 1941, la Armada Real Británica capturó deliberadamente un barco meteorológico alemán, junto con equipos y código cifrado, y dos días después se capturó el submarino U-110 de la Kriegsmarine, que iba equipado con una máquina Enigma, un libro de códigos, un manual de operaciones y otras informaciones vitales para romper el tráfico submarino de mensajes codificados.

Shaun Wylie

Sin embargo, en febrero de 1942 los alemanes introdujeron una máquina Enigma de cuatro rotores en sus submarinos, mucho más compleja y a la que denominaron con el nombre en clave de Shark. En octubre de ese año, los tripulantes del HMS Petard, arriesgando sus vidas, recuperaron del U-559 que había sido derribado, antes de que se fuera a pique, dos libros de códigos de señales cortas alemanas. Tras enviarlos a Bletchley, Shaun Wylie y los criptógrafos de la «Cabaña 8» consiguieron descifrar Shark. Aquello fue muy importante para tomar ventaja en la batalla del Atlántico que estaba causando millares de muertes y una pérdida incalculable de materiales y provisiones de los aliados. Y así más y más logros en equipo: en 1943, los alemanes, desconfiados de la seguridad de sus transmisiones, introducen un nuevo código meteorológico corto, pero una vez más los especialistas que trabajan en la «Cabaña 8» logran evitar otro «apagón» en la decodificación de mensajes gracias a la introducción de Bombes más rápidas. Shark se vuelve a redescifrar en apenas diez días.

Lorenz

Sin embargo, los alemanes también codificaban con otra máquina conocida como Lorenz, más grande, pesada y compleja que Enigma. Sin embargo, como sucediera aquel lejano día en que los polacos pudieron hacerse, gracias al despiste alemán, con una máquina Enigma en Varsovia, a los aliados volvió a sonreírles la suerte: un operador germano erró al usar Lorenz, enviando un mensaje con la misma configuración de encriptado dos veces –la segunda, usando abreviaturas–, lo que permitió a John Tiltman, jefe de criptografía en Bletchley Park, descifrar su hasta entonces «irrompible» código.

Colossus, el primer ordenador

Colossus

Mientras los alemanes complican el cifrado tanto de Lorenz como de Enigma, en Bletchley hacen llamar a Tommy Flowers, ingeniero del servicio postal. Este, junto a Max Newman, diseñará y construirá el primer ordenador semiprogramable del mundo, al que bautizaron como Colossus, permitiendo doblar el éxito del trabajo de los criptoanalistas de la campiña inglesa.

Eisenhower en vísperas del Día D.

Colossus descifró un mensaje crucial: nada menos que la confirmación de que el ejército alemán esperaba una invasión masiva en Calais, una información decisiva para que el general Dwight Eisenhower se decidiera por Normandía para que tuviera lugar el gigantesco desembarco del 6 de junio de 1944. Los historiadores están convencidos de que los avances realizados en aquel complejo ultrasecreto permitieron que la duración de la guerra más feroz que había conocido el hombre se acortara en dos años. Sin embargo, los logros conseguidos en aquella mansión victoriana lejos de miradas indiscretas continuarían siendo un secreto después de la guerra.

El trágico final de un héroe

Turing, que, a pesar de su carácter excéntrico y su comportamiento asocial, se había convertido en un auténtico héroe de Bletchley y había sido condecorado con la Orden del Imperio Británico –eso sí, no podía divulgar la razón de aquel honor patrio–, en 1952 se enfrentó, a pesar de su impagable contribución al esfuerzo de guerra, a una acusación criminal tras confesar, durante un interrogatorio tras interponer una denuncia por robo –irónicamente, había acudido a las autoridades para buscar justicia–, que había mantenido relaciones sexuales con otros hombres, algo que estaba prohibido en Inglaterra.

