La trilogía del contrato con Dios

El inolvidable Will Eisner (1917-2005), creador de The Spirit, presenta cuatro historias sobre la vida en la avenida Dropsie, un barrio del Bronx, en Nueva York. La historia que da título a la obra fue la forma en la que el autor procesó la muerte de su hija Alice, de dieciséis años. Una obra maestra de la novela gráfica.

Óscar Herradón ©

La trilogía del contrato con Dios –que publica Norma Editorial en una edición de lujo en estuche–, el ciclo que Will Eisner tejió sobre la ficticia Dropsie Avenue del Bronx, no es solo el origen simbólico de la novela gráfica moderna sino una obra que envejece con una densidad narrativa poco común en el medio. Publicada por primera vez en 1978 y cerrada en 1995 con «Dropsie Avenue: The Neighborhood», la trilogía reúne tres volúmenes de extensión y ambición crecientes: Contrato con Dios y otras historias de los Tenements («A Contract with God and Other Tenement Stories» en la edición original), Ansia de Vivir («A Life Force») y Avenida Dropsie («Dropsie Avenue»). Norton los recopiló en un único volumen ya en el siglo XXI.

El primer libro está formado por cuatro relatos autoconclusivos ambientados en el número 55 de Dropsie Avenue durante la Depresión: la historia que da título al conjunto, sobre un hombre religioso que reniega de Dios tras la muerte de su hija adoptiva; The Street Singer, en la que una diva venida a menos intenta seducir a un joven cantante callejero que a su vez trata de aprovecharse de ella; The Super, centrada en un portero antisemita que se suicida tras ser acusado de pedofilia; y Cookalein, que entrelaza a varios personajes durante unas vacaciones en los Catskills.

Las historias están unidas temáticamente por motivos de frustración, desilusión, violencia y cuestiones de identidad étnica, y Eisner recurre a grandes imágenes monocromáticas en perspectiva dramática, con énfasis en las expresiones faciales caricaturizadas de los personajes, sin los bordes tradicionales de las viñetas. Esa disolución del marco es, de hecho, el hallazgo formal más citado de todo el libro: el texto deja de flotar en globos superpuestos al dibujo para integrarse en la propia imagen.

La reseña de Shelf Abuse señala algo que a menudo se pasa por alto en las lecturas más devocionales de Eisner: su perspectiva sobre la pobreza es curiosamente poco compasiva, y sus personajes, lejos del arquetipo del inmigrante digno y sufriente, se aferran a cualquier pequeño talento que puedan tener para sobrevivir. Es una observación importante porque corrige la lectura sentimental que a veces se hace de Eisner como cronista nostálgico del gueto judío: no hay nostalgia amable en Avenida Dropsie, hay más bien un darwinismo social filmado con la cámara pegada al asfalto. El mismo texto detalla que el relato que da título al libro nace de la muerte real de la hija del autor a los dieciséis años, lo que explica la intensidad casi confesional de esa primera pieza frente al resto del volumen. 

Ansia de Vivir, el segundo tomo, amplía el elenco y el ámbito histórico: se sitúa en 1934, con el carpintero Jacob Shtarkah despedido de una sinagoga después de haber invertido cinco años construyendo una sala de estudio que terminará llevando el nombre de otro donante más generoso. Eisner reúne aquí un elenco enorme de personajes neoyorquinos, como algo salido de una novela de Theodore Dreiser, y deja que el mundo exterior –el Holocausto, el agitador de izquierdas, las sucesivas oleadas de inmigración– se filtre en una comunidad hasta entonces insular. Es el volumen más «histórico» de los tres en sentido estricto, mitad relato mitad lección de historia social del judaísmo neoyorquino, como apunta jweekly (The Jewish News of Northern California).

Esiner en 2004.

El tercer libro, Avenida Dropsie, es probablemente el más ambicioso desde el punto de vista estructural y el que más divide a la crítica en cuanto a logro. Eisner abandona aquí al protagonista individual y convierte a la propia calle en personaje, narrando cuatro siglos de historia urbana. El autor traza la trayectoria social de esta avenida mítica a lo largo de cuatro siglos, creando un panorama arrollador de la ciudad y sus sucesivas oleadas de nuevos residentes –holandeses, ingleses, irlandeses, judíos, afroamericanos y puertorriqueños– cuyos rostros cambiaban pero cuyas vidas presentaban una interminable historia de vida, muerte y resurrección.

Shelf Abuse coincide en que este último volumen es distinto a cualquier otra cosa jamás escrita en el mundo del cómic, comprimiendo cien años y generaciones enteras en apenas ciento setenta páginas, lo que produce una experiencia narrativa vertiginosa que exige más de una lectura.

El espaldarazo académico definitivo llegó en 2023, cuando Norton incorporó Contrato con Dios a su colección de ediciones críticas, hasta entonces reservada casi en exclusiva al canon literario clásico. La edición, preparada por el especialista en cómic Jared Gardner, incluye extractos de Ansia de Vivir, Invisible People y Avenida Dropsie, más una sección de reseñas y valoraciones de contemporáneos de Eisner extraídas de revistas de arte y cómic de la época, y otra de crítica moderna que analiza su obra en relación con el arte, la raza y la historia infrarrepresentada. Se trata de una obra fundacional cuyo interés no depende de su valor histórico. El propio John Updike resumía la paradoja de la recepción de Eisner al decir que estaba no solo adelantado a su tiempo, sino que los tiempos actuales todavía lo están alcanzando. Y si hay que quedarse con un solo libro de los tres para quien no vaya a leer la trilogía entera, la crítica anglosajona coincide de forma poco habitual: es Avenida Dropsie el que mejor demuestra que Eisner no inventó solo la novela gráfica, sino una ambición narrativa –la de convertir un lugar, más que un personaje, en el verdadero sujeto de la historia– que muy pocos autores posteriores del medio han sabido igualar.

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