Xavier Dorison y Thimothée Montaigne convierten el naufragio del Batavia, la masacre más sanguinaria de la historia marítima, en un díptico de gran formato donde la aventura naval se transforma en un experimento sobre lo que ocurre cuando desaparece la ley. Y Norma Editorial acaba de publicar el espectacular primer tomo: El Boticario del Diablo.
Óscar Herradón ©
El punto de partida es 1628: el Batavia, fletado por la todopoderosa Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, se prepara para zarpar con más de trescientas personas a bordo. Los autores lo rebautizan Yakarta y afrancesan algunos nombres propios. Con ello refuerzan la cercanía para el público francófono, y usan Yakarta como nombre tanto del barco como del puerto de destino. Pero la base es la historia real. El navío se estrelló el 4 de junio de 1629 frente a las islas Abrolhos, al oeste de Australia, con un tesoro fabuloso en la bodega y al mando del sobrecargo Francisco Pelsaert.
Lo que ocurrió después lo ha reconstruido la historiografía anglosajona con detalle. La mayor parte de la tripulación y del pasaje, entre 180 y 250 personas, logró llegar a un islote. Cuando Pelsaert partió hacia Batavia en busca de ayuda, Jeronimus Cornelisz tomó el control, y sus hombres violaron y asesinaron al menos a 125 náufragos. Mike Dash, cuyo libro Batavia’s Graveyard (2001) es la referencia narrativa del caso, cifra en 105 las víctimas durante los 101 días que siguieron a la partida de la chalupa. Las diferencias entre cifras se explican por lo que cada estudio cuenta como asesinato ordenado por Cornelisz y por lo que pudo verificarse después. Las excavaciones arqueológicas recientes han confirmado la naturaleza de los ataques y validado algunos de los episodios denunciados.
El boticario que quiso ser rey
Cornelisz es el gran personaje de la historia y también el de la novela gráfica. Nació hacia 1598, probablemente en Leeuwarden, en un hogar inconformista, y murió ahorcado el 2 de octubre de 1629. Junto al patrón de la nave, Ariaen Jacobsz, había planeado un motín antes de que el barco tocara el arrecife y quedara destruido. El naufragio no frustró ese plan, sino que lo dejó sin ningún freno. Dash, según recoge un resumen de su obra, rastrea además la influencia de Juan de Leiden y del mesianismo violento de los anabaptistas, una pista ideológica que ayuda a entender el fanatismo con que Cornelisz justificó los crímenes. Al regresar Pelsaert, los cabecillas fueron juzgados, se les amputaron las manos y fueron ahorcados.
El episodio ha alimentado durante décadas libros y ficciones. El pecio se descubrió en 1963, lo que despertó el interés popular en Australia y dio lugar a relatos como los de Hugh Edwards (1966), Mike Dash y Peter FitzSimons (2012). La versión de Dorison y Montaigne es probablemente la primera gran adaptación en cómic de esa tradición fuera del ámbito anglosajón.
El libro es un objeto imponente. Mide 31 por 25 centímetros, tiene 135 páginas, encuadernación en tela con cubierta negra y dorada, e incluso marcapáginas de cinta. Incluye además un corte del navío con las partes principales rotuladas. El dibujo de Montaigne, con la excelente paleta de Clara Tessier, es su principal baza, aparte de la escalofriante historia real. Su estilo es realista y cinematográfico, con mucho cuidado en la composición de las páginas y en los ángulos desde los que se muestran las escenas
La psicología del abismo
Dorison abre el libro con un prólogo que fija la tesis del relato: cita al psicólogo Philip Zimbardo, para quien la desaparición de la empatía y la suspensión del juicio moral pueden convertir a cualquiera en verdugo. Ese es el eje del díptico, y la novela gráfica funciona menos como reconstrucción histórica que como tratado sobre la disolución de la moral en un grupo aislado. Las reseñas galas coincidieron tras la publicación original en francés en su eficacia narrativa. Regard Critique destaca la crueldad implacable del relato, su veracidad terrible y su eficacia impecable, y apunta que ya en el primer álbum el reflejo de un capitalismo ciego, encarnado por la Compañía, crea una tensión constante. Y considera fascinante la figura de Cornelius y no menos la de Lucrétia, la mujer deseada por él y por los demás, que resiste casi sola al horror que se despliega ante sus ojos. El segundo volumen, según esa crítica, llega dos años después del primero y es una conclusión aún más negra y brutal, pero igual de deslumbrante. Estamos deseando que la publique Norma Editorial para hacernos con ella.
1629 no aspira a sustituir el estudio de Dash ni a la historiografía, y no lo necesita. Es un thriller de época de ejecución soberbia, bien documentado en lo esencial y libre en lo dramático, que acierta al concentrarse en el microcosmos del barco y del islote. Quien busque contexto político y religioso, mejor que lo complete con el libro del citado especialista. Quien quiera ver cómo se ve el hundimiento moral de un grupo humano, difícilmente encontrará un dibujante mejor que Montaigne.