Se le imputaron los cargos de «indecencia grave y perversión sexual», los mismos que había enfrentado el escritor también inglés Oscar Wilde medio siglo antes. Dos años después del juicio, a los 42 años, Turing apareció muerto en su casa de Manchester, al parecer tras comer parte de una manzana impregnada con cianuro. Aunque oficialmente el caso fue cerrado como suicidio, aquella misteriosa muerte dio origen a distintas teorías, entre ellas la del asesinato, algo que no ha podido demostrarse.

Turing

En 2009, el entonces primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown, emitía un comunicado en el que pedía disculpas en nombre del Gobierno de Su Majestad y la nación por la ignominiosa persecución a Turing, reconociendo la gratitud que debían a este, al igual que a sus compañeros en Bletchley, los aliados. El 14 de abril de 2015, saltaba la noticia de que un «manuscrito perdido» del matemático de Cambridge –un bloc de notas de 56 páginas escrito de su puño y letra, que data de antes de 1942 y que le dejó a su amigo Robin Gandy cuando estaba en pleno proceso de descodificación del código nazi en la mansión victoriana–, había sido subastado por más de un millón de dólares por la casa Bonhams. Su nombre tenía los reconocimientos que sus contemporáneos le negaron.

Décadas de secretos

John Cairncross

En relación con Bletchley Park, el autor británico Sinclair McKay señala que «Hacia el final de la guerra, el complejo era la mayor factoría de secretos jamás construida». Sin embargo, cuando se puso fin al conflicto, Churchill, ordenó destruir todas las instalaciones militares de Bletchley, incluidas las bombas, las Enigma y todos los artilugios empleados para romper el código alemán. Probablemente lo hizo para evitar que los soviéticos se hicieran con dichos secretos a las puertas de la Guerra Fría. Curiosamente, los rusos no solo sabían de la existencia de Enigma gracias a un espía infiltrado en el mismo Bletchley Park (John Cairncross, que trabajaba en la Cabaña –Hut– 3 y que sería uno de los «cinco de Cambridge»), sino que también disponían de sus propias unidades que usaron con fines militares y estratégicos. Se ordenó el secreto y en 1960 se destruyó además la última unidad de Colossus, estando, hasta 1975, vigente una ley británica que prohibía la mera divulgación de su existencia.

Winterbottam

No fue hasta 1967 que David Kahn publicó el libro John Cairncross(«Rompedores de Códigos»), que describía la captura de la Enigma naval del U-505, y aludía a la existencia de un complejo en el que numerosas máquinas «que llenaban varios edificios» permitían leer los mensajes. En 1974, el exoficial de inteligencia F. W. Wintherbottam publicaba su libro y abría la caja de Pandora para que los investigadores comenzaran a indagar qué sucedió en aquel recóndito y hermoso paraje de Bletchley Park durante la guerra.

En febrero de 2006, gracias a un programa de traducción llamado «Proyecto M4», los especialistas lograron descifrar uno de los últimos mensajes que quedaban por descifrar de Enigma tras la rendición alemana, enviado por un submarino desde el Atlántico señalando que se había visto obligado a sumergirse durante un ataque, facilitando las coordenadas de la última localización del enemigo.

Hoy, Bletchley Park, que estuvo a punto de ser demolido en los años 90 para construir un centro comercial, gracias a la campaña iniciada en 2011 con el nombre de Saving Bletchley Park, es un museo visitado cada fin de semana por miles de turistas que recuerda que allí, en tiempos del mal, un grupo de héroes luchó día y noche por la victoria. Su sacrificio permitió ganar una guerra.

*Este texto ha sido extraído del libro Espías de Hitler, Ediciones Luciérnaga, de Óscar Herradón.

PARA SABER MÁS:

De la mano de Pinolia podemos disfrutar del libro Alan Turing: el legado de un genio, coordinado por Daniel Torregrosa, que realiza un minucioso recorrido por la vida y obra del matemático británico desde los tiempos de la decodificación de Enigma hasta la revolución digital en la que estamos inmersos, sobrecogidos por la misma IA y sus múltiples posibilidades –y peligros– que no existiría sin los avances desarrollados por el propio matemático británico.

