Gung Ho. Integral

El guionista Benjamin von Eckartsberg y el dibujante Thomy von Kummant firman un vertiginoso thriller de ciencia ficción protagonizado por un grupo de jóvenes empeñados en vivir (y morir) a todo gas, que ahora publica en castellano, en una alucinante edición integral, Norma Editorial.

Óscar Herradón ©

Después del colapso global, el género humano ha descendido varios peldaños en la cadena alimenticia. Los supervivientes se concentran en colonias militarizadas, ferozmente defendidas contra «la plaga blanca», un supersimio que se ha adueñado del planeta a fuerza de rabia y salvajismo. Solo los adolescentes más temerarios, los auténticos «gung ho», se atreven a romper los estrechos límites que impone la vida en las colonias.

Gung Ho reúne es este volumen integral, publicado por Norma, las cinco entregas que el guionista Benjamin von Eckartsberg y el dibujante Thomas von Kummant fueron publicando en Francia a través de Paquet entre 2013 y 2017, antes de su edición en dos tomos en los Estados Unidos por Ablaze. Es la tercera colaboración de este dúo bávaro, que ya había cosechado éxito con la adaptación en cómic de La crónica de los inmortales de Wolfgang Hohlbein (editada en España por Ponent Mon), y aquí trasladan ese oficio a un terreno propio: un futuro cercano en el que la «plaga blanca», una especie mutante y feroz, ha reducido a la humanidad a colonias amuralladas donde sobrevivir es la única aspiración posible.

Distopía postapocalíptica

La premisa suena a género ya transitado –el asentamiento fortificado, la amenaza exterior innombrable, los adolescentes como motor narrativo–, pero el mérito de Von Eckartsberg está precisamente en no precipitar nada. Los hermanos huérfanos Zack y Archer Goodwoody llegan a la colonia de Fort Apache como delincuentes juveniles, y el guion dedica sus primeras páginas a la vida cotidiana del lugar, su jerarquía interna y su rutina militarizada, de modo que cuando finalmente estalla la acción el lector ya conoce el contexto que la explica. La corrupción de la administración de la colonia, apenas insinuada en el primer tramo, tendrá consecuencias en el segundo, y es de destacar el contraste entre el carisma temerario de Archer y el carácter más contenido y observador de Zack como el verdadero motor emocional de la serie.

El segundo bloque de historias, centrado en el amor adolescente, un juicio manipulado y la expedición de rescate que lanza Zack cuando su hermano es desterrado y marcado con una cruz en la frente, profundiza en ese mismo mecanismo. Hay un enfoque muy particular y personal que distingue a Gung Ho de buena parte del género postapocalíptico juvenil, más interesado a menudo en la espectacularidad de la amenaza que en la política interna de quienes sobreviven a ella.

Pero si algo concita un consenso casi unánime entre los críticos -que comparto totalmente- es el dibujo de Thomas von Kummant. La reseña de Slings & Arrows lo describe como una suerte de hiperrealismo construido a base de detalle acumulado –fondos completos incluso en viñetas menores, del interior de una cafetería a una simple silla de plástico–, hasta el punto de que esa minuciosidad es, en su opinión, lo que hace creíble el propio mundo de ficción. La publicación estadounidense World Comic Book Review, por su parte, resume el tono general de la obra como una mezcla de thriller adolescente y advertencia sobre la disciplina y el autocontrol como condición de supervivencia, un adiestramiento casi militar impuesto a una generación que no eligió el mundo que hereda. En un mundo lleno de incertidumbre como el nuestro, el relato no puede ser más acertado, ni más revelador de hacia dónde puede encaminarse si no ponemos remedio (sin necesidad de que sea una plaga de dimensiones sobrenaturales).

Low Integral 2

Norma Editorial publica el segundo volumen de la edición de lujo integral de Low, el cierre de la fantástica epopeya subacuática de Remender y Tocchini.

Óscar Herradón ©

Antes de que el alba nos queme, segundo tomo de Low, recopila los números 7 a 10 de la serie que Rick Remender y Greg Tocchini lanzaron en Image Comics en 2015, con Dave McCaig ya instalado en el color desde el octavo episodio. El planteamiento sigue siendo el mismo que sostenía el primer volumen: una humanidad refugiada en las profundidades del océano tras la expansión letal del sol, aferrada a la esperanza de que una sonda perdida traiga por fin las coordenadas de un mundo habitable. Pero este segundo tramo bifurca decididamente el relato, y ahí está su mayor logro y, a decir de los críticos, también su mayor fricción.

Por un lado sigue Stel Caine, empeñada en alcanzar la superficie junto a una tripulación nueva tras la muerte de Marik; por otro se abre, por primera vez con detenimiento, la historia de su hija Della, convertida en Ministra del Pensamiento en la gélida Segunda Ciudad, un régimen totalitario donde el arte y la esperanza son delitos capitales. La crítica angloparlante que siguió la serie por entregas señaló justamente ese giro como el corazón del tomo.

