Ibáñez. Dos series completas

La Editorial Bruguera desentierra el borrador con el que un veinteañero de Barcelona, un tal Francisco Ibáñez (con los años, creador de personajes inmortales de la viñeta como Mortadelo y Filemón, Rompetechos o Pepe Gotera y Otilio) inventó la gramática cómica que dominaría el tebeo español durante seis décadas.

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Antes de Mortadelo y Filemón, antes de Rompetechos y de los vecinos de 13 Rue del Percebe, hubo un jefe despótico, un empleado condenado al fracaso y una fórmula de humor que Francisco Ibáñez ensayó, perfeccionó y repitió hasta construir con ella un imperio de viñetas. Bruguera recupera ahora esas dos series primerizas en un volumen que funciona como acta de nacimiento del genio.

El libro Ibáñez. Dos series completas que construyeron al genio reúne, íntegras, dos de las primeras series con las que Ibáñez se estrenó en Bruguera, publicadas en tapa dura en formato de lujo. La editorial lo presenta explícitamente como un viaje a los orígenes de los tebeos que marcaron la infancia de todo un país, en la línea de otros rescates similares como Los 200 primeros casos de Mortadelo y Filemón, y subraya que, aunque las dos series juntas no llegan a las trescientas páginas, pueden considerarse fundacionales porque los gags y las dinámicas que Ibáñez ensaya en ellas reaparecerán después, ya pulidas, en el resto de su obra.

Misma pareja disfuncional, dos disfraces distintos

Godofredo y Pascualino, viven del deporte fino, transcurre en una agencia de representación deportiva regentada por Godofredo, un jefe déspota y malhumorado, y Pascualino, un empleado bajito y calvo cuyo sueño de triunfar como estrella del deporte queda siempre frustrado por su propio superior. Ande, ríase «usté» con el arca de Noé traslada el mismo esquema a una agencia que suministra animales exóticos a sus clientes: Noé ejerce de jefe gruñón y su empleado Pepe encaja los golpes, con el añadido de un pulpo que remata los gags imitando los gestos de su dueño.

El editor Jordi Canyissà resume el propósito último del volumen con una idea que vale como declaración de intenciones: sostiene que los grandes artistas no tienen obras menores, sino a lo sumo obras breves o poco conocidas, y confía en que a partir de ahora los lectores de Ibáñez añadan El arca de Noé y Godofredo y Pascualino a la lista de sus grandes títulos, junto a Mortadelo y Filemón, Rompetechos o Pepe Gotera y Otilio.

Lo más revelador de este rescate editorial es que confirma, documento en mano, algo que la crítica académica angloparlante ya había detectado en la obra tardía de Ibáñez: la existencia de una fórmula que el autor reutilizó una y otra vez. Un análisis publicado por el programa de español de la Universidad de Texas en Austin, centrado en el nacimiento de Pepe Gotera y Otilio, sitúa precisamente a estas dos series de comienzos de los sesenta como antecedentes directos de esa fórmula: describe cómo, tras el debut de Mortadelo y Filemón, Ibáñez encadenó varias tiras de vida corta construidas sobre la misma dialéctica violenta entre un superior recto y un subordinado de comportamiento más extravagante, ambos igualmente incompetentes y condenados al fracaso en su campo profesional, un esquema que en 1966 el autor terminaría trasladando a una empresa de reparaciones para dar forma a Pepe Gotera y Otilio. Leído así, el libro de Bruguera que estamos comentando no es solo una curiosidad arqueológica para completistas: es la prueba en viñetas de que Ibáñez tardó apenas un par de intentos en encontrar la ecuación cómica que sostendría el resto de su carrera.