Visionario, genio matemático, héroe de guerra como hemos visto en el post y víctima de una injusticia histórica, Alan Turing emerge en estas páginas como una de las figuras más influyentes del siglo XX. Su mente prodigiosa estableció los cimientos de la informática moderna y la inteligencia artificial, mientras su vida ejemplifica la lucha contra los prejuicios de una época que no supo comprender su brillantez. Este volumen colectivo traza un recorrido cautivador por su extraordinaria trayectoria: desde una infancia caracterizada por una curiosidad insaciable hasta su decisiva labor en Bletchley Park, esa mansión secreta en la campiña inglesa a 80 kilómetros de la City, donde su ingenio resultó determinante para descifrar los códigos nazis y precipitar el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Esta vibrante obra profundiza en sus contribuciones pioneras como la máquina de Turing, concepto revolucionario que sentó las bases teóricas de la computación moderna, junto con su célebre test de Turing, piedra angular en el desarrollo de la inteligencia artificial que continúa desafiando a científicos e ingenieros en la actualidad. A través de un análisis riguroso pero ameno y accesible a todos los públicos, este libro reivindica la figura esencial de Turing y propone una reflexión necesaria sobre cómo sus descubrimientos fundamentales en programación, algoritmos y computación teórica transforman constantemente nuestro presente tecnológico. Una poderosa historia de genialidad, resiliencia y visión científica que sigue inspirando a nuevas generaciones de innovadores y pensadores de todo el mundo.

He aquí el enlace para adquirir esta obra en la web de la editorial:

Hades y el oráculo de los muertos (II)

Fermín Bocos realiza un erudito, directo e irónico recorrido por algunos de los mitos y rituales más notorios del mundo clásico en su último libro, Zeus y familia. Dioses, templos y héroes, que ha publicado la editorial Ariel. Uno de los temas que trata es el de los oráculos, concretamente el de Éfira, que la tradición vincula con el Hades, el inframundo griego. Viajamos hasta allí para desvelar sus secretos.

Óscar Herradón ©

Los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes, convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera; le daba una piedra y le ordenaba que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se encontraba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Hades y Perséfone

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba, según la leyenda, un laberinto que Dakaris efectivamenteencontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada, en medio de un ambiente asfixiante. Los sacerdotes habían avisado previamente al consultante de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquél que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotiris Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podían escuchar un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia.

Entidades de ultratumba

En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme caldero de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del recipiente. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del que realizaba la pregunta- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores citados hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que obtenían del mismo, sutilmente, la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada a sus inquietudes. Toda una puesta en escena ancestral.

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

Imágenes: Wikimedia Commons. Free License

PARA SABER MÁS:

En Zeus y familia. Dioses, héroes y templos, el veterano escritor y periodista Fermín Bocos (que en Viaje a las puertas del infierno, también publicado por Ariel, se sumergió en los insondables secretos del Hades y los oráculos de la antigüedad) nos presenta esta historia y muchas otras en una obra que rezuma amor por la historia, la filosofía y el arte, y que lanza puentes con el presente «para dejar constancia de la influyente vigencia que la producción intelectual de griegos y romanos tiene hoy en día». Un sucinto muestrario de divinidades olímpicas y de otras entidades de la Antigüedad; un recorrido subjetivo, divertido y culto a la vez que contribuye a desvelar parte de los misterios de nuestro pasado fundacional.

Hades y el Oráculo de los Muertos (I)

Fermín Bocos realiza un erudito, conciso e irónico recorrido por algunos de los mitos y rituales más notorios del mundo clásico en su último libro, Zeus y familia. Dioses, templos y héroes, que ha publicado la editorial Ariel. Uno de los temas que trata es el de los oráculos, concretamente el de Éfira, que la tradición vincula con el Hades, el inframundo griego. Viajamos hasta allí para desvelar sus secretos.