Un mundo que se apaga

La tensión entre fe y voluntad propia es la que atraviesa toda la serie según la recepción más amplia que ha ido consolidando Low con el tiempo. La crítica elogió desde el principio el arte de Tocchini por su asombro primigenio y silencioso, en palabras de Paste Magazine, mientras que IGN valoró la construcción de mundo compleja e intrigante de los autores junto a un trabajo de personajes preciso y emocional. Ese mismo tono se repite en los elogios que acompañan las ediciones posteriores de la serie, un mundo cargado de historia propia, normas sociales y resentimientos.

Formalmente, este segundo tomo es también el que cimenta la identidad visual definitiva de la serie: la salida de Tocchini como colorista y la llegada de McCaig marcan una paleta más contrastada, con los ocres y rojos de la Segunda Ciudad funcionando como contrapunto cromático al azul acuoso que domina las secuencias de Stel. Es una decisión editorial que ordena visualmente la doble narrativa y que, leída con perspectiva, resulta más eficaz que en el momento de su publicación por entregas, cuando el salto entre tramas podía sentirse abrupto.

Si el primer volumen de Low pecaba de cierta grandilocuencia discursiva en boca de Stel, este segundo tomo la matiza al introducir en Della un contrapunto más frío y calculado, y gana en esa fricción entre dos maneras de sobrevivir a un mundo que se apaga, evidenciando que la serie tenía más capas de las que el arranque dejaba entrever. Imprescindible.

El partido del siglo

Norma Editorial publica la historia del partido que el 26 de diciembre de 1920 jugaron las Dick, Kerr Ladies, contra el St. Helens Ladies en Goodison Park, ante una audiencia de unos cincuenta y tres mil espectadores. Una historia sobre la lucha de las mujeres por empoderarse, en el deporte y en una sociedad patriarcal.

Óscar Herradón ©

Liverpool, 1915. Con los hombres combatiendo en el frente, las mujeres ocupan los puestos de trabajo vacantes para mantener la producción de armamento. Pero las fábricas no son el único espacio en que las mujeres han reemplazado al hombre: también han saltado a los campos de fútbol, donde las Newton Ladies son reinas indiscutidas en todos los estadios. Inspirándose en la historia verídica de las legendarias Dick, Kerr’s Ladies, la guionista Julie Billault y el dibujante Seb Piquet recrean los orígenes del fútbol femenino en una novela gráfica que juega en otra liga: El partido del siglo.

Las Dick, Kerr’s Ladies eran un equipo de fútbol femenino que nació en 1917 entre las obreras de una fábrica de munición en Preston, Lancashire, que surgió casi por accidente. Según reconstruye el diario británico Morning Star, la plantilla se formó en 1917 tras un reto lanzado en el comedor de la fábrica por la obrera Grace Sibbert, después de que el equipo masculino de la empresa encadenara varias derrotas. Lo que empezó como una revancha interna se convirtió, en apenas tres años, en un fenómeno nacional: en su primer partido, el día de Navidad de 1917, ya reunieron diez mil espectadores en Deepdale, y en 1920 protagonizaron el que se considera el primer partido internacional femenino de la historia, una victoria 2-0 ante Francia seguida por veinticinco mil personas. La cifra de recaudación total a lo largo de su trayectoria, según Sports Gazette, ronda las ciento ochenta mil libras de la época destinadas a fines benéficos, principalmente para excombatientes de la Primera Guerra Mundial, una suma que equivaldría a más de diez millones de libras actuales.

Y como contrapunto a la determinación de estas mujeres, están aquellos hombres de traje y puro lanzando billetes al aire que se encuentran en las gradas, representantes del patriarcado y quienes realmente ostentaban entonces el poder: apenas un año después de aquel Boxing Day multitudinario, la Football Association prohibió a las mujeres jugar en los campos afiliados a clubes federados, una restricción que se mantuvo en vigor durante cincuenta años, hasta 1971. La excusa oficial, ampliamente citada en la prensa deportiva británica, fue que el fútbol resultaba «poco apto» para el cuerpo femenino; la razón de fondo, que historiadores del deporte han señalado repetidamente, tenía más que ver con la competencia que ese fútbol de mujeres, gratuito en entusiasmo popular, empezaba a suponerle al fútbol masculino profesional en año de posguerra. La imagen de la portada –el balón suspendido entre la humildad industrial de un lado y el cinismo del dinero del otro, que Norma reproduce del original en francés– no es una licencia dramática de los autores: es, casi literalmente, el resumen del proceso histórico.

Los 900 goles de Lily Parr

Dentro de ese relato hay además una figura que cualquier adaptación difícilmente puede dejar fuera: Lily Parr, la delantera del equipo, que llegó a la fábrica con apenas catorce años y que, según recoge el proyecto de patrimonio deportivo británico Sporting Heritage, marcó más de novecientos goles a lo largo de su carrera y sigue siendo, hasta hoy, la única futbolista incluida en el Salón de la Fama del Museo Nacional del Fútbol inglés. Es el tipo de personaje que en una novela gráfica de trazo caricaturesco –como sugiere el estilo de Seb Piquet, cercano a la línea satírica de tradición franco-belga– funciona como contrapeso humano a la abstracción de «la prohibición» o «la federación». Una joya gráfica.