Del debut en Pulgarcito a los semáforos de Barcelona

Francisco Ibáñez Talavera nació en Barcelona en 1936 y murió en la misma ciudad en julio de 2023, a los ochenta y siete años. Es sin duda uno de los autores de tebeo más prolíficos y conocidos de España, con series tan populares como Mort & Phil, Rompetechos, 13, Rue del Percebe, El botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio o Chicha, Tato y Clodoveo. Su trayectoria en Bruguera se prolongó durante décadas y le valió, entre otros reconocimientos, el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona en 1994: la propia organización del salón, en la versión inglesa de su web, recuerda que Ibáñez fue siempre una presencia habitual en el certamen, con sesiones de firmas en prácticamente todas sus ediciones, y que además de ganar aquel Gran Premio llegó a firmar el cartel de la trigésimo cuarta edición del festival.

Su muerte en 2023 generó un duelo que trascendió lo puramente literario y se instaló en el espacio urbano de su ciudad natal: el ayuntamiento de Barcelona instaló varios semáforos con las siluetas de Mortadelo y Filemón como homenaje al ilustrador fallecido, un gesto que convirtió a sus dos personajes más queridos en parte del mobiliario urbano de la ciudad que los vio nacer.

La genealogía completa de un clásico

Lo que aporta este volumen de Bruguera no es un descubrimiento sensacional ni una revelación biográfica, sino algo más valioso para quien quiera entender de verdad la mecánica del humor de Ibáñez: la posibilidad de ver, sin intermediarios, el laboratorio donde se cocinó esa mecánica antes de que el inolvidable autor diera con sus personajes definitivos. Godofredo y Pascualino y El arca de Noé no resisten la comparación con Mortadelo y Filemón en términos de ambición narrativa, pero tampoco lo pretenden; su valor es genealógico, el de ver a un dibujante de veintipocos años tanteando, serie tras serie, la misma pareja de opuestos hasta dar con la combinación que funcionaría durante más de sesenta años. Ahí es nada. Para el lector curioso por los orígenes del tebeo español, y no solo por sus resultados más célebres, este es exactamente el tipo de rescate editorial que justifica su propia existencia.

Mecanoscrito del Segundo Origen (Planeta Cómic)

Coincidiendo con el cincuenta aniversario de la publicación de la novela original en castellano, una joya de la ciencia ficción distópica firmada por Manuel de Pedrolo, Planeta Cómic lanza la adaptación gráfica de Mecanoscrito del Segundo Origen, obra de Martín Pardo.

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Pedrolo.

La novela en la que se inspira fue publicada en catalán en 1974 bajo el título de Mecanoscrit del segon origen, una obra que se ha convertido, contra todo pronóstico en el momento en que vio la luz, hace más de medio siglo, en una de las novelas más brillantes e influyentes de la ciencia ficción catalana, y por ende española, del siglo XX, con ideas que anticiparon lugares comunes posteriores de un género tan arriesgado en una España aún en blanco y negro que vivía sumida en los estertores de la dictadura.

Un texto capital y popular de la cultura peninsular que ya fue adaptado en viñeta en 1984 en una versión firmada por J. M. Guerra e Isidre Monés y que al año siguiente tomaría la forma de serie de televisión y, muchos años después, en 2015, de largometraje, no muy convincente, dirigido por Carles Porta. La trama sigue a Alba, de catorce años, y a Dídac, de nueve, únicos supervivientes de un ataque alienígena que borra a la humanidad del mapa. A partir de ese punto de partida catastrofista, la narración da un giro hacia el relato de supervivencia posapocalíptica, después de que la Tierra quede convertida en una suerte de espacio virgen sobre el que los dos jóvenes protagonistas deberán edificar la nueva civilización, intentando evitar antes, con todos los medios a su alcance, la extinción definitiva de la especie humana.