Óscar Herradón ©

Conocer el designio de los dioses y de las estrellas. Ese ha sido uno de los principales anhelos del hombre desde tiempos inmemoriales. Adivinar el futuro, conocer qué nos deparará esa rara avis llamada destino, más ahora que todo es tan incierto, los efectos del coronavirus siguen azotando nuestras vidas y la crisis económica y social se dilata a causa de la maldita guerra de Ucrania, que ya lleva seis meses y que Putin se empeña en seguir llamando «operación militar especial». Eso por no hablar de los fenómenos climáticos extremos o la incertidumbre… en prácticamente todos los ámbitos del día a día. En un tiempo de pitonisas, adivinos bronceados y programas televisivos de tarot –por suerte a horas intempestivas–, son pocos los que se preguntan sobre el origen y el verdadero significado de la adivinación y cómo el hombre recurrió a esta práctica –en la que se daban la mano el ingenio del adivino y supuestas fuerzas ocultas– para sacar provecho de ella.

En la antigüedad fueron casi todos los pueblos que hicieron uso de la adivinación –griegos, romanos, caldeos, babilonios, hebreos, fenicios…– a través de unos lugares, o personajes, destinados exclusivamente al vaticinio de lo que estaba por venir: los oráculos. Dispersos por numerosos rincones del mundo antiguo, estos enclaves mágicos fueron centro de peregrinaje de miles de personas de toda condición y eran consultados también por grandes mandatarios como el emperador Romano Adriano o Alejandro Magno. A través de los mismos pretendían cerciorarse de que los hados estaban de su parte, o, por el contrario, que no lo estaban, una información que, aunque ambigua, podría ser muy útil a la hora de orquestar una operación política o emprender una batalla contra los enemigos.

Oráculos como el de Delfos, el de Olimpia o el del oasis de Siwa, en Egipto, forman parte del imaginario colectivo, centros de saber de tiempos pretéritos en los que se adivinaba el porvenir mediante oscuras artes de difícil comprensión para el hombre moderno, lugares muy alejados de la intencionalidad con la que hoy cualquiera armado de una bola de cristal, incienso de colores, un sombrero hortera y una línea telefónica puede «leer» el futuro, desvirtuando artes milenarias como la quiromancia o el Tarot y aconsejar al más incauto el rumbo que debe tomar su desdichada vida. Pero, ¿en qué consistían esos oráculos? ¿Qué había de cierto en las artes que desempeñaban los sacerdotes y pitonisas que estaban a su cuidado? ¿Existió fraude? ¿Se adivinaba realmente el futuro? Cuestiones de difícil respuesta.

Nekromanteion de Aqueronte

Dakaris

Uno de los oráculos más célebres –y tétricos– de la antigüedad se hallaba en Éfira, y era conocido popularmente como «el oráculo de los muertos». En 1958 el arqueólogo experto en la Grecia clásica Sotiris Dakaris situó el lugar histórico donde supuestamente se levantaba el oráculo, basándose en textos clásicos de Homero y Heródoto. Según el autor de la Ilíada, «la oscura morada del Hades» se situaría en «los bosques consagrados a Perséfone», donde crecen «elevados álamos y estériles sauces«, y donde «el Piriflegetonte y el Cocito, que es un arroyo tributario de la laguna Estigia, llevan sus aguas al Aqueronte». El mito y la realidad se confundían; una descripción topográfica que parecía corresponderse con un lugar real. Al parecer, donde aun hoy el Piriflegetonte (o Flegetón) desemboca en el Cocito y este se vierte en el Aqueronte corresponde con los restos de Éfira. Allí, si hacemos caso de los textos clásicos, se hallaría la entrada al Hades, al infierno de los griegos.