Ficción especulativa para burlar la censura

Esta adaptación gráfica de la novela original, por parte de Martín Pardo, ilustrador reconocido por su capacidad de condensar grandes cantidades de información en pocas viñetas, es una apuesta visualmente fiel al material de partida, sin profusión textual, que a la vez actualiza el texto para las nuevas generaciones de lectores. Así, nos encontramos con una relectura fresca y gráficamente poderosa sobre este magnífico ejercicio de ficción especulativa ya veterano, que no ha perdido un ápice de actualidad, pues Pedrolo escribió bajo la sombra de la censura franquista, y esa lectura también política, entre líneas, de su historia, que va más allá de una mera aventura juvenil –lo que en un primer momento parece arrojar su trama general– cobra una vigencia innegable en estos tiempos de fuerte polarización política, el despertar de viejos fantasmas y nuevas censuras (sí, hoy, de nuevo, se prohíben textos y se quedan otros, y eso en países supuestamente democráticos).

El resultado es una novela gráfica, en cartoné, fascinante, que Planeta Cómic publicó recientemente y que es de obligada lectura tanto para fans del sci-fi y la ciencia ficción apocalíptica como para los amantes del noveno arte en general.

Capitán América. El Regreso del Soldado de Invierno (Panini)

Panini Cómics publica, en Marvel Integral, el final de la etapa del guionista Ed Brubaker al frente de las aventuras del Capitán América y de su viejo colega Bucky Barnes, en un fin de ciclo memorable.

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Esta edición integral recoge los últimos números de la doble columna vertebral del final de la etapa de Ed Brubaker en el universo del Capitán América: por un lado, la serie regular con Steve Rogers, y por otro, la conclusión de la serie en solitario de Bucky Barnes (el Soldado de Invierno). Juntos, estos números forman el cierre de una de las etapas más influyentes de la Casa de las Ideas en el siglo XXI, el que se ha convertido, sin discusión posible, en la pieza más redonda de la mitología del Capitán América desde el propio Jack Kirby.

¿Antihéroe o superhéroe?

Dado por muerto ante el resto del mundo y con la Viuda Negra como aliada y amante, Bucky Barnes quedará firmemente situado en el sombrío mundo de la acción de espías en los nueve últimos números de su serie en solitario. Una historia de búsqueda y de redención. Y otro acierto es su villano, el antagonista, Leo Novokov, el último agente del programa Soldado de Invierno aparte de Bucky, una amenaza eficaz y desquiciada. Hay también algunos divertidos cameos de Ojo de Halcón (Hawkeye) y Lobezno (Wolverine). El final, que por supuesto no desvelaremos, guarda sorpresa y es todo un shock.

Sin duda el gran activo artístico del volumen es el dibujante Butch Guice, que ya colaborara previamente con el autor en Capitán América de 2004 y que aquí está en plenitud de facultades: sus páginas son oscuras, ásperas y angulosas, perfectas para el relato de suspense con ecos pulp de Brubaker. También destaca el trabajo de la colorista Bettie Breitweiser que destaca por sus naranjas y amarillos que chocan y hacen un fuerte contraste con azules y grises –las secuencias de flashback incorporan sangre con verdes apagados en los paneles angulares y redondos, únicos de Guice–.

Ed Brubaker reconceptualizó por completo la mitología del Capitán América y el papel de Bucky en la misma. No fue solo el hecho de devolverlo a la vida, sino de convertirlo en un comando, un asesino, un soldado, frente al héroe que saltaba a la batalla como símbolo patriótico con su escudo, trama que daría pie a la segunda parte de la saga homónima en la pantalla grande protagonizada por Chris Evans como el «Capi» y por Sebastian Stan (a quien hemos visto recientemente encarnando a un joven Donald Trump en la muy recomendable película The Apprentice, que narra el ascenso al poder del magnate neoyorquino) como el Soldado de Invierno; quedando así Barnes anclado en las historias de espionaje de los años cincuenta y sesenta de Marvel, en las que Brubaker se mueve como pez en el agua, con una historia que conecta con Nick Furia y la citada Viuda Negra, mientras un grupo de antiguos villanos pasan al programa de protección de testigos.

El espectacular fin de la gran etapa de Ed Brubaker al frente de estos dos personajes capitales de Marvel.