Sea como fuere, Dakaris se personó en el lugar, donde se hallaban los restos de una pequeña iglesia bizantina situada al lado de un cementerio y comenzó a excavar con el permiso de la Sociedad Arqueológica de Grecia, que aceptó correr con los gastos. Entre 1958 y 1964, Dakaris exhumó todo un cementerio, colocó una losa de hormigón armado debajo de la pequeña iglesia bizantina y la socavó sin dañar la capilla. En 1970 continuó con las excavaciones y dejó al descubierto un rectángulo de 62 por 46 metros que se correspondía –al menos para el arqueólogo sin duda alguna– al oráculo de Éfira.

Siguiendo relatos como el de la Odisea, el milenario oráculo presentaba un aspecto confuso: largos pasillos en cuyas paredes se abrían puertas estrechas que conducían a habitaciones minúsculas, corredores que en cualquier momento cambiaban de dirección, como para confundir al visitante, pasadizos laberínticos que conducían a las habitaciones de un santuario central sobre el que en la actualidad se levantaba la iglesia… Dakaris descubrió un foso de dos metros de profundidad en el que los arqueólogos hallaron los restos de cuatro ventrudas vasijas de barro de al menos un diámetro cada una que estaban destinadas, en tiempos pretéritos, a contener los sacrificios con los que el consultante del oráculo debía pagar para que se realizase su deseo. Algo similar a lo que le ocurría a Odiseo en el relato clásico y que da un indicio de que Homero debió conocer el oráculo de Éfira y los siniestros cultos que allí oficiaban sus sacerdotes.

Un lugar que todavía hoy, a pesar de la ruindad, sigue manteniendo un aura siniestra. En la entrada, aquel que quería consultar el oráculo dejaba los sacrificios que ofrecía y allí también debía pronunciar la pregunta que quería plantear al difunto, pues en este enclave eran los difuntos los que «hablaban», de ahí que sea conocido como el oráculo de los muertos.

Delante de la entrada se hallaban las viviendas de los sacerdotes y de las personas que acudían al lugar. Una vez que el consultante –en ocasiones pasado cierto tiempo– conseguía entrar, permanecería sin ver la luz del sol nada menos que veintinueve días, sin excepción, confiándose ciegamente a la guía de un sacerdote, sin saber qué era lo que le esperaba en el interior del lúgubre recinto.

Conduciendo y casi empujando al visitante, el sacerdote recorría con éste un oscuro pasillo mientras murmuraba sin interrupción extrañas oraciones y letanías. A la izquierda del pasillo, en una estancia de apenas veinte metros cuadrados, el consultante pasaba los primeros días como si fueran una única e interminable noche. Al parecer, los consultantes del oráculo recibían todo lo necesario para entrar en un estado que favoreciera el trance, una especie de sueño oratorio, pues Dakaris y su equipo hallaron montones de negruzcos pedazos de hachís en el interior de las estancias. El sueño oratorio era conocido por los babilonios, los egipcios y por supuesto los griegos, y Heródoto cuenta que los zasamones tenían también el don de la profecía: se instalaban junto a la tumba de sus antepasados para dormir allí y recibir en sueños la revelación del futuro. Asimismo, también el sueño formaba parte del culto a Isis y Serapis y, según Diodoro, tenía efectos de tipo curativo.

Esto post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

PARA SABER MÁS:

En Zeus y familia. Dioses, héroes y templos, el veterano escritor y periodista Fermín Bocos (que en Viaje a las puertas del infierno, también publicado por Ariel, se sumergió en los insondables secretos del Hades y los oráculos de la antigüedad) nos presenta esta historia y muchas otras en una obra que rezuma amor por la historia, la filosofía y el arte, y que lanza puentes con el presente «para dejar constancia de la influyente vigencia que la producción intelectual de griegos y romanos tiene hoy en día». Un sucinto muestrario de divinidades olímpicas y de otras entidades de la Antigüedad; un recorrido subjetivo, divertido y culto que a la vez que contribuye a desvelar parte de los misterios de nuestro pasado fundacional.